domingo, 10 de mayo de 2015

Escribir es mas

¿Cómo que no era importante el objeto concreto sobre el que se escribía? De repente la escritura sin objetivo, el escribir por escribir, era la parte más importante de un proceso que no iba, por ello mismo, a ninguna parte. Una aberración. Se lo tendría que haber negado más demoledoramente, tendría que haber sido mucho más agresivo, y sopapearlo arrastrado por toda la sensibilidad Romántica. La literatura que se escribe para sí misma, querido estudiante de secundaria (tendría que haber dicho) se hunde por su propia subjetividad, se aleja de la superficie, donde los eventos del mundo se desarrollan y no se toma nada en sería, salvo las emociones pasajeras que su mano inexperta tiende a percibir como eternas e invariables. El escribir por escribir muere con la edad, y el “Romanticismo” muere porque no puede vivir fuera del agua, e inevitablemente la madures lo arrastra a tener los pies en la tierra. Escribir por escribir es una etapa evolutiva, no toda la evolución. Y puede afirmar tal cosa porque tenemos el agrado de vivir en el siglo XXI, por lo que además hace dos siglos que puedo afirmarlo.
La historia literaria tiene mucho de historia individual y vise versa, mucho, pero no en relación univoca. Como decir que el movimiento de los electrones alrededor del núcleo (que deben haber visto cientos de veces en Química) se corresponde con el de los planetas alrededor del Sol (del que no creo que tengan idea, porque esta institución solo quiere que se miren los pies). Por eso la gran mayoría de los que todavía perseguimos todos aquellos falsos ideales que teníamos de ser escritores, en primera instancia, intentamos emular a los grandes. ¿Y quiénes son los más grandes de los grandes? Por supuesto, los Clásicos. Y los Clásicos no son solo Platón y su gastadísima alegoría de la caverna (que vieron el año pasado en Filosofía) ni Troya, que sería la Ilíada de Homero vista a través del filtro hollywoodense, que es lo mismo que decir vaciada para cabezas vacías. Claro que no. ¿Cómo algunos no van a “entender” la poesía y otros van a celebrar indiscriminadamente que la producen cuando ninguno de los dos conoce a Catulo? Como no les van a encantar las malas novelas, mercantilizadas hasta la náusea, si no conocen las verdaderas tragedias de Séneca (y no, Edipo no es real). Y nombro dos para no quitarles demasiado espacio de procesamiento.
Una vez pasada la etapa Épica, del reconocimiento de los fríos y los calores de la tragedia y la comedia, y de la búsqueda de los héroes y las figuras extra parentales, nadamos con brazo ágil a los historiadores medievales. Y el que crea que el medioevo son un montón de monjas y campesinos encerrados en una iglesia oscura por órdenes de un terrateniente tiránico puede irse ahora mismo del aula. Claro que el Medioevo es oscuro por la sombra de la religión (la cual muchos de ustedes ya se dieron cuenta de que no eligieron) pero creer que la humanidad se detuvo es una estupidez, y para el que lo siga creyendo que lea “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam (o no, y no cambien su opinión nunca, que parece ser la parte más cómoda de ser ignorante) o tómense un segundo para reconocer el origen trovadoresco de este neo romanticismo patológico.
El preadolescente sale de los clásicos con una especie muy particular de sentido de grandeza, que tiende a atribuir a la naturaleza y los sentimientos. Por un tiempo cree ver más allá de lo filosófico en el peor de sus sentidos, y se vuelve casi realista, o se lo obliga a volverse. Lo padres no son héroes y los héroes son todavía más héroes, y por supuesto que la mayoría de ustedes todavía tiene algún disco o alguna remera de los suyos. Esta búsqueda de uno mismo, este reconocimiento, inevitablemente los llevará a una especie de Renacimiento, como último vistazo a la parte más baja del río en el que se los tiró cuando nacieron (y cuya corriente, soy el vivo ejemplo, los va a arrastrar). El escribir se vuelve un acto auto reflexivo, cuasi sagrado, y llega el racionalismo, y se las saben todas. Lo lindo de envejecer es que uno puede tomar dos caminos: darse cuenta de que la ilusión de saber todo basado en primeras impresiones era una estupidez, y que la vida y la literatura son mucho más complejas y la “suposición” nunca es tan válida como la verdad, o mantener la misma postura, y atravesar la vida convencido de que se posee una mente brillante (que otra vez, es mas cómodo). El Racionalismo, sin demasiada sorpresa, paso mayormente por el lado de las ciencias, llamándose Funcionalismo y Estructuralismo los intentos de transformar a la literatura en una de ellas. Todas las ideas que llevaron a esos celulares que no pueden dejar de masturbar empezaron ahí, e incluso los métodos para observar átomos y estrellas. Y entonces saltó, como no podía ser de otra forma, una idea de arte de dientes afilados para hacerle la contra. La última rebelión por la rebelión misma, el Romanticismo. Como si algo pudiese pecar de ser demasiado racional (Kant de lado) el Romanticismo volvió a poner en cuestión los sentimientos, la emoción subjetiva como punto principal de la expresión artística, y otras pelotudeses como la inspiración, y el trabajo sin esfuerzo. Y como el cristianismo en su momento, dos siglos después la idea de que todo el arte es romántico sigue vigente.
Lo que no vieron ustedes, o vieron a medias, es que después de toda esa mariconada (con todo respeto a quien pueda sentirse ofendido), es que no mucho después a ese oso que nos pescaba como salmones de río le dieron un tiro directamente entre los ojos. Y la bala se llamaba Vanguardia, y la Vanguardia es muchísimo más que Dalí y Picasso. La Vanguardia se dio cuenta de esta ida y vuelta entre lo que se esperaba que fuese el arte, y de la crisis en su centro que cuestionaba su propia existencia (una de las crisis más fructíferas de todos los tiempos), y volvió disponibles todos los recursos de las épocas anteriores, simultáneamente, marcó un corte, y obligó a una nueva búsqueda, en la entrañas del oso. Esta simultaneidad está muy lejos de ser motivo de preocupación, nos deja ser un oso color salmón, o un río-bala, pero para el que no conoce ninguno de los estilos precedentes es todo lo mismo, y claramente no lo es. La apreciación del arte es subjetiva, el arte en sí mismo no lo es. La apreciación del arte es relativa (como decía, depende mucho de los que conozca el observador), el arte mismo no lo es. Toda obra escrita tiene parámetros puntuales bajo los que puede ser evaluada (el Funcionalismo llevó esto a la exageración), puede, pero la mayoría de las veces se la consume sin saber que se consume, se le da un producto vacío a una cabeza vacía, y todos contentos. La relativización del arte, o la permanencia virulenta del Romanticismo no son consecuencia de la historia del arte, sino, querido alumno de secundaría, de que vos seas un pelotudo, y de que no se me permita educarte para lo contrario. 

