Ir al contenido principal

Mis crímenes literarios

Hay una insistencia patológica en la circularidad, en que nada quede inconcluso, en no dejar nada a la imaginación, en un eterno retorno a las causas primigenias. Nada es lo que no parece ser. Todo debe tener un sentido, como si se intentara que la realidad lo tuviera. Todo lo útil al relato está remarcado con una línea tan gruesa que la sorpresa final solo puede darse en las ultimas oraciones, y en la cabeza del personaje (siempre principal). El pensamiento que se pretende a sí mismo revelador remata los cuentos apurado, como haciendo fuerza para que todo el resto tenga sentido. Y este es uno de los síntomas inequívocos de tener realmente muy poco que decir. El otro es el desarrollo argumental invariablemente mental. El mundo no se mueve, solo se disparan neuronas. El personaje es generalmente un holgazán que debe moverse porque no tiene otra opción, y aquello que busca no es más que la satisfacción de un vicio (whisky, sexo, guita) y no deja lugar posible al lector para sentirse identificado más allá de la superficie.
Esas mentes paranoicas piensan cosas que nadie piensa, y siempre vuelven al punto de partida, logrando nada o muy poco, y aún menos en el lector.
La frase armada, el motivo y la metáfora se repiten hasta el cansancio, de forma insoslayablemente evidente. El vestido rojo, el miedo al olvido, el tipo contemplativo cuasi-paranoico, lleno de falsa esperanza y conceptos a medio entender se gasta rápidamente. Esta recursividad funciona como burbujas, perfectamente redondeadas, pero todas iguales, transparentes pero sin misterio más que una momentánea tención superficial, todas con un claro origen común, pero siempre el mismo, y todas tan pasajeras y devotas a su única labor que la vista no volverá a ellas pasada la infancia. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Máquinas Salvajes VII

VII El modelo del cerebro “triúnico” propone, para explicar su evolución, una división del cerebro en tres partes interdependientes, cada una con su propio tipo de inteligencia especializada en el control de ciertos comportamientos. El mal llamado “cerebro reptiliano” es una de estas divisiones (junto con el sistema límbico, o “cerebro paleomamífero” y el neocórtex), e incluye el tronco encefálico y el cerebelo, encargados, en primera instancia, del control de los músculos, el equilibrio y las funciones autonómicas (latir del corazón, respiración). Y, según el neurocientífico Paul D. MacLean, propulsor del modelo, encargados también de los comportamientos más básicos para la supervivencia: agresividad, dominancia, ritos de cortejo, territorialidad. MacLean encuentra, a través de la neuroanatomía comparativa, que la capa más primitiva o baja del cerebro humano tiene un análogo en la estructura del cerebro de los reptiles, en la que prima, y de allí le da su nombre. Si bien numero...

Manuscript found in Lord Byron’s bookcase

                                                                                                                                                                                                                            To Percy, light upon his waterbed.     I’m the Scorpion King.   Beware, not the Camel King, nor, albeit my rattling ways, a snakish one.   My reign is a desolate wasteland which I, myself, have created. Where du...

Reading stories

You think reading  stories  is not worth the hassle,  but we’re made  of them.  The pictures you hold  in your gloomy head  that compose the narrative  of your life  and give it sense  are a story.  That ethereal memory,  at the back of your eyes,  of holding onto her  at a day’s end  it’s fiercely recalled  now  as a story.  How your parents met.  How you came to be.  How those before  those before  were,  is told as a story.  The plain anecdote.  The stinging complaint.  The trivial recount  with which  you explain yourself  to your friends: all things  experienced  owe their hold  of the soul  to storytelling.