domingo, 10 de agosto de 2014

Llave

I

La llave sirve tanto para abrir como para cerrar la puerta, siempre y cuando el diseño de la cerradura encaje con el de su serie de hendiduras. Estas hendiduras se extienden a ambos lados de la llave, lo cual, al girarla, permite mover el mecanismo de la cerradura y trabar o destrabar la puerta. Las alas, o cabeza de la llave, terminan en una pequeña loma que funciona de tope contra la cerradura y asegura el encaje.
El cuerpo de la llave es un cilindro delgado y alargado, de punta redondeada, generalmente hecho de aleaciones de bronce y níquel, que no mide más de siete centímetros de longitud total.
La cola de la llave es levemente más ancha que las alas, y permite tomarla entre el índice y el pulgar facilitando el movimiento giratorio. Adorna esta parte final (además de un pequeño agujero que permitirá su inclusión en un llavero) el nombre de la casa de cerrajería que la ha elaborado.

II

La cien alada de la llave impulsa la mano del portador hacia la cerradura. ¿Es que el pestillo de la puerta se retrae con mayor velocidad cuando abrimos que cuando lo disparamos para cerrarla?
A la llave solo le interesa girar. El motivo de su existencia es satisfacer su apetito sexual, pues adora temblar en la mano borracha jugueteando con su complicada contraparte. Es que todo su cuerpo ha nacido para cumplir con devoción dicha tarea: desaparecer por unos instantes en el intrincado laberinto que es su compañera.
Guardiana de cualquier cosa que se precie, su ojo ciclópeo y sus alas de Mercurio preceden a cualquier descubrimiento, o redescubrimiento, que valga la pena el viaje de la mano. Su tintineo (es que la llave gusta más de viajar acompañada) prepara a la cerradura, e incluso mueve al umbral de la puerta los pies de quien espera del otro lado, si su oído es lo suficientemente agudo como para oírlo.
Ella es sinónimo a la vez de eterno retorno, ese particular retorno que es la vuelta a la intimidad, y de la libertad que encierra la idea del “afuera”.

Son las alas que se guarda en el bolsillo quien tiene un lugar al que regresar.

