viernes, 4 de septiembre de 2015

Millennial 4C

El peso de una gota de agua separa a la hoja seca de su tallo. La hoja cae en ángulo siguiendo la curvatura del redondel rojo de una señal de STOP, que un diminuto par de ojos color almendra miran sin ver, ocupados como están por llegar a tiempo al trabajo. El auto dobla en perfecta segunda y cruza velozmente el puente sobre el arroyo en el que está bebiendo un perro. A trecientos metros otro perro que también bebía del arroyo intercepta una botella que ve flotando. Algunas gotas de líquido oscuro salen volando de su interior cuando el perro se sacude, y su fuerte olor lo obliga a dejar la botella no muy lejos. Una bicicleta la pasa por encima y su rueda delantera pronto apunta perpendicularmente al arroyo. La uña de uno de los dedos gordos de los pies de quien pedalea finalmente rompe una de sus medias. Los colores de las medias son los mismos que los de la mochila de Dragon Ball. Dentro de la mochila, dentro de un frasco de mermelada con agujeritos, dentro de la araña allí encerrada que salta para todos lados, los restos líquidos de una mosca matada con un repasador se absorben rápidamente. Dentro de una de las casas por cuya vereda pasa la bicicleta se está leyendo “La metamorfosis” de Kafka, y el lector sopesa los pros y los contras de que Gregor no se hubiese transformado en otro insecto, por ejemplo, una mosca, o aún mejor, una araña. El silbido de una pava lo interrumpe y no tarda mucho en darse cuenta de que le está poniendo azúcar al mate, cuando a él le gusta amargo. Media hora después se debatirá entre hacer el mate de nuevo o llamar a un amigo. Cuando finalmente decida lo segundo habrá pasado la hora de la siesta y demandará su atención un coro de toces.    

jueves, 3 de septiembre de 2015

Millennial 4B

Burning up your brain like a piston. El fin de semana de ambos será arruinado por la lluvia, pero no la misma, porque viven en diferentes puntos de la ciudad. Los vecinos de piso de abajo de alguno de los dos desafiaran al clima dando una fiesta, cuya música durará exactamente hasta las 5:55 de la mañana del domingo. El otro advertirá que los tres hijos de un amigo se han resfriado todos a la vez, por lo que consigue escuchar a través del teléfono.
Uno de los dos pegará un jabón que se acaba con otro nuevo, y recordará las clases de química de la secundaria. Es el mismo que se pasará la mayor parte de esos días libres poniéndose al día con una serie. Extinction is the rule. 
En un táper en alguna de sus heladeras un guiso de lentejas deja de ser apto para el consumo. Una rata que no se mostrará hasta dentro de algunos días lo degustará directamente desde el tacho de la basura. No habrá tenido crías, pero habrá vivido hasta el límite de su esperanza de vida.
Una plaza ubicada en el punto medio entre sus hogares hará maldecir a un adolescente al que le cancelaron el primero, de lo que él deseaba, serían muchos encuentros amorosos. Time spent with cats is never wasted. Allí mismo recibiría la lluvia un encendedor medio vacío, un envoltorio de chupetín, decenas de chicles, y el familiar más directo que le quedaría a la rata, que habría sido atacado por un perro.
A diez cuadras en cualquier dirección la lluvia forma una gruesa cortina. En el límite noroeste de tal círculo hay una farmacia que vende éxtasis a precios accesibles. Hace unos meses una anciana se llevó algunas pastillas sin darse cuenta y tuvo la clase de Pilates más salvaje de su vida. La nieta mayor de una de sus compañeras estudia filosofía, y su abuela no le entiende la mitad de lo que le comenta cada vez que le pregunta cómo le va en la universidad. La única droga que ha tomado la estudiante, en su vida, ha sido Freud. 
El plástico tarda quinientos años en descomponerse, una rata probablemente menos. 

