martes, 28 de marzo de 2017

Máquinas Salvajes VIII

VIII

Llegado este punto el lector podría reprocharle al autor sobre la validez de analizar las figuras quasi-enteramente literarias (siempre quasi) del vampiro y del zombi como maquinas salvajes, o siquiera su utilidad en el análisis del viejo engranaje del miedo de la maquina humana. Podrá no ser tan evidente, pero ¿no son acaso estos tropos, estos personajes, sus ideas y el lenguaje que se usa para articularlos maquinas en sí mismas? ¿No son, como líneas de código, formas de la maquina humana de expresarse, con reglas internas y sistemas enteros de sentidos en constante tención? ¿Cómo engranajes? Si la lengua es una cosa viva, que evoluciona y se adapta, deberá permitírsele al autor hacerle extensivo el concepto que manejamos de “máquina salvaje”. Los engranajes siempre móviles de la máquina del lenguaje, sin temor a la tautología, se lo permiten. La insistente utilización de la etimología como motor de escritura no es un capricho. Pero el autor es de constitución pacífica; para aplacar incluso al lector más demandante enfocará todas sus fuerzas conectivas hacia la máquina por antonomasia: el robot.[1]
Servirá para aclarar la dificultad de su definición enfrentarlo con una palabra que le es sinónima, puesto que la idea de robot conjura en la mente del hombre moderno otra mucho más antigua, que se remonta a pasados míticos[2], de los cuales los exponentes más reconocidos son sin duda los golems de arcilla de la tradición judía, y Talos de Creta, el gigante de bronce: la idea de autómata. En el sentido de la antigüedad: un ente que funciona independientemente de su creador, que emula cierto nivel de vitalidad y, no menos importante, que no tiene alma; diferenciado del robot por la falta de configurabilidad de su comportamiento y la incapacidad de reacción paramétrica, lo que hace al autómata un ente-objeto fuertemente determinista.[3] Uno de los ejemplos más memorables de los primeros robots antiguos, dejando ya de lado la pura mitología y yendo hacia la teorización es el de Las Palomas de Arquitas de Tarento, un matemático griego nacido en 430 a.C. cuyo otro logro memorable es haber sido (según algunas fuentes) amigo de Platón, cosa nada fácil (según algunas otras fuentes), de ser.

Observación 15: Toda teoría es un tipo particularísimo de mitología.

Las Palomas habrían sido entonces aves de locomoción a vapor[4] que, gracias a propulsores de vapor comprimido, llegaron a planear hasta 300 metros. Escapa de lo memorable del recuento cómo se veían más allá de las poleas y tornillos que uno se figura sobre algún material extremadamente liviano, y la imaginación predispone a una amalgama de cuero y plumas y cera como pequeños Ícaros húmedos y raquíticos.
Otro ejemplo digno de mención pertenece al Renacimiento italiano, salido de la mente multifacética de Leonardo da Vinci. Los bocetos del, muy apropiadamente llamado, Robot de Leonardo fueron descubiertos recién en 1950. El Robot consistía de una armadura ítalo-germánica de cuerpo completo operada por una serie de cables y poleas, capaz de pararse, levantar su visor, y mover su mandíbula y cada brazo independientemente. La única exposición que se le conoce parece haber sido en la corte de Ludovico Sforza en Milán, 1495. 455 años[5] después los bocetos fueron recreados demostrando, además de un remarcable conocimiento anatómico[6], que el modelo era plenamente funcional.
Pero al esmerado lector de ciencia ficción los robots de Arquitas y Leonardo podrán parecerle, en ese espacio gris entre el significado y el significante, más autómatas que otra cosa. El primer robot humanoide y electrónico, como muchas otras cosas, lo reclaman los ingleses. Creado por un veterano de la Primera Guerra Mundial y un ingeniero aeronáutico, Eric fue presentado en Londres en 1928[7], y se ancló en el imaginario de la época como la prefiguración del robot arquetípico: de voz fuertemente distorsionada, cuerpo plateado, extremidades cilíndricas, facciones inmóviles. Como el de Leonardo, Eric podría pararse, inclinarse y mover los brazos, y gracias a la comunicación por señales de radio, hablar con la voz de sus creadores.