jueves, 31 de julio de 2014

La parada

Se subió al colectivo con suma pesadumbre. No había llegado a tomar el anterior porque lo había visto salir a mitad de cuadra, porque estaba borracho, y porque la embriagues le había impedido acelerar el paso. El calor de múltiples respiraciones humanas lo envolvió rápidamente. Pasó la tarjebus haciendo un esfuerzo inhumano para restablecer momentáneamente su coordinación mano-ojo y se arrastró al único asiento vació que quedaba, mientras una de las cejas del colectivero se alzaba en la penumbra de la cabina. Intentó mantenerse derecho para apaciguar el mareo y pispeó, automáticamente, a quienes lo rodeaban: la mayoría eran ancianos que  murmuraban entre ellos, o iban peleando o perdidos contra el sueño. Relajándose estiró las piernas, pero se dio cuenta de que le hacía perder el equilibrio y volvió a flexionarlas. Advirtió que se había meado una zapatilla. Arrastró el pie meado contra el piso sin darle demasiada importancia y sintió como el colectivo desaceleraba. Se abrió la puerta y pasaron dos mujeres gordísimas que lo miraron con asco mirarse el pie meado. Se había inclinado hacia la ventanilla para apoyar la frente en el cristal frío mientras escucho a las mujeres pedir el asiento a una de las pocas parejas jóvenes.
Cuando el colectivo volvió a desacelerar tuvo la sensación de que se había quedado dormido, cosa que confirmó cuando vio a varias personas desconocidas tomadas de los pasamanos. Bostezó despegando la frente de la ventana y se entretuvo mirando de reojo las minifaldas de dos chicas paradas pocos asientos delante de él. El vapor de su cargado aliento tapó parte del sol que comenzaba lentamente a amanecer. Las piernas de las chicas se flexionaban en contra o a favor de los movimientos del colectivo, y las minifaldas se subían, se subían, y eran acomodadas por manos llenas de anillos.
Nadie bajó en la siguiente parada, y las personas que subieron acabaron con su fugaz entretenimiento. Madres con hijos de la mano le hicieron recordar lo borracho que estaba. La hora de ir a la escuela le avivó los jugos gástricos y lo perdió en la parte baja del asiento frente a él, obligándolo a cerrar los ojos y a abrirlos inmediatamente ante la sensación de que el colectivo daba vueltas alrededor. Durante el tiempo en que se concentró para no vomitar este desaceleró y aceleró varias veces, pero nunca escuchó abrirse la puerta de atrás. Cuando finalmente ganó fuerzas para alzar la vista, aun movido el estómago por la última detención, vio saltar a un muchacho sobre un grupo de abuelas para hacerse espacio. Las madres resguardaban a sus niños entre las piernas y las chicas se habían sentado en el respaldo de dos asientos, entre un bosque de cabezas. Comenzó a sentir que tragaba muchísima saliva y buscó en todos sus bolsillos algo que lo calmara, pero perdió rápidamente las esperanzas y reencontró sus llaves, una dirección anotada en un trozo de revista, la tarjebus y un cigarrillo a medio fumar. Volvió a apoyar la frente contra la ventana y esperó lo mejor.
Despertó al sentir que le faltaba el aire y se encontró parpadeando a centímetros de la ventanilla, sin posibilidad de moverse. Tenía a una de las mujeres gordas sentada sobre él, y a un anciano colgado del cuello en un ángulo tan particular que su axila lo estaba estrangulando. Una nena se había colado entre el anciano y el techo, y parecía dormir allí plácidamente. El aire se había viciado aún más a razón del apelmazamiento de gente, por lo que no pasó demasiado hasta que sintió caer la transpiración, tanto suya como de la axila que lo asfixiaba. El mareo había dado lugar a la descompostura, por lo que la presión que ejercía la mujer sobre su estómago no ayudaba. Se sacudió levemente intentando no despertar a la nena y pudo girarse lo suficiente como para mirar al frente, pero no pudo ver más allá de la persona frente a él, que se hallaba en una situación similar. La creciente necesidad de descomprimirse lo hizo esforzarse por cambiar de ángulo, lo que lo hizo notar que no pasaría mucho hasta que necesitara orinar. A esta caída en cuenta le siguió un nuevo descenso de velocidad, y pronto se escucharon algunas cabezas tintinear contra el parabrisas. Se oyeron algunas palabras, perdidas entre la multitud, y le siguió un silencio de procesión. Pero el colectivo no avanzaba, como si se hubiese atorado en el cordón de aquella calle céntrica. El hombre sentado sobre el hombre sentado en el asiento de adelante cayó de espaldas sobre la mujer gorda, y el peso extra se hizo sentir en sus intestinos. La niña se cayó del viejo y varios rostros y miembros nuevos aparecieron en los pocos lugares antes vacíos. No hubo señal de retomar la marcha hasta que se vio desfigurado contra la ventanilla, ya sin sentir brazos ni piernas. Un vendedor ambulante había ido a parar junto a él, y le ofrecía bermudas a precios de liquidación, el piercing de alguien se le estaba clavando en el omóplato, y el conductor yacía estrujado contra su pie meado.
El colectivo pararía otra vez y no cabría espacio siquiera para un suspiro. El taco de algún pie vestido en carísimos zapatos fue a introducírsele en la boca del estómago y finalmente lo quebró. El vómito corrió por la pierna vestida en cancanes negros y cayó sobre la gorda, el colectivero y varios más. El colectivo paró otra vez, y otra más, y una última. Cuando había pasado un tiempo desde que no podía determinarse donde terminaba una persona y comenzaba la otra, el continuo tiempo-espacial colapsó, y el colectivo desapareció dejando nada más que una briza en el pavimento frío que comenzaba a calentar el sol naciente.

