lunes, 20 de mayo de 2013

Facewall


Tenía la cuenta en autologin por lo que con presionar tan solo en una pestaña nueva ya estuvo allí. No fuese que el navegador olvidara a quien ingresaba a diario en él. Inmediatamente en el “Inicio” deslizo la rueda del mousse hacia abajo, no sin antes lamentar una vez más su testaruda resistencia. Fugazmente entrevió, entre nombres y páginas a las que no recordaba haberse unido, vacías fotos de concientización sobre el maltrato animal y de platos pretendidamente gourmet. Alguna que otra foto o tema de una banda que un fanático promocionaba sin el menor éxito y propagando política encubierta de debate, y paso a su “Perfil”. El hecho de cliquear en su nombre sin duda le daba una ilusión de pertenencia, de propiedad, que solo podía lograr la estratagema bien pensada de un sitio tan monótono, no solo en cuanto personalización sino en cuanto a las normas implícitas de lo compartible. Nuevamente giro la ruda del mousse hacia abajo, esta vez mas suelta por haber entrado en calor. De alguna forma esta revisión de la propia “Publicación” (que de por si en cuanto publicación le daba cierto aire de importancia), le permitía a reconocerse a sí mismo en el tiempo. No en vano se había implementado la organización al modo “línea de tiempo” hacía algún tiempo, y esta había fallado rotundamente. Con el reconocimiento de los malos chistes que compartían en su “Muro” los pocos amigos reales que usaban ese mismo medio, o en los temas musicales que él mismo compartía, de algún modo gritándole en forma de enigma al resto de su potencial audiencia que escucharan con el (o a él), no se sintió tan diferente de las personas en el “Inicio”. Quizás de eso se tratará en general Facebook: de pertenecer desdoblando la propia personalidad en una serie cuantificable de gustos. De codificarse a uno mismo en pequeños paquetes de información, esperando, como si de carnada arrojada a un mar inmenso se tratase, que alguien los consuma y se sorprenda, contribuyendo al delicado ego del pescador.
Cuando llegó lo suficientemente atrás en el tiempo se detuvo en la foto de una fiesta que, siendo parte de la repetición mecánica de los pequeños placeres humanos, no recordaba. ¿Cómo recordar una fiesta entre tantos fines de semanas únicos solo en la fecha que ocupaban, o entre las fiestas de los demás “Amigos”? Una pose, no menos atractiva por lo exagerada, de una desconocida con la que le habían sacado una foto que no recordaba le causo curiosidad. Cliqueó entonces en la foto pero solo se vio “Etiquetado” a sí mismo. ¿Cómo podía ser que la foto le gustara a tanta gente? Qué clase de criterio impulsaría comentarios monosílabos sobre el baile ahora estático de un hombre y una mujer, que salvo por las poses podría pasar por totalmente natural. Se quedó mirando unos segundos la foto, buscando alguna irregularidad llamativa que en principio hubiese pasado desapercibida, algún detalle que en su ebrio intento de resultar fotogénico hubiese causado el efecto contrario. Perplejo cliqueó en la diminuta mano con el pulgar hacia arriba y el globo de diálogo que abría la sección de “Comentarios”, justo bajo su nombre. Sin demasiado esfuerzo pudo deducir que se trataba de un travesti. Tras pasar por todas las contrariedades que podría causarle a un “Usuario” promedio tal descubrimiento cayó en la cuenta de que el “Muro” no se trataba tan solo de una pared blanca que se suponía uno debía colorear de sí mismo, sino que era un “Muro” en cuanto a que cada experiencia se transformaba en un ladrillo, perfectamente igual al anterior, sobre el que parecía continuamente necesario arrojarse intentando dejar un quiebre que sobresaliera y permitiese la rememoración.   

