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La máquina de Evolución

Una de las cosas que nos regala el verano es la lectura distendida. En mi último viaje a la costa (para parafrasear a quien nombrare después) tuve el inesperado placer de ligar dos clásicos sin conexión aparente,solo a través de mi lectura. “La máquina del tiempo” de H.G. Wells, clásico de la ciencia ficción que innumerables veces me recomendó mi padre, y cuya transcripción cinematográfica siempre adoré; y la “Autobiografía” de un Charles Darwin de 66 años, cuya importancia sobra remarcar. Quizás las conexiones no se hagan tan patentes ahora como lo fueron en el fragor de la lectura, pero me permitiré algunas observaciones, que aunque delirantes, encuentro fascinantes.

En primera instancia llamó mi atención la geografía. Sobre las primeras hojas de la “Autobiografía” tenemos a un Charles que se recuerda de niño, travieso, piadoso y con un gusto innato por las colecciones. Pareciera que es el niño mismo quien habla. Pero a medida que el manuscrito progresa (siempre teniendo en cuenta que estaba estrictamente dedicado a sus hijos y nietos) su gusto por la observación geográfica, por la memoria geográfica que palpo con sus propias manos va ganando protagonismo. Es su pequeña pero gran pasión que lamenta no haber amado con anterioridad, como todos la tenemos. Y, quizás por la sugestión del mar que rompía a mis pies, percibí esa misma pasión en Wells. Realmente no hay necesidad de que el viajero a través del tiempo se detenga en ningún momento a contemplar el paisaje sobre el que está parado. El viajero, que como buen ingles retrasa su preocupación inmediata por la máquina para comprender en profundidad la situación en la que se encuentra, se deleita constantemente con el colorido paisaje futurista que se despliega ante él, siempre con el foco puesto en su querido Támesis. Se me hace que ese río londinense que sobrevive para ser contemplado por el viajero 800.000 años, y que incluso sobrevivirá a la humanidad, es para él lo que para Darwin es el extrañísimo canto rodado que conoce de niño en Shrewsbury, su ciudad natal, que quizás antiguos glaciares hayan arrastrado allí. El primero ve el pasado en el futuro, el segundo el futuro en el pasado.

Ya el hecho mismo de que se trate de una celebrada ficción contra una biografía limita cualquier observación relevante, pero me permitiré una más, pues es mi pequeño placer. El tiempo, que Wells estira hasta los albores de la humanidad, es para Darwin el de su mismo ocaso, el ocaso de quien desarrolló las ideas que permitirían al primero evolucionar al hombre hasta su extinción. Ambos libros hablan de un ocaso, y el de Darwin del ocaso del hombre que permite explicar el de la humanidad. Ambos me conmueven rotundamente.

En fin, son solo algunas ideas. Agradecido de saber que en el futuro de Wells los veranos serán aún más calurosos me limito a recordarlos a ambos frente al mar y a vivir mi puro presente. Con el fin del verano zarparé en mi propio Beagle. C.C.


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