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Millennial 35 (Gladiador II)

Otro golpe cae y su cabeza sigue la órbita en la que la pone el golpe. Otro golpe y ya no puede sentir la cara. Uno más y se está ahogando. El bruto se inclina hacía atrás para propinar lo que cree será el golpe final, y él aprovecha para tomar la daga que tenía escondida contra el costado (tan bien escondida que por un momento se había olvidado de ella). La toma con tal esfuerzo que tiene la sensación de que en realidad se quiere defender con una costilla rota. A través de la sangre y el dolor la esgrime con firmeza y la clava en el costado del bruto con toda la fuerza de la que es capaz. El bruto se toma el costado con la mano libre, y él vuelve a apuñalarlo, a través de la mano. Lo escucha maldecir y retorcerse, cortando el silencio mortuorio del estadio. Le pelea a la oscuridad y consigue entreabrir los ojos. Si, si, si, si, si…
El bruto se incorpora más rápido que él, y otra vez busca embestirlo con la espada en alto, hirviendo de hybris, pero él consigue adelantársele, y tomándolo de la cintura lo alza y lo devuelve al suelo. Siente como sus propios huesos tronan al dejarlo caer. La gigantesca espada del bruto finalmente se escapa de sus manos, y su aturdimiento le da el tiempo suficiente para volver a apuñalarlo. Él no tiene que demostrar nada. Lo apuñala por cuarta vez. Él solo quiere sobrevivir. Apuñala la herida más roja que encuentra. Siente que se desvanece. La daga se rompe a la mitad contra la cota de malla. Él no eligió estar ahí. La boca del Otro está llena de sangre. La daga rota se hunde en los músculos del cuello. Él no quiere morir. El bruto todavía intenta respirar. Le arranca el casco tomándolo de la cresta. No, no… La daga se le cae de las manos al ver que se trata de un infante, al ver que es un niño quien está unido a ese cuerpo monstruoso. El cielo se parte a la mitad y una mano gigantesca procede a elevar al ganador, y llevárselo a la boca. We all are somebody's toys. 

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