lunes, 19 de octubre de 2015

El número de este objeto

47 es un número primo. 47 también es la edad de su mujer (él le lleva 10 años). 47 está en su número de documento, que empieza con 12 millones, y 47 estaba en la patente de uno de sus primeros autos, que no puede recordar porqué recuerda. Una intensiva búsqueda genealógica en la laptop arrojaría toda clase de datos curiosos: en 1947 se publica el diario de Ana Frank, en 1847 se unifica el huso horario en Gran Bretaña, en 1747 se decapita por última vez en Inglaterra, en 1647 hay un terremoto de grado 9 en Santiago de Chile, en 1547 nace Miguel de Cervantes, en 1447 asesinan a Vlad II Dracul, padre de Vlad el Impalador, en 1347 empieza la pandemia de la peste negra, en 1247 muere el Robin Hood histórico, en 1147 muere el segundo Gran Maestre de los Caballeros Templarios, en 1047 un papa sucede a otro, en 947 muere un líder tolteca, en 847 cae una parte del Coliseo de Roma tras un terremoto, en 747 nace Carlomagno, en 647 un emperador chino manda una expedición a la india para recolectar información sobre la manufacturación del azúcar, en 547 muere el rey Arturo, en 447 los Hunos, guiados por Atila, cruzan el Danubio, en 347 nace un obispo de la ciudad de Gaza, en 247 se celebran los 1000 años de la fundación de Roma, 147 es un modelo de Fiat, el auto de la patente que no sabe porque recuerda, en el año 47 Jesús habría cumplido 47 años si su propio padre no lo hubiera sacrificado.
En el 147 a.C. está en pleno desenlace la Batalla de Cartago, en el 247 a.C. está en pleno desenlace la primer Guerra Púnica, en el 347 a.C. se introduce el uso corriente de la moneda en Roma, en el 447 a.C. se termina la sección media del muro que cubrirá Atenas y su puerto, en el 547 a.C. muere Tales de Mileto, en el 647 a.C. no pasa nada interesante, en el 747 a.C. un rey sucede a otro, en el 847 a.C. se cansa la vista, en el 947 a.C. se mira el reloj, en el 1047 a.C. muere el octavo rey babilonio, en el 1147 a.C. se reclina la silla para atrás y se mira al techo, en el 1247 a.C. se palpitaba la Guerra de Troya, según Heródoto. En el 1347 a.C. se apaga y se vuelve a prender la computadora, porque también resulta que es el número atómico de la plata, y la distancia en grados entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. 

Star Cluster

Alrededor de una galaxia espiralada orbita una joya dorada, con forma de globo: a globular star cluster. Su color es la mescla de las luces de miles de estrellas viejitas, que nunca fueron lo suficientemente grandes to rock the night sky. Una al lado de la otra, tan cerca que no entra entre ellas ni siquiera un planeta, con tal gravedad que no se les escapa ni siquiera una piedrita, se abrazan como quien se despide de quien viene de visita desde muy lejos. Pero ellas nacieron todas en la misma nébula, y en el enorme vacío entre galaxias flotan como una boya dorada, marcando cuando empieza el deep space, o cuando tal o cual civilización se ha vuelto inter-galáctica.  
A diferencia de la ordenada rotación siguiendo el ecuador solar, a la que estamos acostumbrados, estas viejas estrellas se orbitan las unas a las otras en todas direcciones. Como abejitas doradas, se comunican las unas con las otras a través de un baile complicadísimo, empujando la órbita elíptica a su límite matemático.  
Si uno consiguiera arrancarle a las leyes de la física un pequeño planeta que sobreviviera al terrible abrazo de las hermanas, podría también intentar imaginarse un mediodía bajo la luz de 100.000 soles. Una visión imposible, que se hace más fácil si uno hace el esfuerzo de observarlas desde la seguridad de la oscuridad cósmica: una visión que da la ilusión de soledad, cuando en realidad se trata de cientos de abuelas-hermanas, bailando en el cielo el paso de sus días. Como un globo dorado, lleno de abejas felices. Miel para los ojos. 

viernes, 9 de octubre de 2015

Millennial 32

    El arbolito cae como una mujer que se desmalla, con la salvedad de que lo hace en un ángulo preciso. Cuando el ebanista le dedica unos segundos de silencio las quejas de algunos pajaritos sorprendidos pelean por ocupar el aire contra el murmullo de un río cercano. El hacha y el silbido no tardan mucho en volver a desgarrar felizmente la madera caída. “El laurel sirve para hacer unas cunas esplendidas.” En ese árbol no había ningún nido. 

