El
revólver es la ilusión de control para quien percibe su mundo como en
permanente desintegración, y es, de todos los objetos que lo rodean, el más
rememorado. Calibre 22 Corto, fue regalado por quien profesara los métodos más
extremos de aplacamiento de la inseguridad, cayendo en manos de quien, de otra
forma, nunca hubiese sabido de su existencia. De ese recuerdo de primer
contacto solo quedaría una mirada rápida por la mira corta apuntando a la punta
del propio pie, el traspaso de una mano a la otra estimando un peso, el giro
tosco de la cámara y la contemplación del brillo plateado junto a una fuente de
luz, pero nunca el quite del seguro. La curiosidad habría pasado, tan solo
dejando una nefasta potencialidad.
De los seis espacios
en su cilindro solo hay uno lleno, pero no podría precisarse cual. La única
bala ha vuelto con insistencia a la mente (en conjunción con la fotografía de
la laptop) de quien se esforzara por elegir una y otra vez la lentitud de la
pipa y el entumecimiento de la bebida para paladear su final. Por ello el
sacacorchos a su lado a vertido más sangre que él, y aún más sangre divina.
To young Mark. Always with one hand ocuppied. Children of twenty-eight try to tell me what is a good cigar and what isn’t. Me, who never learned to smoke, but always smoked; me, who came into the world asking for a light. Me, who since learning to walk never stumbled. Me, who never ran after a bus but always arrived everywhere on time. Me, who when asked by a waitress about the kind of beer I would prefer— sweet, sour, toasted, or fruity—always responded: cold. Me, who began going out when I was seven. Me, who has lived four hundred and fifty-six weekends without throwing up once. Me, who stole my parents’ condoms right before my last brother was conceived. Me, who came from the womb dancing and when the nurses left the room, lit a ciggy. --- Niños de veintiocho años, pretenden enseñarme lo que es un buen habano. A mí, que nunca aprendí a fumar, pero siempre fumé; a mí, que vine al mundo pidiendo fuego. A mí, que desde que sé caminar jamás tropecé. A mí, que jamás c...
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