Incógnita 7: ¿Acaso los robots no son más que marionetas? ¿El hombre hablándose a sí mismo a través de una distancia imaginaria?

Durante su único año de existencia Eric recorrió el mundo, impulsado por el positivismo futurista todavía reinante a principios del siglo XX, presentándose siempre como: “Eric el robot, el hombre sin alma.[8]
Quedó entonces fuera de circulación para 1929, año en que Japón presentó su primer robot: Gakutensoku.[9] Creado por un biólogo en Osaka, y de circulación mucho más restringida, Gakutensoku presentaba toda una gama de características, además de poder cambiar sus expresiones faciales y mover la cabeza y las manos a través de mecanismos de aire comprimido[10], que al observador occidental podrían haberle parecido fuertemente surrealistas: tenía una bolígrafo con forma de flecha en la mano derecha, una lámpara que recordaba un mazo medieval en la izquierda y un pequeño pájaro robótico sobre uno de sus hombros, que podía llorar. Cuando lo hacía Gakutensoku cerraba los ojos, en expresión pensativa; cuando brillaba la lámpara escribía con su bolígrafo-flecha. Si bien tampoco estuvo en circulación por más de un año, dice mucho de las sociedades en las que fueron construidos que el primer robot occidental haya estado inspirado en trabajadores obreros, y el oriental se tratara de un escritor.[11]   




 
Después de todo la palabra “robot” viene del checo robota, que significa “trabajo forzado”, y se utilizaba en referencia a los trabajadores alquilados que circularon en el Imperio Austrohúngaro hasta 1848, pocos años antes de la Segunda Revolución Industrial. El término lo utilizó por primera vez el dramaturgo Karel Capek en su obra teatral R.U.R. En ella el protagonista, Harry Domin[12], crea una empresa en una isla desierta, Rossum’s Universal Robots, dedicada a la fabricación de criaturas mecánicas a imagen y semejanza de los seres humanos para utilizarlas como mano de obra barata, roboty. El éxito de la empresa parece inacabable hasta que el doctor Gall, jefe del Departamento de Psicología de Robots Universales Rossum[13], les confiere alma. A partir de ese momento los robots se rebelan y, como no podía ser de otra forma, le declaran la guerra a la humanidad. Tras el estreno de la obra Capek se dio cuenta de que había reinventado sin buscarlo el mito del Golem judío de Praga, lugar en el que, curiosamente, se presentó la obra por primera vez. Había cambiado en el imaginario arcilla por metal.
Eric, el primer robot inglés, tenía grabadas las siglas R.U.R. en el pecho a modo de retorcido homenaje. Asimismo las tuvo cuando fue reconstruido en 2017 por el Museo de Ciencias de Londres, superado esta vez por la reaparición de Gakutensoku en 2008, en el Museo de Ciencias de Osaka. La empresa alemana Festo presentó en 2011 una ave-inteligente basada en la gaviota argéntea, que con un metro de largo, dos de envergadura, y pesando solo 450 gramos puede despegar, volar durante horas y aterrizar de forma autónoma. La tecnología biomimética aplicada puede rastrearse hasta los primeros bocetos de Da Vinci, allá cerca de 1490, y sus rudimentarios modelos de alas capaces de aletear, e incluso hasta Las Palomas.

Observación 16: Este texto es ahora un autómata.