Millennial 31

Escarba y escarba, pero no tarda mucho en perder las esperanzas, baja las colas. Vuelve a mirar con todos sus ojos al mar, ahí tampoco hay nada, no hay cambios en su espectro de luz visible, ni en magnetismo, ni en temperatura. Por aburrimiento decide no se darse por vencido. Escarba un poco más y finalmente encuentra el nido de pólipos. Los olfatea cuidadosamente para asegurarse de que son lo que creen que son. Una vez convencido, allí con la cabeza metida en el poso, dispara el ácido desde su palpo. Los pólipos pierden su vivido color verde y se retuercen hasta quedar hechos una masa amarilla, que él luego absorbe con su alargado apéndice de artrópodo. Pero un chirrido ensordecedor interrumpe su comida. Al levantar la cabeza se da cuenta de que el mar negro ha retrocedido varios kilómetros, y lo sigue haciendo. Mueve la cola a más no poder y recuerda fugazmente que lo que había seguido en un principio era ese mismo chirrido. Un cráter de arena transparente se abre frente a sus múltiples ojos, bordeado por sus pisadas. En lo más profundo del horizonte llega a ver una selva de enormes agujas metálicas, de diferentes alturas, antes escondidas bajo el nivel del mar. Los campos magnéticos alrededor de ellas twists and transforms, formando una cúpula que se pierde en el cielo. Inmediatamente comienza a correr en esa dirección, saltando a través de la ondulada geografía que ha dejado el descenso del agua, pero lo detiene en seco una explosión de temperatura como no ha sentido nunca antes. Una de las agujas vibra en la distancia emitiendo una luz azul tan potente que llega a bañarlo a él mismo, y de un segundo para otro se pierde entre las nubes. 

Millennial 30

Los primeros en darse cuenta fueron una pareja que miraba el atardecer. Sus cuerpos cayeron pesadamente a la arena desde lo alto del mirador. Eso fue poco segundos antes de que la mayor parte del tránsito mundial se detuviera.
En las capitales mundiales lo agresivo de los avisos publicitarios tomaron su parte, y en las zonas apartadas la vida silvestre fue suficiente: una flor, algún pajarito, un niño llorando, una manzana. Pero el verdadero problema era que el género humano ya llevaba la maldición dentro suyo, mucho antes de aquella pareja: el color rojo había empezado a matar a todo el que lo viera.
Cuando el corazón del padre se detuvo por mirar el semáforo y el de la madre por ver la sangre que le manaba de la nariz, el niño se transformó en una bomba. Hasta que se vio en el retrovisor. Llovieron aviones, y fue imposible contar los cuerpos que habían caído al levantar la vista a una publicidad de Coca Cola, o McDonald's; o Toyota o Shell, o Nestlé o Nintendo, o CNN, o Exxon. Y cada alarma o alerta se transformó en una masacre. Cualquiera que prendiera un cigarrillo, que apreciara una prenda, que abriera una heladera, que se levantara del sillón frente al televisor o que se quedara sentado, o que se ruborizara, falleció al instante. Los labios pintados se volvieron un arma de destrucción masiva y algunas pelirrojas asesinas en serie.
Las banderas de los países eligieron sus destinos y los nacimientos cesaron en minutos. Nunca una hormiga había sido tan peligrosa ni un tobogán sinónimo de muerte. El mundo les perteneció a los daltónicos y a los ciegos, que tuvieron demasiado miedo de sangrar como para encontrarse, y solo retrasar lo inevitable. Pronto la naturaleza lo cubriría todo de verde, y el neón humano no brillaría más bajo el sol luciferino.   