Millennial 7B

La catástrofe climática lo encontró en pésimas condiciones. Su paso por la ciudad, que no debía durar más de un fin de semana, se había transformado en una semana completa. Y no podía evitar pensarlo como algún tipo de castigo divino: lo que lo había llevado a Connecticut había sido la puesta en venta de una casa que había pertenecido hasta hacía algunos meses a una vieja tía suya, hogar humilde que por su ubicación valdría buen dinero, pero que de un momento a otro se había convertido en su prisión.
No había pasado mucho antes de que el frío se comenzara a filtrar hacía dentro. Los meses que había permanecido desocupada habían sido suficientes para que no quedara en ella nada de valor que no hubiesen tomado sus primos: ni relojes ni fotos, ni platería ni adornos de bronce, ni gas ni luz. El primer día descubrió que lo único que todavía funcionaba era la canilla de la cocina, de la que salía un agua tan helada que le hacía doler los dientes. Lo descubrió al volver apuradamente sobre sus pasos en dirección a la estación de trenes, cuando había creído que se le caerían las orejas. Varios miembros agarrotados e intentos de libertad fútiles después, él y su testarudez cayeron en el único sillón que quedaba en el living room (el que no se habían llevado porque en él había fallecido su tío). Un brevísimo recuento de inventario dio en dos chicles de nicotina, media utterly disgusting barra de cereal, una lata de ananá olvidada en lo más hondo del bajo mesadas y “ni hablar de comer de la bolsa de alimento para gatos”. Lo último lo pensó hasta la noche del día siguiente. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Millennial 10B

El colchón, que había quedado tras él al levantarse, está de repente envuelto en llamas que lamen el cielorraso. El fuego se vuelve rápidamente blanco y se genera una pequeña pero enceguecedora explosión.
- Así que vamos a tener que pedirles, nuestros adoradisimos, queridísimos, generosísimos Panópticos, que lleven a cabo una pequeña, ínfima, insignificante, migración. - La voz parecía venir de ningún lado, hasta que se aplacó el humo blanco.  
- Ya algunos de ustedes habrán notado que ciertos “canales” no están funcionando como es debido, y que ciertos Panópticos han procedido a tomar el problema en sus propias manos. Es una cuestión de recepción.
El humo se disipó para dejar ver que ahora se encontraban en Egipto, sobre la cabeza de la Esfinge, Dédalo ahora vestía un slip y una remera de Motörhead y estaba estirado en una reposera, todavía fumando el mismo cigarrillo. Su maquillaje de mimo permanecía intacto.
- Queremos brindarles el mejor servicio posible, así que les solicitamos encarecidamente que, poniendo un pie delante del otro, ordenadamente, go fuck yourselfs.
El mimo sonrió mientras alzaba una copa de champagne que habría sacado de ningún lado hacía el centro del punto de visión de Hdytto, y luego desapareció en una ventisca de arena. 

Millennial 10

En una habitación completamente vacía hay un colchón apoyado contra una pared. Alguien pone una silla frente a él y se queda mirándolo unos segundos, hasta que gira la cabeza, como si hubiese escuchado una respiración:
- ¡Oh! ¡Discúlpenme! No sabía que estaban acá. Soy el Dr. León da David, pueden decirme Dada, Dadá, o Dédalo, como ustedes mejor prefieran. Levantando la mano en orden, díganme sus nombres.
Dédalo, vestido con un traje negro y con la cara pintada como mimo sonrió de oreja a oreja, siguiendo su pregunta con un gesto alentador de sus manos, que giraron en el aire algunas veces. Se escuchó un silbido que se volvió cada vez más agudo, hasta desaparecer. En algún punto de esa onda de alta frecuencia Hdytto tenía le seguridad de que había sido nombrado.
- Se preguntaran a que se debe esta inesperada interrupción de nuestra programación habitual. - Dice con la mitad de la boca, porque con la otra aprieta un cigarrillo que prende con presteza.     
- Bueno, es menos complicado de lo que parece… - Tira el fosforo (que había encendido contra uno de sus zapatos) sobre el colchón, y se toma el puente de la nariz con el pulgar y el índice, apretando los ojos:
- We are root. 