[1] Quizás haya sido su intención desde el principio.
[2] E incluso uno podría arriesgar: con paralelismos teológicos.
[3] Por eso mismo siempre han sido considerados excelentes guardianes.
[4] Algo que uno nunca relaciona lo suficiente con los griegos.
[5] Más del doble del tiempo de existencia del país desde el que el escritor escribe.
[6] Digno del creador del Hombre de Vitruvio.
[7] 22 años antes del descubrimiento del Robot de Leonardo.
[8] Muy apropiadamente.
[9] Cuya traducción del japonés sería: “aprendiendo de las leyes de la naturaleza.”
[10] Progresión natural de la tecnología de Arquitas.
[11] O quizás pone en evidencia la indistinguibilidad de tales oficios a los ojos de veteranos, ingenieros y biólogos. ¿Qué es un poema más que una bonita pared? Palabras como ladrillos de colores.
[12] Cuyo apellido surge sin duda del latín dominus: “propietario”, “jefe”.
[13] “Departamento de Psicología de Robots” le causa al cerebro unas cosquillas similares a las de “Robots antiguos”. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

Máquinas Salvajes VII

VII

El modelo del cerebro “triúnico” propone, para explicar su evolución, una división del cerebro en tres partes interdependientes, cada una con su propio tipo de inteligencia especializada en el control de ciertos comportamientos. El mal llamado “cerebro reptiliano” es una de estas divisiones (junto con el sistema límbico, o “cerebro paleomamífero” y el neocórtex), e incluye el tronco encefálico y el cerebelo, encargados, en primera instancia, del control de los músculos, el equilibrio y las funciones autonómicas (latir del corazón, respiración). Y, según el neurocientífico Paul D. MacLean, propulsor del modelo, encargados también de los comportamientos más básicos para la supervivencia: agresividad, dominancia, ritos de cortejo, territorialidad.
MacLean encuentra, a través de la neuroanatomía comparativa, que la capa más primitiva o baja del cerebro humano tiene un análogo en la estructura del cerebro de los reptiles, en la que prima, y de allí le da su nombre. Si bien numerosos estudios posteriores han encontrado que la complejidad del cerebro de aves y reptiles ha generado estructuras análogas al cerebro paleomamífero, e incluso que el neocórtex no es exclusivo de los grandes primates, la singular y elegante idea de que nuestro cerebro evolucionó siempre hacia mayores niveles de complejidad, de cuya cadena somos el último y univoco eslabón, es todavía ampliamente aceptada. De alguna forma la agresividad que temimos de los reptiles durante millones de años fue lo que nos permitiría defendernos de ellos. Haciendo uso de cierta simbología oriental: el mono siempre tuvo algo de dragón.  

Incógnita 5: ¿Cuáles habrán sido los depredadores naturales de aquel último ancestro común entre reptiles y mamíferos?                                 
Aplicado este modelo a cierto monstruo antes mencionado: ¿que es un zombi si no un ser humano que de su cerebro triúnico solo conserva el reptiliano? Incluso el andar ofidio del cadáver recuerda los pasos torpes de los grandes reptiles. Y el desencaje mandibular…  Allí habría tenido MacLean todas las pruebas que necesitaba: ni la serpiente más estúpida gruñe constantemente cuando caza.
 
La versión moderna del zombi es siempre la de un anhelante, un mendigo: quiere consumir el cerebro que no tiene en una suerte de torpe transubstanciación. En él se encarnan tanto el miedo a la masificación, a la dilución de la individualidad, átomo primordial de la sociedad moderna (estando la génesis del zombi íntimamente relacionada con la esclavitud haitiana durante el siglo XVIII), como la crisis espiritual que deviene de la imposibilidad de una sobrevida en términos religiosos tradicionales (él es después de todo un “muerto viviente”).
Pero debe intentar entendérselo, eso de morir y volver a la vida debe dejarlo a uno en un estado lamentable. Debemos agradecer que la mayoría de ellos práctica, con mayor o menor seriedad (siquiera por pura torpeza), cierto grado de celibato, sino bien podrían ser el siguiente paso natural en la evolución del hombre.