miércoles, 8 de mayo de 2013

Old Smugler



El viejo relee las últimas líneas que acaba de escribir. Dice la última oración en voz alta y nota la garganta reseca. Deja la silla junto a la máquina de escribir y se dirige a una de sus bibliotecas. Tras palpar unos instantes la parte alta toma con cuidado una botella de whisky. Arrastrando los pies se dirige a la cocina. Toma un vaso que se estaba escurriendo en el lavaplatos. Limpia los bordes humedecidos con la manga de su camisa. Con la última frase aun en mente intenta llenarlo y se da cuenta de que no queda whisky. Piensa en el mercado coreano que abrieron hace poco a unas cuadras. Se lamenta de no haber comprado las dos botellas que estaban de oferta. Recuerda que el Old Smugler era asqueroso. Deja la botella vacía en la mesada de la cocina. Busca sus mocasines. Se saca las pantuflas. Se calza los mocasines. Busca las llaves del auto. No las encuentra. Recuerda que ya no puede manejar. Destraba la puerta para salir. Sale al pórtico y siente frío. Entra y recoge su campera del perchero de pie. Va al baño con la campera en mano. Se pasa la mano por la frente entrecana. Se pone la campera. Piensa en la mujer del dueño del mercado coreano. Se acomoda la solapa mirándose al espejo. Sale del baño. Sale de la casa. Sale a la calle. Cierra la puerta con media vuelta de llave. Se mete las manos en los bolsillos. Descubre que estaba atardeciendo. Ve a una vecina anciana barriendo la vereda. La saluda inclinando la cabeza. Cruza a la vereda de enfrente. Nota que se estaba nublando. Camina media cuadra y gira. Ve a lo lejos un auto entrando a una cochera. Llega a donde había estado el auto cuando se está cerrando el portón. Camina media cuadra mirándose los pies. Estima el tiempo del cambio de semáforo al acercarse para cruzar la calle. Al cruzar se cruza desde la vereda opuesta un perro negro. Lo ve alejarse. Camina media cuadra y se saca las manos de los bolsillos. Oye pajaritos en la distancia. Entra al mercado coreano. Se dirige de memoria al estante de los whiskys. Se acomoda los lentes para ver los precios. Escucha el dialogo ininteligible de los empleados. Toma una botella redondeada y la aleja para verla mejor. La toma del pico y se dirige a la caja registradora. Siente como los pies le resbalan en el piso recién encerado. Se ubica tras un niño que pide golosinas a una mujer mayor. Asiente al comentario de la mujer sobre los niños.  Escucha a la mujer del dueño preguntarle a la mujer mayor si no tiene monedas. Mira el estante de golosinas mientras la mujer mayor le dice a la mujer del dueño que se quede con el vuelto. Espera a que la mujer del dueño ayude a la mujer mayor con las bolsas. Saluda en voz baja a la mujer del dueño. Afirma que solo llevará el whisky. Busca en sus bolsillos la billetera. No encuentra la billetera. Escucha a la mujer del dueño decir que no tiene importancia, se lo pagará la próxima. Dice que anda despistado. La oye decir que ella también anda despistada, que ese día no recordaba si había encerado los pisos y los encero una segunda vez. Dice que el whisky les vendría bien a los dos. Ve asomar una levísima sonrisa de dientes desparejos. La ve mirar por un segundo al otro extremo del local. Se despide deseándole un buen día. La escucha desearle lo mismo con su acento apenas perceptible, sin mirarlo a los ojos. Sale del mercado escuchando el motor de los autos que pasan. El perro negro ladrará a la mitad del tercer vaso.

domingo, 21 de abril de 2013

Conciencia en gris


   En cada una de las tres fotos había un rostro diferente devolviéndole la sonrisa a la niña tras el velo y a luz del flash. Era la hermanita menor quien los fotografiaba, haciendo uso del oficio aprendido por la parte paterna, y perpetuando a su vez el registro histórico familiar. En cada una de las fotos estaba uno de sus hermanos. Estas iban de mayor a menor de acuerdo con el tamaño del foco y las edades, por lo que la primera mostraba a un muchacho de vello facial incipiente, un poco encorvado y de nariz aguileña, que dejaba notar la sobreabundancia de su última respiración antes del disparo. Estaba apoyado sobre un sillón viejísimo que posiblemente hubiese pertenecido al padre de su madre, tan monocromático como lo mostraba la foto a él mismo.
   Con otro fogonazo de luz se le empañaron los ojos al hermano segundo, que con sus gruesos lentes miraba fijamente el lente único, intentando no transpirar el pequeño traje que vestía, sin el menor éxito. Sus manos se apretaban una a otra en su espalda, retorciendo apenas el pliegue de su camina. Era el único que tenía en mente la importancia de la aprobación materna de tal empresa fotográfica; emprendida a costo también del sueldo materno adquirido por la costura. También era el único que tenía granitos.
   La última foto era más pequeña que las otras dos. La hermanita, que operaba el aparato, la tomo recién cuando su padre le llamó la atención y descontinuo sus divertidos gestos hacia el hermano bebé. En un moisés color caramelo yacía un bebé regordete vestido con un conjunto en celeste, bordado a mano, cuyo tono de piel recordaba a la manteca recién hecha, al contrario del de su hermanita. Colgaba de su diminuto cuello un relicario en forma de herradura de caballo, con la foto monocromática de su abuelo paterno. El foco se disparó y el bebé irrumpió en llanto, sabiamente contenido por el gentil arrullo del padre.