Millennial 29

La cabeza de Hdytto explota en millones de diminutos fragmentos: la visión de Dédalo fue demasiado para su conexión defectuosa. Una burbuja de aire caliente sube rápidamente a la superficie del mar (si es que tal superficie existe). La manguera asesina da un latigazo, pero luego serpentea delicadamente, hasta volver a quedar en posición de reposo. El cuerpo flota en la posición que mantenía desde que abrió los ojos, con la salvedad del arco de la espalda ligeramente inclinado hacia adelante. El interior del casco, que se ha abierto como un huevo, está completamente vacío.
Antes de que la manguera vuelva a la inmovilidad, y mucho antes de que los Otros planten otro Panóptico a través de ella, cuatro ojos se abren con ideas nuevas. Dos Panópticos siameses resultan ser los más compatibles con la anterior predilección programática de Hdytto: W.I.T.S. (What is this shit?) el viejo, y C.I.S.T.O.F. (Can I set this on fire?) el joven. El primero odia al segundo porque ha vivido más que él, y el segundo odia al primero porque este no ha vivido lo que él. Algunas ficciones migran, otras se pierden para siempre. Dos proyectores cinematográficos se entrelazan en el fondo del mar. 

Millennial 28

BLACKENED WATERS. Pisadas cuadrúpedas se dibujan lentamente en la arena. El mar a un costado está tan tranquilo que podría confundirse con una laguna. El delicado oleaje color obsidiana fluye y se retrae lentamente, ayudado por múltiples lunas, apenas visibles en el cielo gris. La nariz no sabe muy bien lo que busca, pero disfruta de la humedad cíclica de la arena cristalina. Inunda el aire un devastador olor a aceite y plástico quemados, que la nariz apenas percibe, pues son olores que ha sentido desde su nacimiento. Puede ser que en un principio hubiese estado siguiendo el olor de un conocido, pero le es imposible estar seguro ahora. La marea juega a perseguir sus huellas sin alcanzarlas nunca.
Una de sus patas se hunde sospechosamente en la arena, y se la queda mirando unos segundos. Mueve sus colas rojizas con el gesto automático de alertar a la manda de que ha encontrado algo interesante, pero está demasiado lejos como para que alguien lo vea. Cree escuchar un chirrido viniendo del mar y mira hacia allí con uno de sus ojos, pero no encuentra nada diferente, y vuelve a enfocarlos todos en su pata. Comienza a escarbar. La arena, como vidrio molido, le hace estornudar, pero continúa. 

El espectador tiene la sensación de que le pica la nariz, ¡pero no está seguro de tener una nariz debajo del casco! ¡How silly!

viernes, 25 de septiembre de 2015

Millennial 27

En lo profundo de un bosque se escucha un tango siendo silbado. Un hacha, enorme para las manos que la esgrimen, golpea la base tajeada de un pequeño laurel siguiendo la repetición de las notas más largas del estribillo. “El laurel caerá a la nochecita”, piensa la cabeza que sincroniza ambos actos al dejar el hacha cuidadosamente apoyada contra el tronco.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Millennial 26

Vuelve a subirse a la caja de la camioneta y reza porque sus avejentadas entrañas metálicas soporten al menos una fracción del resto del viaje. El óxido y la pintura roja se mesclan en los ojos de los dos buitres a los que les han llamado la atención, al tomar velocidad. Pronto vuelven a zambullirse en la única ruta que atraviesa ese desierto espinoso, in a perfectly straight line.
El sol hiere los ojos, y el aire que desplaza la camioneta la hace llorar, pero aun así ella prefiere viajar en la caja, aunque lo tenga que hacer mirándose los pies. De todas formas no habría demasiado que ver: cactus enanos, arena y tierra, rocas, como mucho algún animalito demasiado temeroso como para ser apreciado por más de unos segundos a la vez.
Sí se esfuerza por mirar hacia el costado puede ver dentro: una de sus amigas y su novio van adelante, Gabriel es el que maneja. Su otra amiga va dormida en el asiento de atrás, disfrutando hasta el último centímetro del lugar que le dejó ella al pasarse a la caja. La mirada se le detiene unos instantes en su cabeza dormida, pero hace tiempo que ha desistido de contar la cantidad de colores que tiene su pelo.
Se saca las alpargatas al sentir que le transpiran los pies. La sombra que proyecta la camioneta ha cedido lo suficiente como para que el sol le dé directamente en las piernas, por eso al estirarlas el calor del hierro le hace levantar los talones, antes de apoyarlos de forma definitiva. Siempre le habían gustado sus pies. Su mamá le decía que tenía “arco de bailarina”, o algo por el estilo.
Con el sol por delante puede ver mejor la ruta que van dejando atrás. La línea que forma se pierde en un horizonte maculado de espejismos, y ella se pregunta cuál será la temperatura del asfalto. ¿Quiénes habrán sido los desafortunados que tuvieron que dibujar en medio de esa ruta la línea blanca que separa los carriles? Los únicos otros seres vivos que se han cruzado desde los buitres (hace ya una hora) han sido una pareja de gruesos motoqueros que iban en la dirección contraria. Cuando casi puede sentir la transpiración entre la espalda del conductor y el pecho de la chica con bandana que lo acompañaba unos golpecitos le llaman la atención desde el interior de la camioneta. Su amiga de pelo multicolor le señala una botella de tequila en su mano izquierda, pero ella niega apretando las cejas. Su amiga responde con un largo sorbo cuyo final no llega a ver al volver a girarse. El punto de ir a The Island es emborracharse en paz, no llegar ya wasted. Un soplido de viento arenoso le hace cuestionar la practicidad de ir tan lejos únicamente para emborracharse, pero la consuela la idea de que parte del atractivo de escapar a la realidad implica necesariamente que sea difícil. Si considera que el viaje y la estancia son un regalo de Gabriel a su novia, nunca tuvo nada que perder. Media hora después se dará cuenta de que el tequila era lo único que tenían para tomar en cien kilómetros a la redonda. 