sábado, 14 de febrero de 2015

60s

   La tía tenía la singular costumbre de ponerse desodorante en el cabello. Decía que el perfume era un invento francés para sacarles dinero a los ricos mugrientos y que a la vez la astringencia de la marca en particular que usaba le permitía domar su cabello de puercoespín. Probablemente tenía razón. Su trabajo de actriz la había transformado en la fantasía de muchos, pues no había un solo hombre bien despierto en toda la costa oeste que no deseara su mano en matrimonio.
   Cuando terminó de peinarse, con el gesto autónomo de siempre, su cabello enrulado brilló en el espejo, y no pude más que dedicarle una sonrisa. Tras torcer la cabeza como si intentara constatar la dinámica de sus bucles sobre su pálido rostro estuvimos listas para ser vistas en sociedad. Dejamos el caserío por la puerta trasera, pasamos junto a la olímpica piscina, saludamos al ejército de paisajistas que trabajaban en el nuevo invernadero y nos despedimos de Lucy, cuyo collar con cencerro no cesaba de sonar atado a su grueso cuello de ligre.
   El en camino a su tienda de ropa predilecta me contó sobre sus amoríos del último semestre: uno había sido un paracaidista ruso, bien dotado y rubio como un león, pero con la desesperanzadora tendencia a caer en los terribles encantos del vodka de mala calidad. El otro era una estrella de rock que estaba pasando por uno de esos momentos de autodescubrimiento que tanto le gustaban, pero que la había dejado por una japonesa todavía más “espiritual” que ella, una tal Yoko.
   Me explicó entonces que los hombres eran como chinches, como astillas, o como navajas, con las que una tenía que herirse para recordarse cuan fuerte era, y mientras lo decía no había un solo indicio de reproche en su voz, sino todo lo contrario. Los hombres eran como su pelo, pensé mientras se probaba una blusa, con alcohol, paciencia y teatralidad el más duro cedería, como un bucle cuya única resistencia es ser hermoso.
   La compra fue una blusa carmesí y una pollera corta de animal print que la hacía parecer un trozo de carne en las garras de Lucy. De repente tuve unas ganas inmensas de comer una hamburguesa en uno de esos restaurantes modernos, pero lo único con lo que me encontré fue con una contundente negativa. El precio de la fama, supe algunos meses después, era un hambre insaciable, un hambre de hambres, un espejo torcido, una cuerda tensísima, y una cabellera perfumada de vainilla que todos menos uno mismo podían oler. 

martes, 14 de octubre de 2014

La oficina

La oficina 
es un punto 
infinitamente pequeño 
en el espacio 
sobre un punto 
azul 
que flota 
en un espacio 
infinitamente basto. 