lunes, 7 de julio de 2014

Luego existo

El cigarrillo está ahí mientras mis ojos aprecien las sinuosas espirales de su humo. Cuando lo dejo en el cenicero para tomar el control, y no lo huelo ni lo veo, el cigarrillo deja de existir. Lo que existe (en ese entonces una propaganda de tampones) acapara todos mis sentidos, y le niega una existencia simultánea a lo que está más allá de ellos.
No puedo oler los tampones, pero tampoco el humo de cigarrillo (porque aquel humo me ha negado la capacidad de sentirlo). La realidad, más allá de los rápidos cambios de cámara que se centran en aquel pequeño paquete rosado, desaparece. La voz de la mujer que asegura la absorción del producto se vuelve trascendente, crece y me inunda. No importa si me importa. La voz es todo hasta que silva la pava, y otro universo me pide inmediata atención. Olvido el cigarrillo y me concentro en el calor que emana de la manija de la pava. Las cosas se vuelven los agujeros negros en el centro de mi galaxia de sentidos. 
Apago la hornalla mientras se desintegra el mundo a mis espaldas. Advierto que las cosas que seducen mis sentidos no tienen que estar frente a mí para arrancarme de mi mismo. Me figuro la máxima expresión de mi percepción desde un satélite que orbita la Tierra. Deus ex maquina: La totalidad del devenir humano solo puede ser vista por una maquina echa de números y metal, que no puede verse a sí misma. Para abarcar la totalidad de la realidad en un espacio-tiempo conciso el ojo debería estar más allá del universo observable, y más allá de sí mismo, dos paradojas irreductibles.
La particularidad de mis ojos me lleva a concebir los vertiginosos aprecios de mi realidad a través de cristales. Mis ojos miopes requieren la concentración excepcional de ese sentido particular, por lo que podría decirse que mi mirada tiende, en realidad, a lo microscópico. La pava se ha enfriado en la mesada cuando me descubro perdido en la llave de gas, en el punto de ebullición del agua, en los enlaces del hidrogeno, en la combustión del cigarrillo, en el fuego como oxidación acelerada, en el dióxido de carbono, en mi propia respiración, en la llave de gas.
Los fenómenos imaginados han ganado terreno a las cosas, y la capacidad de abstracción me ha llevado a apagar el televisor y sentar mis sentidos a escribir. Pretendo tu atención con palabras hasta que la vorágine de tu propia abstracción te lleve a aquella otra paradoja, que es el punto final: otro tipo de agujero negro. 

Horizonte

I

Ninguno de los dos
ve las mismas
estrellas,
pero ambos existen.

II

El desierto
es uno,
sin estrellas,
de varios posibles.

III

La arena
no sabe
de las estrellas
sobre ella.

IV

Un desierto
de estrellas
brilla en la pupila
del extrañado. 

jueves, 12 de junio de 2014

Borges por Piglia

A fines de 2013:

Las cuatro clases públicas
del gigante y acético
“león” Piglia
sobre la memoria y biblioteca
borgianas,
fueron otro triunfante destello
de argenta cultura
sobre el olvido.

En el escrutinio ciclópeo,
de ceja asertiva
se desnudó el enigma
de aquel niño de Palermo
que entre Buenos Aires
y Ginebra,
fue laberinto,
bastón,
y ceguera:
un suspiro entre los dos desiertos
de un reloj de arena. 

domingo, 1 de junio de 2014

Temperance

Those nice icy eyes
will farm your voice.

Those nice icy eyes
will charm you whole.

Those nice icy eyes
will warm you for
a while. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Relatividad