   En su pequeño pero bien equipado taller de costura la madre cocía un conjunto rosa minúsculo, con sus zapatitos y pantaloncitos (lo suficientemente elásticos para vestir sobre el pañal), su chalequito y su gorrito. En la casa se necesitaba dinero, y pronto su hijo mayor partiría a trabajar en la capital. No necesitó hacer ningún esfuerzo para imaginare abuela primeriza de una niña.

   El padre la había dejado operar la cámara: ¡Saltaba de alegría! La niña se sentó en el taburete para escuchar, poniendo cara de seriedad para que su padre se apresurara, los detalles finales que le permitirían el dulce placer de hacer su magia. Lo había visto mil veces. Su padre era tan minucioso y exacto en las posturas y los tecnicismos como lo era de estricto en cuanto a su educación. Después de todo ella era una mujercita entre varones, y teniendo ello en mente debía esforzarse por mantener el protocolo que la ayudaría más tarde en vida, y de ser posible debía también superarlos en inteligencia.  

   En breve partiría a la capital: ¡Finalmente! A pesar de deberle todo a su padre y deberle el doble a su madre sentía en sus tripas que era hora de partir. Comenzar a ver el mundo como realmente era con los ojos de abogado que tanto le había costado conseguir. Dejar la casita en medio de aquel pueblucho y entrar a la fuerza en la metrópolis. Afianzarse en su profesión, conseguirse una pareja y quien sabe, quizás devolver las deudas en forma de nietos.

   Le picaban las axilas y hacia mucho que Carlita no iba a jugar. Seguro que entre los anteojos y los granos nadie alabaría la foto que estaban a punto de sacarle.

   El foco era enorme. El bebé no podía evitar pensar cómo se sentiría su perfecta redondez, por lo que, por supuesto, quería llevárselo a la boca. No entendía porque lo habían dejado de ese lado de la habitación, ¿porque estaban todo del otro? Pero todos lo miraban, así que estaba bien. Su hermana le hacía morisquetas. No es que ella no fuerza divertida, pero lo que él buscaba eran los aros que llevaba puestos, con los que, a pesar de la negativa paterna, su madre la había vestido para esa ocasión en especial. Justo antes de que el foco malo hiciera ruido le habían puesto algo en el cuello, pero eran tan largo que se le perdía más allá de su pancita abultada.

   Cuando llegaron a casa el segundo hermano estaba indefectiblemente empapado. El bebé se había dormido con el traqueteo de los caballos y el mayor estaba apurado. La niña había sostenido las tres fotos desparramadas en su regazo, y las había comparado. El pequeño y el segundo eran muy parecidos a papá, mientras que el mayor tenía la nariz inconfundible de mamá. Se lamentó de que solo fuese hija de parte del padre, y por lo tanto no pudiese tener su propia foto. Pero no había nada que hacer. Encontraron a la madre preparando la merienda.

   Había sido un éxito. Podía decirse que la niña tenía un talento natural. Y los chicos no lo habían hecho mal. Dentro de unas horas oscurecería, y haría fresco, así que habría que prender el hogar. Quizás unos mates con galletitas antes de ir al cementerio como todos los años para esa fecha.

   Merendaron con ganas. Café con leche para los niños, mate para el mayor y los padres, y media mamadera para el bebé. La madre estaba contenta, tres fotos más se sumaban al álbum familiar que había empezado a narrar en imágenes el crecimiento de sus hijos, con el primogénito, desde hacía ya veintinueve años. El último había sido una sorpresa, pero por lo menos tenía la seguridad de que era suyo… Estas fechas siempre la ponían susceptible.

