El humo
del cigarrillo empaña la vista cuando se lo sostiene entre los labios. Las
diminutas partículas resultantes de la combustión se esfuman al instante, como
sabiendo que no deberían estar allí. Ese fuego que es todos los fuegos acaricia
su rostro y la imperceptible succión que se aplica al filtro es suficiente para
encender su anaranjado rostro. El finísimo papel del que está hecho se quema en
elipses, como un diminuto volcán que girara sobre sí mismo. Se arropa entre los
dedos de quien lo consume, dedos que de alguna forma pretenden hacerlo pasar
por la joya de la corona del sexo femenino.
Y la
operación se repite: se lo excita, se lo consume, se lo desecha cuando el fuego
que lo desgarraba desde su interior se ha perdido. Incluso hay quienes, una vez
consumida su fina tez blanca y aún encorvado y retorcido, lo refriegan sobre el
lecho de cenizas y cerámica que será su tumba. Como quien excitara el seno
femenino, en pleno acto copulatorio, entre la expectativa de alcanzar el clímax
propio y el ajeno. El humo de cigarrillo tiene más de sexual de lo que
imaginamos.
VII El modelo del cerebro “triúnico” propone, para explicar su evolución, una división del cerebro en tres partes interdependientes, cada una con su propio tipo de inteligencia especializada en el control de ciertos comportamientos. El mal llamado “cerebro reptiliano” es una de estas divisiones (junto con el sistema límbico, o “cerebro paleomamífero” y el neocórtex), e incluye el tronco encefálico y el cerebelo, encargados, en primera instancia, del control de los músculos, el equilibrio y las funciones autonómicas (latir del corazón, respiración). Y, según el neurocientífico Paul D. MacLean, propulsor del modelo, encargados también de los comportamientos más básicos para la supervivencia: agresividad, dominancia, ritos de cortejo, territorialidad. MacLean encuentra, a través de la neuroanatomía comparativa, que la capa más primitiva o baja del cerebro humano tiene un análogo en la estructura del cerebro de los reptiles, en la que prima, y de allí le da su nombre. Si bien numero...
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