    El selénico reino de los hongos nos acerca un ejemplo de como otro ser vivo, además del párroco (cuyo estado vital es siempre debatible), puede controlar a otro a través de cuidadosa propagación de sus esporas. El hongo Ophiocordyceps unilateralis ha evolucionado la particular habilidad de parasitar cierto tipo de hormiga cambiando paulatinamente sus patrones de conducta. La patogénesis, que dura aproximadamente una semana, culmina con las mandíbulas de la hormiga asidas al revés de una hoja elevada. Allí la humedad y temperaturas óptimas permitirán al hongo desarrollarse con mayor facilidad. La hormiga, inmovilizada por el hongo, que a esa altura habrá empezado a reptar fuera de su cabeza, morirá allí mismo.
Pero este dominio no es exclusivo, se ha descubierto que el hongo puede parasitar, con diferentes grados de agresividad y control, a otras especies de insectos, e incluso de artrópodos. Afortunadamente pierde efectividad rápidamente a medida que aumenta el tamaño de su presa. Sus hábitats principales son las selvas tropicales de Tailandia y Brasil… ¿habrá llevado algún esclavista brasileño una dosis concentrada a Haití?
  
Otra noción que atraviesa al desafortunado zombi (como los numerosos golpes de crowbar que ha recibido a lo largo de los años o el O. unilateralis) es la de “uncanny valley”. Propuesta por el robotiscita Masahiro Mori el “valle de inquietud” refiere en estética a la hipótesis de que réplicas de humanos que se le parecen, pero no son exactas, causan desagrado e incomodidad a algunos observadores. Entre los ejes de familiaridad y parecido humano, justo antes del punto más alto, es decir, justo antes de que la réplica sea indistinguible de un humano, tiene lugar este curioso valle, del cual el zombi es el máximo exponente.
El uncanny valley vendría a ser entonces una pareidolia que no llega a resolverse, un reconocimiento del rostro del otro, con el desagrado añadido de descubrir que este es un cadáver, y que se mueve a pesar de que no debería, y de que viene por nosotros.     

Observación 14: El peor miedo del hombre seguirá siendo, en la medida en que la tecnología no le permita la conquista, su propia mortalidad.

Incógnita 6: ¿Es cuestión de tiempo?

miércoles, 15 de febrero de 2017

Máquinas Salvajes VI

VI

Leopardos, serpientes y halcones han sido los principales depredadores de primates durante millones de años, remontándose a los primeros mamíferos placentarios. Antes de que el hombre fuera tal, es decir, su propio depredador, este existía en un estado de guerra absoluta y exclusiva contra esa elite condenada.   
Algunos antropólogos proponen que esta guerra de millones de años ha dado origen a cierto ideograma, reconocible universalmente en su cualidad de síntesis de esos miedos primordiales: el dragón. Este vendría a ser la unión de las cualidades más terribles de esas tres encarnaciones: las fauces del leopardo, el cuerpo alargado y escamado de la serpiente, y el vuelo veloz del halcón.

Cita 3: The fall from Eden seems to be an appropriate metaphor for some of the major biological events in recent human evolution. This may account for its popularity. It is not so remarkable as to require us to believe in a kind of biological memory of ancient historical events, but it does seem to me close enough to risk at least raising the question. (Carl Sagan: The Dragons of Eden)

Muy anterior a la reconocida representación de los subterráneos europeos el dragón ha heredado, si bien siempre dentro de las directrices fisiologías antes mencionadas, diferentes características según su cultura de origen: los asiáticos lo imaginan con la capacidad de volar pero sin alas, y lo relacionaban no con el peligro, sino con la sabiduría, al igual que varias culturas americanas, que lo imaginaban como dios de la sabiduría, con alas cargadas de plumas (Quetzalcóatl, “serpiente hermosa” en náhuatl). La idea del dragón europeo, sabio y codicioso, parece ser bastante más moderna.





Observación 14: A medida que progresábamos en el dominio de la naturaleza sus únicos defensores posibles se volvieron monstruos hechos de monstruos. Hasta que ganamos, y solo sobrevivió el monstruo inteligente.  
 