sábado, 12 de septiembre de 2015

Millennial 25

Cloto: Qué se yo. Yo ya no puedo sin Wagner de fondo.
Láquesis: Y ahora decime que si te falta un whisky tampoco podes, pedazo de cliché.
Tres escritores comentan el contexto situacional de sus actos creativos.
Átropos: Lo mío tiene más que ver con el ruido de ambiente. (Señala con ambas manos los ruidosos alrededores del café en el que se encuentran)
Láquesis: Igual de cliché pero bastante más aceptable. Todo eso del escritor como genio solitario siempre me pareció una boludez.
Átropos: Ni hablar, pura secuela romántica.
Cloto: Probablemente es de esas cosas que se arrastran viste. (Le dice a Láquesis mientras Átropos llama a una moza para pedirle más medialunas). De pibe haces fuerza por crearte un ambiente que te convenza a vos mismo de que lo que estás haciendo es importante, una especie de ritual.
Láquesis: Y lo terminas arrastrando.
Cloto: Totalmente. ¿Y con el tiempo lo automatizas no? Sin querer pecar de conductista.
Átropos: Puede ser, pero convengamos en que tendría que ser totalmente lo contrario. No se tendría que perpetuar una imagen del imaginario social de siglo XIX porque las cosas claramente ya no funcionan así.
Cloto: Claro está que cuando arrancas no tenés la más pálida idea de cómo funcionan las cosas. De cómo funciona nada realmente.
Láquesis: Cuando empezas no tenés idea de cuánto te va a doler el culo. (Átropos y Cloto se ríen). Que boludos (Láquesis ríe también). Por lo de poner el culo en la silla decía. Pero fuera de joda, esto del autodidactismo…
Átropos: Y la cantidad de pavadas que lees hasta que llegas a algo que valga la pena.
Cloto: Yo nunca pude no terminar un libro. Es de lo que más me arrepiento.
Átropos: ¡Y la mentira esa de que tenés que ser original! Como decía Ezra Pound, si no cambiaste radicalmente tus influencias antes de los veinticinco años es mejor que dejes de escribir.
Cloto: Menudo ejemplito.
Átropos: ¿Pero no es así?
Láquesis: Me gusta pensar que tenemos un poco más de tiempo, pero es así. A uno siempre le parece que llega tarde a la conclusión de que lo más útil es leer las influencias de sus influencias. (Átropos devora su última medialuna)
Átropos: Creo que un prerrequisito es conocer tus primeras influencias hasta el hartazgo, eso hace mucho más fácil la transición. Probablemente a eso se refería Pound, ¿con la importancia que le da al trabajo intensivo no?
Cloto: Seguro. Pero volviendo, ¿qué fetichismos entran en juego cuando escriben ustedes?
Láquesis: Lo mío es un punto medio. Lo único que necesito es cierto nivel de quietud, después puedo escribir en cualquier lado.
Átropos: Como les decía, diez de mis doce libros los escribí en cafés. Debe ser algo sobre el movimiento de la masa humana. La movilidad captada con el rabillo del ojo.
Cloto: Todas formas de llegar al mismo estado mental. Qué se yo. (Le da el anteúltimo sorbo a su café doble)
Láquesis: ¿Y que han estado leyendo que no sea una boludez?