Ir al contenido principal

Entradas


Mis crímenes literarios

Hay una insistencia patológica en la circularidad, en que nada quede inconcluso, en no dejar nada a la imaginación, en un eterno retorno a las causas primigenias. Nada es lo que no parece ser. Todo debe tener un sentido, como si se intentara que la realidad lo tuviera. Todo lo útil al relato está remarcado con una línea tan gruesa que la sorpresa final solo puede darse en las ultimas oraciones, y en la cabeza del personaje (siempre principal). El pensamiento que se pretende a sí mismo revelador remata los cuentos apurado, como haciendo fuerza para que todo el resto tenga sentido. Y este es uno de los síntomas inequívocos de tener realmente muy poco que decir. El otro es el desarrollo argumental invariablemente mental. El mundo no se mueve, solo se disparan neuronas. El personaje es generalmente un holgazán que debe moverse porque no tiene otra opción, y aquello que busca no es más que la satisfacción de un vicio (whisky, sexo, guita) y no deja lugar posible al lector para sentirse ide...

Hélice

    El helicóptero caía como peso muerto, como una mosca interceptada a medio vuelo. Flotaba contra el fondo azul: caía en cámara lenta; hasta que se encontraba, casi con torpeza, con el techo de una mezquita. La explosión era lo de menos, en el helicóptero había alguien que estaba vivo y que dejaba de estarlo, y eso era lo que importaba. Ahí estaba el porqué de ver el video, la mezquita estaba vacía. Ahí estaba la viralidad en potencia, pero eso poco le importaba a los ojos de Anton. Para él no había franja de Gaza, ni medio oriente (cuya nómina de por sí le resultaba paradójica). Solo existía la plaza en la que disfrutaba de su música y el mercado chino en el que ganaba lo suficiente como para sobrevivir. Gaza no era un lugar separado de la propaganda antiterrorista yanqui. Los yanquis no eran sino a través de medios que exageraban las ideas de terrorismo y libertad. La página cuyo “link” había compartido una de las cajeras del mercado no era otra cosa que la propagación de...

60s

   La tía tenía la singular costumbre de ponerse desodorante en el cabello . Decía que el perfume era un invento francés para sacarles dinero a los ricos mugrientos y que a la vez la astringencia de la marca en particular que usaba le permitía domar su cabello de puercoespín . Probablemente tenía razón. Su trabajo de actriz la había transformado en la fantasía de muchos, pues no había un solo hombre bien despierto en toda la costa oeste que no deseara su mano en matrimonio.    Cuando terminó de peinarse, con el gesto autónomo de siempre, su cabello enrulado brilló en el espejo, y no pude más que dedicarle una sonrisa. Tras torcer la cabeza como si intentara constatar la dinámica de sus bucles sobre su pálido rostro estuvimos listas para ser vistas en sociedad. Dejamos el caserío por la puerta trasera, pasamos junto a la olímpica piscina , saludamos al ejército de paisajistas que trabajaban en el nuevo invernadero y nos despedimos de Lucy, cuyo collar con cen...

El sacacorchos

El sacacorchos es un tirabuzón metálico que gusta de parecer infinito. La punta de su afilado apéndice ha evolucionado para penetrar en ángulo el corcho de la botella e, introduciéndose en él una vez aplicada cierta fuerza rotativa, dañarlo solo lo suficiente como para conseguir un anclaje firme que permita su extracción. El mango de madera tiene algunos cortes, lo que sugiere que durante mucho tiempo fue almacenado en un cajón totalmente diferente, y esa simpleza (a falta del aparato metálico de palancas) sugiere que otro sacacorchos ocupa ahora ese cajón, quizás más apto para tal univoca tarea. Aun así este exhibe otra marca irrefutable de su experiencia, una gota de sangre, más roja que cualquiera de los vinos de cualquier de las botellas que pudieran abrir alguna vez algún sacacorchos. El hierro de la sangre se ha unido al suyo, derramado por quien, perpetuando la negativa a cambiar los anteojos, ha vertido sangre y alguna que otra puteada. 