Millennial 9

Una niña patina en la superficie de la luna. La baja gravedad la hace parecer mayor de lo que es. Sus patines emiten una luz violácea que corta la gris superficie lunar (aún más gris que la cinta magnética sobre la que se desliza). Sobre ella un domo de cristal la aísla de la noche perpetua. Tiene la impresión de que la constelación Ofiuco la sigue.
Se mueve lo suficientemente rápido como para dejar una delgada estela de polvo lunar a su paso, de la que cubre sus ojos con anteojos de aviador. Su “comet tail” se interrumpe cuando entra a uno de los túneles que conectan subterráneamente los domos. Los destellos violetas parpadean con cada fugaz contacto de sus patines contra la cinta.
Gana velocidad y sale disparada del otro lado, elevándose unos centímetros por sobre el suelo para luego reacomodarse con ambos pies. En sus oídos suenan toda clase de pitidos electrónicos, salidos de un auricular con forma de caracol que cubre toda su oreja derecha. El hacinamiento del aire del domo en el que entra se advierte incluso a tan altas velocidades. Imperialis capitis.
La luz de Ofiuco se pierde en la del sol, que hace brillar el domo, que brilla en los anteojos, y en la pupila de la niña, que de pronto se detiene en seco. Ha llegado a la residencia desde la que pidieron la pizza. La caja redonda se pierde en la masa amorfa y brillante del edificio, que se la traga como una célula gigantesca. Lo último que ve de ella el satélite que confirma los pedidos es el chispeo de sus patines mesclado con el azul eléctrico de sus largas medias. Nadie podía imaginarse que esa pizza alimentaría a uno de los ingenieros of THE SINGULARITY. No mucho después le recriminaran una vez más que dar saltos pone en peligro la integridad física de los patines.
Hdytto se rascaría la cabeza si pudiera. Curiosity is a louse, and the moon the head of a dreamer. 

Millennial 1D.B

Cada casco es un microcosmos apretado, a quasi-perfect sphere, full of folds and corners. The helmet has its own language for testing the structure and consistency of the world. Bajo él Wdygfy tiene brazos cortos que apenas le llegan al vientre, y aún más abajo piernas largas, pretty much filaments, con las que podría deslizarse surcando el agua con un pataleo desparejo, como un espermatozoide rosa y cabezón. Su vientre está abultado de ficciones, como si la luz de su proyector hubiese sido una red con la que capturara las diminutas almas de algún tipo de plancton. Wdygfy es una anglerfish, pura anger-fish, condenada a una inanimidad infértil, a una eternidad que se come con los ojos.
En el centro del casco está una fracción de un universo siempre divisible. Un cowboy diminuto monta el electrón siempre en movimiento de un átomo de helio. Sacude su sombrero en el aire y cree que lo jinetea. Pero el átomo es uno y son muchos, y vibran en silencio, abrazados los unos a los otros, por lo que resultaría imposible precisar si hay un cowboy para cada electrón. 
En algún momento llega una bocanada de aire o una idea, y se chocan y se queman. En la esfera cuasi-perfecta que forma el interior del casco algo crece de la herrumbre, tan lentamente que uno podría decir que siempre estuvo allí: un musgo verde-oscuro, salado, y en general feo. Fuera del casco llik si enoyreve.
Wdygfy no sabe nadar, not even crawl. 

Millennial 8

Abandonó la cueva al amanecer con la lanza en alto y las piernas descansadas, pero ahora vuelve arrastrando su peso. De sol a sol recorrió la llanura desierta, y no se ha cruzado con ningún otro ser vivo. Algunas nueces y frutas en diferentes estados de fermentación se agolpan colgadas en su cintura, pero no ha conseguido nada más. Pronto serán los únicos en aquella vastedad inmóvil, y no puede evitar imaginar a su hijo persiguiendo sombras en lugar de ciervos; intentando espantarse de los ojos las manchas del hambre, y del vientre la hinchazón desfiguradora. Llega al umbral de la cueva con los hombros pesados y los brazos vencidos, la poca energía que le quedaba se esfumó con las últimas luces, pero su mujer no debe saber que le gritó al sol hasta que se quedó sin aire. 
Y la encuentra cerca de la entrada, con su hijo en brazos. Un fuego alto de esperanza crepita contra una de las paredes interiores, negra por las noches de llanto del pequeño. Una vez más no habrá nada que asar. Una vez más las miradas se encontrarán y caerán por tierra. La escamosa mano femenina dejará el tranquilizador arte para otra noche y para la tintura de otras frutas. Y él acariciará su cabellera de tentáculos hasta que quede dormida, y el pequeño le escapará al hambre en su charquito de agua entre ellos.