El sacacorchos

El sacacorchos es un tirabuzón metálico que gusta de parecer infinito. La punta de su afilado apéndice ha evolucionado para penetrar en ángulo el corcho de la botella e, introduciéndose en él una vez aplicada cierta fuerza rotativa, dañarlo solo lo suficiente como para conseguir un anclaje firme que permita su extracción.
El mango de madera tiene algunos cortes, lo que sugiere que durante mucho tiempo fue almacenado en un cajón totalmente diferente, y esa simpleza (a falta del aparato metálico de palancas) sugiere que otro sacacorchos ocupa ahora ese cajón, quizás más apto para tal univoca tarea.
Aun así este exhibe otra marca irrefutable de su experiencia, una gota de sangre, más roja que cualquiera de los vinos de cualquier de las botellas que pudieran abrir alguna vez algún sacacorchos. El hierro de la sangre se ha unido al suyo, derramado por quien, perpetuando la negativa a cambiar los anteojos, ha vertido sangre y alguna que otra puteada. 

El revólver

El revólver es la ilusión de control para quien percibe su mundo como en permanente desintegración, y es, de todos los objetos que lo rodean, el más rememorado. Calibre 22 Corto, fue regalado por quien profesara los métodos más extremos de aplacamiento de la inseguridad, cayendo en manos de quien, de otra forma, nunca hubiese sabido de su existencia. De ese recuerdo de primer contacto solo quedaría una mirada rápida por la mira corta apuntando a la punta del propio pie, el traspaso de una mano a la otra estimando un peso, el giro tosco de la cámara y la contemplación del brillo plateado junto a una fuente de luz, pero nunca el quite del seguro. La curiosidad habría pasado, tan solo dejando una nefasta potencialidad.
    De los seis espacios en su cilindro solo hay uno lleno, pero no podría precisarse cual. La única bala ha vuelto con insistencia a la mente (en conjunción con la fotografía de la laptop) de quien se esforzara por elegir una y otra vez la lentitud de la pipa y el entumecimiento de la bebida para paladear su final. Por ello el sacacorchos a su lado a vertido más sangre que él, y aún más sangre divina.

domingo, 10 de agosto de 2014

Llave

I

La llave sirve tanto para abrir como para cerrar la puerta, siempre y cuando el diseño de la cerradura encaje con el de su serie de hendiduras. Estas hendiduras se extienden a ambos lados de la llave, lo cual, al girarla, permite mover el mecanismo de la cerradura y trabar o destrabar la puerta. Las alas, o cabeza de la llave, terminan en una pequeña loma que funciona de tope contra la cerradura y asegura el encaje.
El cuerpo de la llave es un cilindro delgado y alargado, de punta redondeada, generalmente hecho de aleaciones de bronce y níquel, que no mide más de siete centímetros de longitud total.
La cola de la llave es levemente más ancha que las alas, y permite tomarla entre el índice y el pulgar facilitando el movimiento giratorio. Adorna esta parte final (además de un pequeño agujero que permitirá su inclusión en un llavero) el nombre de la casa de cerrajería que la ha elaborado.

II

La cien alada de la llave impulsa la mano del portador hacia la cerradura. ¿Es que el pestillo de la puerta se retrae con mayor velocidad cuando abrimos que cuando lo disparamos para cerrarla?
A la llave solo le interesa girar. El motivo de su existencia es satisfacer su apetito sexual, pues adora temblar en la mano borracha jugueteando con su complicada contraparte. Es que todo su cuerpo ha nacido para cumplir con devoción dicha tarea: desaparecer por unos instantes en el intrincado laberinto que es su compañera.
Guardiana de cualquier cosa que se precie, su ojo ciclópeo y sus alas de Mercurio preceden a cualquier descubrimiento, o redescubrimiento, que valga la pena el viaje de la mano. Su tintineo (es que la llave gusta más de viajar acompañada) prepara a la cerradura, e incluso mueve al umbral de la puerta los pies de quien espera del otro lado, si su oído es lo suficientemente agudo como para oírlo.
Ella es sinónimo a la vez de eterno retorno, ese particular retorno que es la vuelta a la intimidad, y de la libertad que encierra la idea del “afuera”.