Los primeros mapas de los que se tiene registro servían para ubicar las posiciones de las estrellas, no lugares en la Tierra. Cuando surgiera esta segunda especie el hombre vería, allí en los lugares donde su vista o su conocimiento no llegaran, muchos de los mismos monstruos. La primera utilización escrita de una advertencia contra dragones en un mapamundi pertenece al “Globo de Hunt-Lenox (1503) quien la ubica en el sudeste asiático. Las primeras imágenes de dragones para señalar tierras o mares desconocidos por los europeos le preceden por varios siglos, y la figura del dragón como símbolo totémico de poder, para los orientales, por muchos más.
Además de sus primeras herramientas los hombres y mujeres que se expandieron fuera de África hace cien mil años llevaban otras dos cosas, no menos importantes: sus dioses (barbados, como señala la mitología comparativa), y sus miedos. Milenios después, la extrapolación de aquellos ideogramas que se cargaban desde el principio alcanzaron nuevas y particulares características, como los hombres mismos.

En la modernidad tanto el monstruo como el dios barbado han sido relegados a ser entes en continuo retroceso, esto es, entes cuya existencia solo es posible en los oscuros márgenes donde la luz de la racionalidad todavía no ha llegado.
Uno supondría, por ejemplo, que después de la Revolución Industrial y la consiguiente explosión tecnológico-científica no quedarían monstruos en el mundo moderno, pero existen numerosísimos ejemplos de que los márgenes oscuros están todavía llenos de ojos: la resurrección de los fantasmas (oxímoron desintencionado), junto con las momias y poco después los zombis, haciendo de sombra al imperecedero miedo a la muerte; el monstruo de Frankenstein, en la misma línea, jugando con los límites de lo que parecía, en medicina, un progreso sin fin; licántropos, como última resistencia del lobo en escenarios cada vez más urbanizados; Drácula, el conde sangriento (pleonasmo intencionado), y Cthulhu, y todos las entidades cósmicas lovecraftianas que, si bien con cierta posterioridad, expondrían visceralmente el nuevo terror del hombre a la inmensidad del universo.
En todos los casos hay una línea conectora, nítida incluso en la oscuridad: todos los “nuevos” monstruos se definen en su relación con, o directamente fueron/son humanos. Que el Conde Drácula este basado en Vlad III, el Empalador (Tepes, en rumano), nacido como Vlad Draculea en 1428, poco antes de que concluyera la Edad Media, es mucho más que una feliz coincidencia. Bram Stokerd tomó como inspiración al mejor depredador de hombres que pudo encontrar, e incluso la historia ya se lo entregaba marcado: en rumano la palabra drac significaría “dragón”, y ulea “el hijo de”: el padre del Empalador había formado parte de la Orden del Dragón (cuyo objetivo era defender el imperio de los turcos otomanos) por mandato del emperador, ganándose el nombre de Vlad Dracul (ul siendo un artículo determinado).

Uno podría incluso, si extendiera ciertas gracias del hombre-dragón literal hasta el histórico, realizar curiosas conexiones. Tomando como referencia primera el mapa de Hunt-Lenox, y salvando la colosal distancia entre Rumania y Asia Meridional, ¿habrá cruzado Vlad Tepes el Mar Negro hacia Turquía? Fue rehén de los turcos durante 17 años, por lo que podría haber mantenido contacto con alguien que lo auxiliara en su huida. ¿Habrá cruzado el estrecho de Bósforo en el reparo de la noche? ¿Y el de Dardanelos? Si sobrevivió cruzar mares enemigos y luego se abrió paso desde el Mar Mediterráneo hasta el Océano por Gibraltar, sin envidiarle nada a los viajeros griegos, como dirían, entre Escila y Caribdis, ¿habrá llegado meses después a aquella otra exótica y lejana parte del mundo? El Tepes histórico murió en Diciembre de 1476 luchando contra esos turcos contra los que peleó toda su vida, a través de cuyo sufrimiento en las picas se hizo inmortal. El paradero de su cuerpo permanece desconocido, si bien numerosos monasterios claman su posesión. ¿Y si el príncipe de Valaquia se dio cuenta de que todo lo que lo definía, todo por lo que sería recordado, sería su sobrenatural habilidad para… despedazar turcos? ¿Y si quiso, luego de esta epifanía, dejarlo todo atrás? En una carta escrita poco después Esteban III, príncipe de Moldavia, asevera que el sequito moldavo entero que acompañaba a Tepes también había sido masacrado. ¿Y si Tepes previó esto y mandó a un hombre suyo en su lugar? Si es que evitó aquella matanza, pudo atravesar fronteras enemigas y escurrirse entre los dedos otomanos hacia la bastedad oceánica, e incluso luego, sobrevivir al nefasto viaje bordeando continentes enteros, bien puede HC SVNT DRAGONES (“Aquí hay dragones.”) referirse a él. (Incluso el plural acarrea la esperanzadora idea de que haya tenido allí más hijos que los tres que habría abandonado.)