Los cuerpos verde-marinos amanecerán llamados por el silbido de un viento que no encuentra nada a su paso. Se levantan pesados, furiosos y tristes. Él sabe muy bien que deberían haber migrado con el resto del clan. Se lo repite cada día al volver con las manos vacías, y se lo reprocha al sol, y al viento y a la llanura; y a sí mismo. Las manos de su mujer tiemblan cada día un poco más, y el llanto de su hijo es apenas un ronroneo.
Sale de la cueva mirando fijamente al gigante rojo en el cielo. Si las nubes perpetuas no se compadecen de ellos pronto también pasarán sed. Lo siente en la escamas de su espalda: entre su calor corporal, ecualizado con el que le llega del sol rojo, y la hirviente llanura, el agua ha desaparecido. Throught his third eyelid he must recognize the path ahead, debe recorrer la llanura por senderos que no halla recorrido antes. Debe encontrarse a sí mismo en las anteriores esperanzas que se esmeró en borrar el viento.
La lanza avanza a media asta, pero los músculos se resisten a dejar de quemar. La marcha se inicia en un momento cualquiera, furiosa como la hoguera vacía. Y toma velocidad, jugándole una carrera a un viento que es un silbido que se vuelve cada vez más agudo hasta desaparecer, como sus horas.
Y entonces cree oler algo con la lengua, que no es roca ni madera, ni sal ni huesos blancos. Tarda unos minutos en oírlo, corriendo hacía esa dirección: la lluvia también ha olvidado a un puñado de peces voladores. Les salta encima como sí tuviera la necesidad de reclamarlos como suyos. Al primero que toma lo estruja con el puño (pues no son más grandes que su puño) y finalmente siente la esquiva humedad de otro ser que se debate por seguir vivo. Inmediatamente le arranca la cabeza de una mordida. They are one now.
Cuando consigue ahuyentar al animal en el que se había convertido la sangre de otros dos corre por su afilado mentón. Los dos que sostiene en las manos serán el símbolo de su clan, si los ayudan a sobrevivir lo suficiente. Los envuelve cuidadosamente en la piel de uno de los devorados para que mantengan la frescura y se los cuelga separados de las nueces y las frutas, porque son, ahora, su pequeño tesoro. En un atisbo de cordura vuelve a saborear el aire, pero no siente nada más, aunque sabe que ese es un camino por el que vale volver. Su carrera de vuelta a la cueva no puede esperar a la caída del sol.
Pero lo que encuentra does not fall short of the paradox of founding fish in the middle of the desert: cinco seres iguales a él mismo pero vestidos con colores extraños se deslizan por debajo de la línea del horizonte, en dirección a la entrada de la cueva. Han visto el humo de las noches perdidas y la marcha de sus lanzas declara que no temen herir la carne hermana. Por unos segundos podría confundírselo con el viento: llega antes que ellos y sin ser visto. Sin aliento intenta explicarle a su mujer lo que está a punto de pasar, pero ella está hipnotizada por los pececitos. Intenta ponerla en pie, porque deben huir, porque quedarse no es una opción, pero sus piernas están demasiado débiles. En un funesto escalofrío siente que se le escapa la existencia de las manos: pero su mujer deja de ser un animal mucho más rápido que él, y le señala los pilones de ramas recogidos. El pequeño dormitaba hasta que el pilón se derrumbó y fue corrido a las apuradas. Los brazos escamados queman la última comida en un instante, y una lanza enmascarada por el viento le pasa demasiado cerca cuando todavía la entrada no estaba tapiada. Un cuerpo verde-marino se encuentra con la punta mortal de la suya al querer escabullirse por la abertura. Y la batalla se transadla forzosamente afuera. Cuatro de ellos lo rodean, todavía con el mentón encendido. Uno más tendrá que caer con el cuello desgarrado for him to realize que se trata de adolescentes. Uno se le escurrirá hacía la cueva al ser herido en una pierna, y otro comenzará a retroceder queriendo perderse en el desierto, al ver que aquella locura es mucho mayor que su propio hambre. Muy diferentes serán las dos heridas mortales: la primera el eco de un alarido proveniente de la cueva, la segunda la punta de una lanza lentamente introducida en el pecho de quien le destinara a su agresor exactamente lo mismo. Su cuerpo ofidio caería a tierra sin ser visto por los ojos del último en pie, cuyos pies se perderían ruidosamente en la distancia. Y desde la cueva, silencio.