   El abuelo paterno había fallecido hacía ya tres años. Era criador de caballos. Se había caído de un potro alzado cuando trato de domarlo para proteger a las crías, y no se había vuelto a levantar. El padre había decidido entonces que sus hijos no se dedicarían nunca a labores así. Ellos serían médicos y doctores, lejos de las bestias excitadas que podían cambiar la vida en un instante. O dar vida nueva.


martes, 9 de abril de 2013

Diente de león


Tras posarse unos instantes sobre el hombro de la enorme estatua de bronce el diente de león cae en espirales. Un niño lo observa ensimismado, desatendiendo el helado de frutilla que poco a poco se calienta en su mano. Espera que el diente de león vaya hacia él, puesto que no puede perseguirlo. Tras la barandilla sobre la que observa, apenas más baja que él, el vacío se le interpone. La estatua, aunque a su misma altura, parece flotar en el aire sostenida por una delgada columna que se pierde en la distancia, mucho más abajo que las nubes más altas. El suelo bajo los pies del niño también flota en la altura, inmóvil. El diente de león planea débilmente sobre la base de la estatua y amenaza con caer hacía las nubes, pero no lo hace. Un pequeño dirigible pasa tras la estatua, silencioso en su avance, y se pierde nuevamente en la lejanía celeste. El niño vuelve la atención al diente de león y lo encuentra a pocos palmos de la barandilla. Estira su mano libre para tomarlo y sin querer deja caer su helado. Allá abajo algún otro niño llorara lágrimas rosas por no poder alcanzar a sus ídolos. Al abrir la mano advierte que el diente de león se ha aplastado, pero aun así acude rápidamente a mostrárselo a su madre.

jueves, 28 de marzo de 2013

9 de Diamantes


La carta es un nueve de diamantes. Por el poco uso los bordes permanecen afilados, y los rombos rojos aun brillantes y definidos. Solo algunas huellas dactilares en las puntas y una apenas perceptible curvatura vertical evidencian que alguna vez ha sigo jugado. El nueve, para quien observara la carta por varios minutos, parece más bermellón que rojo escarlata y devuelve la mirada tomándose el mentón en un gesto dubitativo, como emulando a quien lo observara. En cambio la mirada de los rombos es indescifrable: podrían estar mirándolo a uno o al nueve que los corona, podrían estar mirándose entre ellos, o podrían ser ciegos, y solo admirarse a sí mismos en su intachable rectitud. En todo caso su similitud pierde la vista ajena. No son tréboles, puesto que desdeñan las sinuosas curvas de la fortuna, ni son picas, que son el opuesto de los corazones y por lo tanto puro vacío. Son diamantes, encantados de perderse en sí mismos, rectos e infinitos como las líneas posibles que los componen, y quizás por ello mismo efímeros por lo repetible, rojos de pavor frente al nueve que los atormenta y unifica, y frente al ojo que los analiza con sospecha.
Ocho de ellos se resignan, y entre ellos uno se alza. El diamante del centro sabe que puede coronar la jugada imitando a la mujer de rojo que al otro lado de la mesa a apostado un beso de premio ha quien sepa derrotarla.  

miércoles, 20 de marzo de 2013

El solo ve grises


Hoja en blanco. El perro negro ladra a los hombres vestidos de rojo. Ladra, para quien lo viera en la distancia, a coloridos globos rojos, flotando a algunos pies del suelo, empujados por una perfecta briza invernal. La baba del perro cae sobre el terso césped verde. Las gotas caen espesas y reposan sobre la superficie elástica de la hierba. Algunas de ellas son rápidamente absorbidas y robándole al césped su tinte azulado reflejan el océano en la altura. Saltando de diestra a siniestra el perro no deja de ladrar a aquellos que ahora se internan en un inmenso campo de girasoles. Los girasoles parecen seguirlos con la mirada, formando tres círculos que se desplazan junto a ellos. Asoma el hocico del perro cada vez que intenta saltar sobre los gigantes dorados para no perder de vista los globos. Los hombres se detienen al ingresar en un triángulo de tierra sin girasoles. En medio del triángulo se yergue una columna de marfil blanco, de la misma altura que los girasoles, y sobre ella un alfiler, blanquísimo también, que flotando a un palmo de la columna apunta al norte. El perro deja de ladrar. Los globos se acercan al alfiler sin detenerse y formando fila se presionan unos a otros contra el extremo sin punta. Una vez que todos reventaron el perro orina la columna. 