Son las alas que se guarda en el bolsillo quien tiene un lugar al que regresar.

jueves, 31 de julio de 2014

La parada

Se subió al colectivo con suma pesadumbre. No había llegado a tomar el anterior porque lo había visto salir a mitad de cuadra, porque estaba borracho, y porque la embriagues le había impedido acelerar el paso. El calor de múltiples respiraciones humanas lo envolvió rápidamente. Pasó la tarjebus haciendo un esfuerzo inhumano para restablecer momentáneamente su coordinación mano-ojo y se arrastró al único asiento vació que quedaba, mientras una de las cejas del colectivero se alzaba en la penumbra de la cabina. Intentó mantenerse derecho para apaciguar el mareo y pispeó, automáticamente, a quienes lo rodeaban: la mayoría eran ancianos que  murmuraban entre ellos, o iban peleando o perdidos contra el sueño. Relajándose estiró las piernas, pero se dio cuenta de que le hacía perder el equilibrio y volvió a flexionarlas. Advirtió que se había meado una zapatilla. Arrastró el pie meado contra el piso sin darle demasiada importancia y sintió como el colectivo desaceleraba. Se abrió la puerta y pasaron dos mujeres gordísimas que lo miraron con asco mirarse el pie meado. Se había inclinado hacia la ventanilla para apoyar la frente en el cristal frío mientras escucho a las mujeres pedir el asiento a una de las pocas parejas jóvenes.
Cuando el colectivo volvió a desacelerar tuvo la sensación de que se había quedado dormido, cosa que confirmó cuando vio a varias personas desconocidas tomadas de los pasamanos. Bostezó despegando la frente de la ventana y se entretuvo mirando de reojo las minifaldas de dos chicas paradas pocos asientos delante de él. El vapor de su cargado aliento tapó parte del sol que comenzaba lentamente a amanecer. Las piernas de las chicas se flexionaban en contra o a favor de los movimientos del colectivo, y las minifaldas se subían, se subían, y eran acomodadas por manos llenas de anillos.
Nadie bajó en la siguiente parada, y las personas que subieron acabaron con su fugaz entretenimiento. Madres con hijos de la mano le hicieron recordar lo borracho que estaba. La hora de ir a la escuela le avivó los jugos gástricos y lo perdió en la parte baja del asiento frente a él, obligándolo a cerrar los ojos y a abrirlos inmediatamente ante la sensación de que el colectivo daba vueltas alrededor. Durante el tiempo en que se concentró para no vomitar este desaceleró y aceleró varias veces, pero nunca escuchó abrirse la puerta de atrás. Cuando finalmente ganó fuerzas para alzar la vista, aun movido el estómago por la última detención, vio saltar a un muchacho sobre un grupo de abuelas para hacerse espacio. Las madres resguardaban a sus niños entre las piernas y las chicas se habían sentado en el respaldo de dos asientos, entre un bosque de cabezas. Comenzó a sentir que tragaba muchísima saliva y buscó en todos sus bolsillos algo que lo calmara, pero perdió rápidamente las esperanzas y reencontró sus llaves, una dirección anotada en un trozo de revista, la tarjebus y un cigarrillo a medio fumar. Volvió a apoyar la frente contra la ventana y esperó lo mejor.
Despertó al sentir que le faltaba el aire y se encontró parpadeando a centímetros de la ventanilla, sin posibilidad de moverse. Tenía a una de las mujeres gordas sentada sobre él, y a un anciano colgado del cuello en un ángulo tan particular que su axila lo estaba estrangulando. Una nena se había colado entre el anciano y el techo, y parecía dormir allí plácidamente. El aire se había viciado aún más a razón del apelmazamiento de gente, por lo que no pasó demasiado hasta que sintió caer la transpiración, tanto suya como de la axila que lo asfixiaba. El mareo había dado lugar a la descompostura, por lo que la presión que ejercía la mujer sobre su estómago no ayudaba. Se sacudió levemente intentando no despertar a la nena y pudo girarse lo suficiente como para mirar al frente, pero no pudo ver más allá de la persona frente a él, que se hallaba en una situación similar. La creciente necesidad de descomprimirse lo hizo esforzarse por cambiar de ángulo, lo que lo hizo notar que no pasaría mucho hasta que necesitara orinar. A esta caída en cuenta le siguió un nuevo descenso de velocidad, y pronto se escucharon algunas cabezas tintinear contra el parabrisas. Se oyeron algunas palabras, perdidas entre la multitud, y le siguió un silencio de procesión. Pero el colectivo no avanzaba, como si se hubiese atorado en el cordón de aquella calle céntrica. El hombre sentado sobre el hombre sentado en el asiento de adelante cayó de espaldas sobre la mujer gorda, y el peso extra se hizo sentir en sus intestinos. La niña se cayó del viejo y varios rostros y miembros nuevos aparecieron en los pocos lugares antes vacíos. No hubo señal de retomar la marcha hasta que se vio desfigurado contra la ventanilla, ya sin sentir brazos ni piernas. Un vendedor ambulante había ido a parar junto a él, y le ofrecía bermudas a precios de liquidación, el piercing de alguien se le estaba clavando en el omóplato, y el conductor yacía estrujado contra su pie meado.
El colectivo pararía otra vez y no cabría espacio siquiera para un suspiro. El taco de algún pie vestido en carísimos zapatos fue a introducírsele en la boca del estómago y finalmente lo quebró. El vómito corrió por la pierna vestida en cancanes negros y cayó sobre la gorda, el colectivero y varios más. El colectivo paró otra vez, y otra más, y una última. Cuando había pasado un tiempo desde que no podía determinarse donde terminaba una persona y comenzaba la otra, el continuo tiempo-espacial colapsó, y el colectivo desapareció dejando nada más que una briza en el pavimento frío que comenzaba a calentar el sol naciente.