Varios miles de años después alguien encontraría curioso el ideograma de dos peces voladores atravesados por una lanza que se repetía numerosas veces a lo largo de un sistema de cuevas, por entonces, en plena jungla. Su mujer nunca sabría que fueron sus gritos al sol los que trajeron la lluvia.  

jueves, 27 de agosto de 2015

Millennial 7

En 1888 pasaron pocas cosas memorables: un filósofo alemán escribió su última obra y se internó por locura sifilítica, un impresionista se cortó una oreja, un poeta nicaragüense le puso a su obra un nombre que también es un color, se inventó el submarino y una rueda de goma, y hubo un terremoto flojito en el Río de la Plata. Nada la gran cosa, y quizás de todas ellas, la más nimia es la que mantiene a Ferdinand van Blue encerrado en su casa. Han nevado ciento veinte centímetros en cuatro estados estadounidenses, y Connecticut se ha llevado la peor parte. Sumando a los vientos de setenta kilómetros por hora no podía ni abrirse una ventana para ver el estado de la situación, y la situación de Ferry (como lo llaman sus pocos amigos) no podía ser, justamente, mucho peor.  

Millennial 3B

Algo de la mujer quedaba, incluso cuando movieron el cadáver, pegado al suelo de la estación. Además del poncho y la ropa de entre casa, además del rímel y el labial mutilados, tenía las manos llenas de anillos. En su última parada su mano derecha se había quebrado como si hubiese estado hecha de ramas secas, y uno de sus palidísimos dedos había saltado por el aire, arrancado como una flor de una maseta vieja. Uno de dos jóvenes posibles lo encontraría por accidente, ambos universitarios habidos de alcohol de mala marca e historias a medio contar, ambos tan jóvenes que sus barbas recién empezarían a florecer. El que lo encontró lo pateo en la oscuridad, con el tipo de patada que puede propinar un andar desbalanceado. Sus propias manos estaban llenas de anillos, por lo que la agudeza del sonido metálico le resultó familiar. Todavía unido al dedo el anillo no viajo muy lejos, por lo que el joven pudo ubicarlo rápidamente y recogerlo. ¡Que grata sorpresa le fue encontrar lo que encontró! El dedo apenas se sostenía a los delgados bordes metálicos, por lo que fue fácil separarlos y arrojarlo a este al cordón de la calle. His fear was raw and terrible until the day he discovered that greed soothes fear. El anillo era de plata, se notaba por algunas manchitas de óxido verde que recorrían su interior. Y no había rojo, ni blanco, y no había mujer (a pesar de que él anillo era claramente de mujer), y no había más propietario anterior que una M. grabada con torpeza, y este joven se lo hiso notar al otro, que era rubio y más alto que él. ¡Que grata casualidad regalarle un anillo a quien llevaba tres y se debatía por la exageración de un cuarto! El joven rubio preguntó dos veces si realmente se lo había encontrado, y el primero lo afirmó y remarcó las posibilidades de su descubrimiento. Therefore, he welcomed greed into his mind, and greed, a ruthless competitor, soon crowded out all other thoughts. Poco después no hubo más charla sobre el anillo, y se volvió a debatir cuan atroz era la impuntualidad de alguien más. Y su otra única mención memorable fue cuando el joven de anteojos lo sintió contra el bolsillo de su jean al guardar las manos porque hacía frío. Y lo único que quedó de la mujer fue una feliz casualidad, y un dedo en el desagüe.