Escarba y escarba, pero no tarda mucho en
perder las esperanzas, baja las colas. Vuelve a mirar con todos sus ojos al
mar, ahí tampoco hay nada, no hay cambios en su espectro de luz visible, ni en magnetismo,
ni en temperatura. Por aburrimiento decide no se darse por vencido. Escarba un
poco más y finalmente encuentra el nido de pólipos. Los olfatea cuidadosamente
para asegurarse de que son lo que creen que son. Una vez convencido, allí con
la cabeza metida en el poso, dispara el ácido desde su palpo. Los pólipos
pierden su vivido color verde y se retuercen hasta quedar hechos una masa
amarilla, que él luego absorbe con su alargado apéndice de artrópodo. Pero un
chirrido ensordecedor interrumpe su comida. Al levantar la cabeza se da cuenta
de que el mar negro ha retrocedido varios kilómetros, y lo sigue haciendo.
Mueve la cola a más no poder y recuerda fugazmente que lo que había seguido en
un principio era ese mismo chirrido. Un cráter de arena transparente se abre
frente a sus múltiples ojos, bordeado por sus pisadas. En lo más profundo del
horizonte llega a ver una selva de enormes agujas metálicas, de diferentes
alturas, antes escondidas bajo el nivel del mar. Los campos magnéticos
alrededor de ellas twists and transforms,
formando una cúpula que se pierde en el cielo. Inmediatamente comienza a correr
en esa dirección, saltando a través de la ondulada geografía que ha dejado el
descenso del agua, pero lo detiene en seco una explosión de temperatura como no
ha sentido nunca antes. Una de las agujas vibra en la distancia emitiendo una
luz azul tan potente que llega a bañarlo a él mismo, y de un segundo para otro
se pierde entre las nubes.
VII El modelo del cerebro “triúnico” propone, para explicar su evolución, una división del cerebro en tres partes interdependientes, cada una con su propio tipo de inteligencia especializada en el control de ciertos comportamientos. El mal llamado “cerebro reptiliano” es una de estas divisiones (junto con el sistema límbico, o “cerebro paleomamífero” y el neocórtex), e incluye el tronco encefálico y el cerebelo, encargados, en primera instancia, del control de los músculos, el equilibrio y las funciones autonómicas (latir del corazón, respiración). Y, según el neurocientífico Paul D. MacLean, propulsor del modelo, encargados también de los comportamientos más básicos para la supervivencia: agresividad, dominancia, ritos de cortejo, territorialidad. MacLean encuentra, a través de la neuroanatomía comparativa, que la capa más primitiva o baja del cerebro humano tiene un análogo en la estructura del cerebro de los reptiles, en la que prima, y de allí le da su nombre. Si bien numero...
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