Las fechas hacen del tiempo más piadoso que el espacio. En 1476 Tepes tenía la tierna edad de 45 años, por lo que podría haber llegado al sur de Asia y renovado su fama para 1503. (Con el tiempo él mismo podría haberse dado cuenta de que el singular placer de mandar a empalar gente era exactamente para lo que había nacido.) Si bien la gracia del Drácula literario nos habría permitido extender el tiempo, a través de la función rejuvenecedora de la sangre (noción que viene de otro monstruo latino: el temible búho Strix), casi infinitamente, tal maniobra no será necesaria. Menos aún que la ridícula noción de que al decir que allí había dragones Hunt-Lenox se refería a los números avistamientos de dragones de Komodo, en las innumerables islas de Indonesia…

Incógnita 5: ¿Qué habrá pasado por la mente del primer hombre al que se le ocurrió la pintoresca idea de empalar a otro?


 
La tormentosa biografía del Empalador y la costumbre de otro pajarito (por lo que se sabe sin ninguna relación con el Strix) traen a la luz otra hipótesis posible para explicar tan curioso hobby. El alcaudón, un pajarito apodado tiernamente como “pájaro carnicero” tiene la costumbre de empalar a los insectos, pequeñas aves y mamíferos que caza en las espinas de los arbustos cerca de los cuales anida. De esa forma puede, pese a su pequeño tamaño, desgarrarlos en pedazos más fáciles de transportar, mantenido alimento siempre al alcance. El hábitat de esta particular especie se distribuye a lo largo de Eurasia y África, continentes de los cuales Turquía (si uno se digna a inclinar el globo terráqueo siquiera un poco) funcionaria perfectamente como epicentro. ¿Habrá visto el joven Vlad, cautivo de los turcos, un pajarito empalando a un ratón, y habrá tenido su primera epifanía? Los alcaudones en época de apareamiento llenan sus arbustos con toda clase de cadáveres, muchos de los cuales no llegaran a comer, para impresionar a las hembras. ¿Habrá sido toda la fama de Vlad un tributo a una muchacha turca? ¿Sería esta la misma que lo ayudó a cruzar el estrecho de Bósforo?
Esta huida del monstruo del panóptico de la ciencia y la razón ha creado en las últimas décadas a otro representante, ciertamente no el último, y del que ya hemos hablado, una figura ahora arquetípica, que frente a la imposibilidad de la otredad del hombre con el hombre en un mundo cada vez más globalizado todavía sobrevive bajo el frágil amparo de la ficción de la ciencia ficción: el alien. La mente humana siempre ha sido, después de todo, una excelente máquina de crear monstruos. Nuestro propio “cerebro reptiliano” se ha encargado de eso.

Cita 4: He who fights too long against dragons becomes a dragon himself. (Friedrich Nietzsche: Beyond Good and Evil)

miércoles, 8 de febrero de 2017

Máquinas Salvajes V

V

En el contexto del planeta Tierra el depredador siempre ha sido una máquina bastante particular. Parte de una élite condenada a ser siempre menos que lo que caza y a sufrir las constantes inclemencias que devienen de que el alimento se niegue persistentemente a morir. Claro está, exceptuando al hombre, que en la modernidad ha escalado el proceso hasta transformarlo en una orgía de máquinas mecánicas y biológicas que se vuelven por momentos indistinguibles.
Pero a este poco elegante modus operandi le debemos bastante más de lo que nos llevamos a la boca.