La silueta de un hombre bajito se adivina entre los postes de un alambrado. No puede distinguirse con facilidad si las tablas lo superan en altura por cuenta propia o porque se hallan apostadas en terreno más elevado, pero cualquiera fuere el caso, la distancia vuelve al hombre diminuto. El ocaso lo encuentra yendo y viniendo desde lo que parecen, en la penumbra lejana: un aljibe, una huerta y un tinglado.
Desde un auto estacionado al margen de su campo, mis ojos se han acostumbrado a sus pequeños gestos, como rascarse la cabeza al pasar junto al ciruelo, e incluso me han permitido apreciar la robustez de su órgano nasal, y el espacio que deja entre sus piernas su andar irregular. Tengo toda la noche para seguirlo, enroscado en mi frazada térmica y estiradas las piernas en el asiento del acompañante, pero no pasan las diez de la noche cuando veo apagarse la última luz artificial, para lo que sin duda será un sueño que amanezca con las primeras luces naturales.
Me quedo solo entonces con la silueta bidimensional de un desconocido y mis propios pensamientos. Se me ocurre pensar en el por qué ese hombre está allí, y me detengo en ello aún más que en los cómo o los cuándo. No mucho después veo el calor de mi respiración empañar lentamente las ventanas y me sorprendo habiendo naufragado. Claramente el hombrecito estaba allí por necesidad, puesto que no se me ocurría otra excusa por la que no hubiese emigrado aun a la ciudad. Necesidad de mantener a esposa e hijos (que bien podrían estar visitando a una tía en aquella misma ciudad) o a una madre envejecida, que por el frío otoñal hubiese escapado a mi mirada.
La madre envejecida me arrastraría a la incomodidad de los cuándo. ¿Cuándo tomó posesión del campo su familia? Me imaginé a tal familia (incluidos esposa e hijos) bajos de estatura y de piel oscura como la tierra, los varones con el mismo imponente naso, y las mujeres, bastante aleatoriamente, con delanteras casi igual de llamativas. Justo cuando empezó a molestarme mi transpiración me vino a la cabeza una idea algo radical que había leído en algún lado: la idea de que la personalidad de la tierra se transfiere a la raza. Tras mirarme la nariz en el retrovisor me imagine al hombrecito como la última de una serie de ciruelas que compartieran aquel tronco común, luchando tercamente contra la helada nocturna. Me lo imagine, sí, como una ciruela individual, pero que fuera en esencia exactamente igual a las otras. Así, yo podría determinar si me gustan más las naranjas que las ciruelas (que no es el caso) pero no haría más sabrosas las unas o las otras. La tierra, siguiendo alguna excéntrica forma de transmigración pitagórica, determinaría, en todo caso, cualidades como el dulzor de cada fruto, su resistencia al frío, o su capacidad para lactar. La figura bidimensional del hombrecito recortado contra el horizonte ganaba altura.
Desistí de figurarme las delicadas variaciones posibles de ciruelos plantados en distintos puntos del globo y requerí saborear el aura lunar. Al bajar apenas la ventanilla me llegó la percepción de cierta profundidad, viendo ese segundo horizonte cristalino flotar sobre el real. Se me ocurrió que las sucesivas narraciones que tomaran a aquel desconocido e intentaran darle un origen y un destino engrosarían con cada una de sus hojas (como los sucesivos anillos de corteza del naranjo) su perfil en apariencia desgarbado. Renarrar una historia contribuiría entonces a la supervivencia de sus detalles, aunque estos fueran imaginados. Por ello, cerca del amanecer, pude percibir a aquel hombre como me percibía a mí mismo, real, elevado por la historia y profundo en detalles, con la salvedad tan solo de que yo había escapado y él permanecido. Por ello mismo (tras caer mis ojos en otro tipo de naufragio), bostece las especulaciones nocturnas.
Me desperecé contra el techo y me apresuré a combatir el frío de la ventanilla olvidada con la calefacción del auto. El motor resopló aletargado y la vibración me hizo consiente de la plenitud de mi vejiga. Lo último que viera de aquel campo serían aquellas grandes tetas que había imaginado en la esposa del estanciero, pero en un cuerpo tan incorrecto como el de su madre. Habría de huir nuevamente, ya completamente despabilado, en la curva próxima que daba la ruta. Y a la distancia el único recuerdo de mi noche allí serían las cascaras de una naranja comida a las apuradas. 

viernes, 16 de mayo de 2014

The Cat Black

La figura de neón relampaguea ante la vista de nadie. Alucina su reflejo el lodazal portuario, mientras una marea de varones alcanza bajamar en colchones salobres. Las aguas vivas de sus ojos se han secado varadas en lo dorado de la malta. Y el gato negro titila y ronronea, y el crepúsculo asexuado le responde con barcos fantasmas de suspiros. 

NIÑO DESCUBRE EL HELADO DE FRUTILLA

La saliva vestal transmuta
el prometeico fuego rosa
en caricias sinápticas. 

martes, 22 de abril de 2014

La pipa

La pipa descansa de costado sobre la receta, inmaculada de tabaco, como si su último bautismo en whisky (para saborizar la madera) hubiese terminado por ahogarla. Su médula, astillada por los humores ajenos, terminó sucumbiendo a los errores de cálculo de una mano que la llenara una y otra vez, empujada por aquel mismo whisky bautismal. La ansiedad o el aburrimiento la ha llevado a un entierro prematuro, como al revólver con el que comparte sepulcro, cuyo humo, por el contrario, nunca se ha encendido en el paladar aunque no le haya faltado contemplación a la idea. Y aún así (tan cercanos y tan dispares) ambos han sido entregados al fumador por manos amigas.