Hay una insistencia patológica en la circularidad, en que nada quede inconcluso, en no dejar nada a la imaginación, en un eterno retorno a las causas primigenias. Nada es lo que no parece ser. Todo debe tener un sentido, como si se intentara que la realidad lo tuviera. Todo lo útil al relato está remarcado con una línea tan gruesa que la sorpresa final solo puede darse en las ultimas oraciones, y en la cabeza del personaje (siempre principal). El pensamiento que se pretende a sí mismo revelador remata los cuentos apurado, como haciendo fuerza para que todo el resto tenga sentido. Y este es uno de los síntomas inequívocos de tener realmente muy poco que decir. El otro es el desarrollo argumental invariablemente mental. El mundo no se mueve, solo se disparan neuronas. El personaje es generalmente un holgazán que debe moverse porque no tiene otra opción, y aquello que busca no es más que la satisfacción de un vicio (whisky, sexo, guita) y no deja lugar posible al lector para sentirse ide...