lunes, 7 de julio de 2014

Luego existo

El cigarrillo está ahí mientras mis ojos aprecien las sinuosas espirales de su humo. Cuando lo dejo en el cenicero para tomar el control, y no lo huelo ni lo veo, el cigarrillo deja de existir. Lo que existe (en ese entonces una propaganda de tampones) acapara todos mis sentidos, y le niega una existencia simultánea a lo que está más allá de ellos.
No puedo oler los tampones, pero tampoco el humo de cigarrillo (porque aquel humo me ha negado la capacidad de sentirlo). La realidad, más allá de los rápidos cambios de cámara que se centran en aquel pequeño paquete rosado, desaparece. La voz de la mujer que asegura la absorción del producto se vuelve trascendente, crece y me inunda. No importa si me importa. La voz es todo hasta que silva la pava, y otro universo me pide inmediata atención. Olvido el cigarrillo y me concentro en el calor que emana de la manija de la pava. Las cosas se vuelven los agujeros negros en el centro de mi galaxia de sentidos. 
Apago la hornalla mientras se desintegra el mundo a mis espaldas. Advierto que las cosas que seducen mis sentidos no tienen que estar frente a mí para arrancarme de mi mismo. Me figuro la máxima expresión de mi percepción desde un satélite que orbita la Tierra. Deus ex maquina: La totalidad del devenir humano solo puede ser vista por una maquina echa de números y metal, que no puede verse a sí misma. Para abarcar la totalidad de la realidad en un espacio-tiempo conciso el ojo debería estar más allá del universo observable, y más allá de sí mismo, dos paradojas irreductibles.
La particularidad de mis ojos me lleva a concebir los vertiginosos aprecios de mi realidad a través de cristales. Mis ojos miopes requieren la concentración excepcional de ese sentido particular, por lo que podría decirse que mi mirada tiende, en realidad, a lo microscópico. La pava se ha enfriado en la mesada cuando me descubro perdido en la llave de gas, en el punto de ebullición del agua, en los enlaces del hidrogeno, en la combustión del cigarrillo, en el fuego como oxidación acelerada, en el dióxido de carbono, en mi propia respiración, en la llave de gas.
Los fenómenos imaginados han ganado terreno a las cosas, y la capacidad de abstracción me ha llevado a apagar el televisor y sentar mis sentidos a escribir. Pretendo tu atención con palabras hasta que la vorágine de tu propia abstracción te lleve a aquella otra paradoja, que es el punto final: otro tipo de agujero negro. 

Horizonte

I

Ninguno de los dos
ve las mismas
estrellas,
pero ambos existen.

II

El desierto
es uno,
sin estrellas,
de varios posibles.

III

La arena
no sabe
de las estrellas
sobre ella.

IV

Un desierto
de estrellas
brilla en la pupila
del extrañado. 

jueves, 12 de junio de 2014

Borges por Piglia

A fines de 2013:

Las cuatro clases públicas
del gigante y acético
“león” Piglia
sobre la memoria y biblioteca
borgianas,
fueron otro triunfante destello
de argenta cultura
sobre el olvido.

En el escrutinio ciclópeo,
de ceja asertiva
se desnudó el enigma
de aquel niño de Palermo
que entre Buenos Aires
y Ginebra,
fue laberinto,
bastón,
y ceguera:
un suspiro entre los dos desiertos
de un reloj de arena.