sábado, 16 de marzo de 2013

Ciudad Biomecánica


¿Qué pensaría un engranaje al saber que forma parte de la manecilla que marca los minutos para los hombres? Así se sentiría quien entrara a la ciudad biomecánica que imagino. Un riel automático arrastraría los pies inmóviles del observador. Muros de un gris metálico cortarían el cielo en dos, dejando ver sobre ellos una inalterable oscuridad, entre manchones más oscuros de aceite quemado. A nuestra derecha una cinta mecánica arrastraría con trabajo lo que parecieran vagones herrumbrados, tan basta en su extensión que nos figuraríamos una sierpe mecánica inalterable, que surgiera desde nuestras espaldas para perderse en el horizonte.
A nuestra izquierda un muro blanco, fértil en grietas que dejarían entrever el ladrillo crudo que lo compondría, una barrera infranqueable si no fuera por las diminutas ventanas de barrotes en cruz que, sucediéndose sin aparente orden, dejarían escapar una luz mortecina producto de la danza del fuego que se agitaría tras ellas. Frente nuestro, advertiríamos, con la paulatina desaceleración de nuestro cuerpo, una retorcida ciudadela. Esbeltas figuras antropomórficas de cráneos alargados hasta las acidas nubes contemplarían nuestra llegada, entre edificios que parecerían mantener el equilibrio por leyes físicas extraordinarias. De las figuras, algunas estarían erguidas en dos piernas, otras sosteniendo las rodillas vencidas con sus diminutas manos, y otras cuyas cabezas al ras del suelo recordarían a quien ha sido corroído por la arena de sus años, parecerían a punto de colapsar bajo su propio peso. Aun así sus cabezas alargadas hasta el infinito se perderían en la altura, formando a la vista una jungla de espinas negras.
El avance del riel continuaría, y tras ellas otras figuras más bajas se dejarían entrever, macizas pero no infinitas, robustas contra la herrumbre y a su vez inexpresivas en su dureza. De alguna manera más deformes que las anteriores, monstruosas en su perfección. Todas iguales a sí mismas.
Entonces la cinta de la derecha se detendría de repente, no así la nuestra, y las diminutas ventanas comenzarían a sucederse con mayor frecuencia. La luz y la sombra se interpolarían velozmente en nuestros ojos siempre abiertos. Comenzaríamos a ver otros tipos de figuras, tan bellas que parecieran no pertenecer a esa ciudad de sombras y fuegos fatuos. Nos recordarían a nosotros mismos, o a nuestras aspiraciones, o quizás estaríamos viéndonos en ellas idealizados. Nos recordarían la sexualidad de los engranajes que se encajan a la fuerza, la delicadeza de un péndulo que se esfuerza por favorecer un lado de la balanza, las primeras bocanadas de humo de un motor que se ha acelerado precipitadamente en su intento de ser más de lo que es. Pero también las dejaríamos atrás, junto con las construcciones que irían dando lugar a un desierto de carbón y arena. Las veríamos empequeñecerse frente a nuestros ojos. Y de pronto recordaríamos a la sierpe que nos siguió todo el camino, y pensaríamos en el horizonte, pero lo encontraríamos vedado por la oscuridad. Temeríamos por primera vez desde que nos hallamos en aquella ciudad metálica. Las luces y sombras se intercalarían cada vez con mayor violencia, hasta que nos pareciera ver, tras la figura más pequeña, la deforme parte delantera de una locomotora hecha añicos. Y entre destellos de luz las ventanas desaparecerían, y solo veríamos el primigenio fuego del que nosotros mismos estamos hechos en las monstruosas fauces de aquella locomotora. Antes de sentir la arena en nuestro rostro y gatear desesperados para huir de ella, hiriendo nuestras rodillas humanas para alcanzar las formas infinitas.