Observación 13: Afortunadamente, la mayor parte del género humano ha llegado al punto en que puede dedicarle más tiempo a pensar que a tener hambre.

La historia de la vida en la tierra es una historia del paulatino aumento de la complejidad. Basta ahondar en los orígenes posibles de las primeras células. La carrera por la supervivencia que impulsó la depredación de otro organismo contribuyó enormemente a este aumento de la complejidad. Resultó que era más efectivo devorar a otro y todo lo que a este lo conformaba que tomar la misma energía del ambiente. O en última instancia, era preferible absorberlo, como proponen las teorías simbiogenéticas: la fusión biológica de al menos dos organismos procariotas diferentes (una arquea y una bacteria), podría haber dado origen a la primeras células eucariotas, células con núcleo definido, de las que somos, a través de una cuasi-impenetrable maraña de azares, descendientes directos.
Podría incluso aventurarse la idea de que esta recursividad de la biología terrestre por vivir a través de la muerte de otros no es universal, en el sentido cósmico. Una raza de extraterrestres paliduchos podría haber alcanzado la sapiencia haciendo uso exclusivo de la energía solar, así elidiendo la destrucción de cualquier otra forma de vida.

Incógnita 4: ¿Cuan terribles resultaríamos para estos seres?                                     




martes, 31 de enero de 2017

Máquinas Salvajes IV

IV

Una de las explicaciones posibles de la presencia de la barba en el hombre como característica sexual secundaría es su función en la protección del cuello y la mandíbula, no de la mordida de la mujer necesariamente, sino de los golpes de otros machos, por eso su particular patrón de crecimiento: terminar con una mandíbula rota implicaba para el hombre primitivo el fastidio de morir de hambre, lenta y dolorosamente.
Otra de sus funciones, que también la aúna a las facultades de la melena en los leones, es la de ser señal de madurez sexual y dominancia, al aumentar el tamaño virtual de dicha mandíbula.

Observación 12: Son muy pocos los homínidos que se dignan a dejar de golpearse, afeitarse, y hablar con las mujeres.

La testosterona es la hormona responsable del comportamiento agresivo de los machos de todas las especies de mamíferos, y uno de los factores que contribuye al crecimiento del bello facial, el otro principal siendo la predisposición genética. La existencia de esta predisposición pone en evidencia que la barba es una característica secundaria mayoritariamente positiva a los ojos de la mujer: la mayoría de la gente puede crecer una barba porque es un rasgo deseable, que se ha ido dispersando y heredando en sucesivas iteraciones.
Desde la antigüedad nos llegan numerosísimos ejemplos de esta tendencia heredada por golpearse y crecer barbas.

Cita 2: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit. (Plauto: Asinaria) Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.
    
 La épica homérica ya nos cuenta sobre fabulosos guerreros barbados y su predisposición a la violencia semi-fortuita, que a través de sus dioses (también barbados) volvían de relevancia cósmica. Todo Troya es al fin y al cabo un complejo concurso de medición de barbas. O de espadas. O de lanzas. O de amor por las barbas o las espadas o las lanzas de los compañeros.
Curiosamente la etimología de la palabra bárbaro, de origen convenientemente griego, nada tiene que ver con la de barba, sino que surge de los desentendimientos con los persas, cuyo habla extranjero sonaba en oídos griegos como la repetición constante de la onomatopeya bar- bar. No sorprenderá a nadie entonces que la mayoría de las grandes guerras de la antigüedad griega solo hayan arrojado dos tipos de enemigos: los mismos griegos, o los Otros, los alienígenas, los persas.


    El recuento de cada uno de los Aqueos en cada una de sus 1186 naves no solo enumera hombres y mujeres, complejísimas máquinas biológicas, sino también potenciales máquinas de guerra. Depredadores de depredadores.