El revólver

El revólver es la ilusión de control para quien percibe su mundo como en permanente desintegración, y es, de todos los objetos que lo rodean, el más rememorado. Calibre 22 Corto, fue regalado por quien profesara los métodos más extremos de aplacamiento de la inseguridad, cayendo en manos de quien, de otra forma, nunca hubiese sabido de su existencia. De ese recuerdo de primer contacto solo quedaría una mirada rápida por la mira corta apuntando a la punta del propio pie, el traspaso de una mano a la otra estimando un peso, el giro tosco de la cámara y la contemplación del brillo plateado junto a una fuente de luz, pero nunca el quite del seguro. La curiosidad habría pasado, tan solo dejando una nefasta potencialidad.     De los seis espacios en su cilindro solo hay uno lleno, pero no podría precisarse cual. La única bala ha vuelto con insistencia a la mente (en conjunción con la fotografía de la laptop) de quien se esforzara por elegir una y otra vez la lentitud de la pipa y ...

Llave

I La llave sirve tanto para abrir como para cerrar la puerta, siempre y cuando el diseño de la cerradura encaje con el de su serie de hendiduras. Estas hendiduras se extienden a ambos lados de la llave, lo cual, al girarla, permite mover el mecanismo de la cerradura y trabar o destrabar la puerta. Las alas, o cabeza de la llave, terminan en una pequeña loma que funciona de tope contra la cerradura y asegura el encaje. El cuerpo de la llave es un cilindro delgado y alargado, de punta redondeada, generalmente hecho de aleaciones de bronce y níquel, que no mide más de siete centímetros de longitud total. La cola de la llave es levemente más ancha que las alas, y permite tomarla entre el índice y el pulgar facilitando el movimiento giratorio. Adorna esta parte final (además de un pequeño agujero que permitirá su inclusión en un llavero) el nombre de la casa de cerrajería que la ha elaborado. II La cien alada de la llave impulsa la mano del portador hacia la cerradura. ¿Es ...

La parada

Se subió al colectivo con suma pesadumbre. No había llegado a tomar el anterior porque lo había visto salir a mitad de cuadra, porque estaba borracho, y porque la embriagues le había impedido acelerar el paso. El calor de múltiples respiraciones humanas lo envolvió rápidamente. Pasó la tarjebus haciendo un esfuerzo sobrehumano para restablecer momentáneamente su coordinación mano-ojo y se arrastró al único asiento vacío que quedaba, mientras una de las cejas del colectivero se alzaba en la penumbra de la cabina. Intentó mantenerse derecho para apaciguar el mareo y pispeó, automáticamente, a quienes lo rodeaban: la mayoría eran ancianos que  murmuraban entre ellos, o iban peleando o perdidos contra el sueño. Relajándose estiró las piernas. Se dio cuenta de que esto le hacía perder el equilibrio y volvió a flexionarlas. Advirtió que se había meado una zapatilla. Arrastró el pie meado contra el piso sin darle demasiada importancia y sintió como el colectivo desaceleraba. Se abrió la...

Luego existo

El cigarrillo está ahí mientras mis ojos aprecien las sinuosas espirales de su humo. Cuando lo dejo en el cenicero para tomar el control, y no lo huelo ni lo veo, el cigarrillo deja de existir. Lo que existe (en ese entonces una propaganda de tampones) acapara todos mis sentidos, y le niega una existencia simultánea a lo que está más allá de ellos. No puedo oler los tampones, pero tampoco el humo de cigarrillo (porque aquel humo me ha negado la capacidad de sentirlo). La realidad, más allá de los rápidos cambios de cámara que se centran en aquel pequeño paquete rosado, desaparece. La voz de la mujer que asegura la absorción del producto se vuelve trascendente, crece y me inunda. No importa si me importa. La voz es todo hasta que silva la pava, y otro universo me pide inmediata atención. Olvido el cigarrillo y me concentro en el calor que emana de la manija de la pava. Las cosas se vuelven los agujeros negros en el centro de mi galaxia de sentidos.  Apago la hornalla mientras s...