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Millennial 11 (La suicida I)

Algo de la mujer quedaba, incluso cuando movieron el cadáver, pegado al suelo de la estación. Además del poncho y la ropa de entre casa, además del rímel y el labial mutilados, tenía las manos llenas de anillos. En su última parada su mano derecha se había quebrado como si hubiese estado hecha de ramas secas, y uno de sus palidísimos dedos había saltado por el aire, arrancado como una flor de una maseta vieja. Uno de dos jóvenes posibles lo encontraría por accidente, ambos universitarios habidos de alcohol de mala marca e historias a medio contar, ambos tan jóvenes que sus barbas recién empezarían a florecer. El que lo encontró lo pateo en la oscuridad, con el tipo de patada que puede propinar un andar desbalanceado. Sus propias manos estaban llenas de anillos, por lo que la agudeza del sonido metálico le resultó familiar. Todavía unido al dedo el anillo no viajo muy lejos, por lo que el joven pudo ubicarlo rápidamente y recogerlo. ¡Que grata sorpresa le fue encontrar lo que encontró! El dedo apenas se sostenía a los delgados bordes metálicos, por lo que fue fácil separarlos y arrojarlo a este al cordón de la calle. His fear was raw and terrible until the day he discovered that greed soothes fear. El anillo era de plata, se notaba por algunas manchitas de óxido verde que recorrían su interior. Y no había rojo, ni blanco, y no había mujer (a pesar de que él anillo era claramente de mujer), y no había más propietario anterior que una M. grabada con torpeza, y este joven se lo hiso notar al otro, que era rubio y más alto que él. ¡Que grata casualidad regalarle un anillo a quien llevaba tres y se debatía por la exageración de un cuarto! El joven rubio preguntó dos veces si realmente se lo había encontrado, y el primero lo afirmó y remarcó las posibilidades de su descubrimiento. Therefore, he welcomed greed into his mind, and greed, a ruthless competitor, soon crowded out all other thoughts. Poco después no hubo más charla sobre el anillo, y se volvió a debatir cuan atroz era la impuntualidad de alguien más. Y su otra única mención memorable fue cuando el joven de anteojos lo sintió contra el bolsillo de su jean al guardar las manos porque hacía frío. Y lo único que quedó de la mujer fue una feliz casualidad, y un dedo en el desagüe.   

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