sábado, 14 de febrero de 2015

60s

   La tía tenía la singular costumbre de ponerse desodorante en el cabello. Decía que el perfume era un invento francés para sacarles dinero a los ricos mugrientos y que a la vez la astringencia de la marca en particular que usaba le permitía domar su cabello de puercoespín. Probablemente tenía razón. Su trabajo de actriz la había transformado en la fantasía de muchos, pues no había un solo hombre bien despierto en toda la costa oeste que no deseara su mano en matrimonio.
   Cuando terminó de peinarse, con el gesto autónomo de siempre, su cabello enrulado brilló en el espejo, y no pude más que dedicarle una sonrisa. Tras torcer la cabeza como si intentara constatar la dinámica de sus bucles sobre su pálido rostro estuvimos listas para ser vistas en sociedad. Dejamos el caserío por la puerta trasera, pasamos junto a la olímpica piscina, saludamos al ejército de paisajistas que trabajaban en el nuevo invernadero y nos despedimos de Lucy, cuyo collar con cencerro no cesaba de sonar atado a su grueso cuello de ligre.
   El en camino a su tienda de ropa predilecta me contó sobre sus amoríos del último semestre: uno había sido un paracaidista ruso, bien dotado y rubio como un león, pero con la desesperanzadora tendencia a caer en los terribles encantos del vodka de mala calidad. El otro era una estrella de rock que estaba pasando por uno de esos momentos de autodescubrimiento que tanto le gustaban, pero que la había dejado por una japonesa todavía más “espiritual” que ella, una tal Yoko.
   Me explicó entonces que los hombres eran como chinches, como astillas, o como navajas, con las que una tenía que herirse para recordarse cuan fuerte era, y mientras lo decía no había un solo indicio de reproche en su voz, sino todo lo contrario. Los hombres eran como su pelo, pensé mientras se probaba una blusa, con alcohol, paciencia y teatralidad el más duro cedería, como un bucle cuya única resistencia es ser hermoso.
   La compra fue una blusa carmesí y una pollera corta de animal print que la hacía parecer un trozo de carne en las garras de Lucy. De repente tuve unas ganas inmensas de comer una hamburguesa en uno de esos restaurantes modernos, pero lo único con lo que me encontré fue con una contundente negativa. El precio de la fama, supe algunos meses después, era un hambre insaciable, un hambre de hambres, un espejo torcido, una cuerda tensísima, y una cabellera perfumada de vainilla que todos menos uno mismo podían oler. 

martes, 14 de octubre de 2014

La oficina

La oficina 
es un punto 
infinitamente pequeño 
en el espacio 
sobre un punto 
azul 
que flota 
en un espacio 
infinitamente basto. 

El sacacorchos

El sacacorchos es un tirabuzón metálico que gusta de parecer infinito. La punta de su afilado apéndice ha evolucionado para penetrar en ángulo el corcho de la botella e, introduciéndose en él una vez aplicada cierta fuerza rotativa, dañarlo solo lo suficiente como para conseguir un anclaje firme que permita su extracción.
El mango de madera tiene algunos cortes, lo que sugiere que durante mucho tiempo fue almacenado en un cajón totalmente diferente, y esa simpleza (a falta del aparato metálico de palancas) sugiere que otro sacacorchos ocupa ahora ese cajón, quizás más apto para tal univoca tarea.
Aun así este exhibe otra marca irrefutable de su experiencia, una gota de sangre, más roja que cualquiera de los vinos de cualquier de las botellas que pudieran abrir alguna vez algún sacacorchos. El hierro de la sangre se ha unido al suyo, derramado por quien, perpetuando la negativa a cambiar los anteojos, ha vertido sangre y alguna que otra puteada. 

El revólver

El revólver es la ilusión de control para quien percibe su mundo como en permanente desintegración, y es, de todos los objetos que lo rodean, el más rememorado. Calibre 22 Corto, fue regalado por quien profesara los métodos más extremos de aplacamiento de la inseguridad, cayendo en manos de quien, de otra forma, nunca hubiese sabido de su existencia. De ese recuerdo de primer contacto solo quedaría una mirada rápida por la mira corta apuntando a la punta del propio pie, el traspaso de una mano a la otra estimando un peso, el giro tosco de la cámara y la contemplación del brillo plateado junto a una fuente de luz, pero nunca el quite del seguro. La curiosidad habría pasado, tan solo dejando una nefasta potencialidad.
    De los seis espacios en su cilindro solo hay uno lleno, pero no podría precisarse cual. La única bala ha vuelto con insistencia a la mente (en conjunción con la fotografía de la laptop) de quien se esforzara por elegir una y otra vez la lentitud de la pipa y el entumecimiento de la bebida para paladear su final. Por ello el sacacorchos a su lado a vertido más sangre que él, y aún más sangre divina.

domingo, 10 de agosto de 2014

Llave

I

La llave sirve tanto para abrir como para cerrar la puerta, siempre y cuando el diseño de la cerradura encaje con el de su serie de hendiduras. Estas hendiduras se extienden a ambos lados de la llave, lo cual, al girarla, permite mover el mecanismo de la cerradura y trabar o destrabar la puerta. Las alas, o cabeza de la llave, terminan en una pequeña loma que funciona de tope contra la cerradura y asegura el encaje.
El cuerpo de la llave es un cilindro delgado y alargado, de punta redondeada, generalmente hecho de aleaciones de bronce y níquel, que no mide más de siete centímetros de longitud total.
La cola de la llave es levemente más ancha que las alas, y permite tomarla entre el índice y el pulgar facilitando el movimiento giratorio. Adorna esta parte final (además de un pequeño agujero que permitirá su inclusión en un llavero) el nombre de la casa de cerrajería que la ha elaborado.

II

La cien alada de la llave impulsa la mano del portador hacia la cerradura. ¿Es que el pestillo de la puerta se retrae con mayor velocidad cuando abrimos que cuando lo disparamos para cerrarla?
A la llave solo le interesa girar. El motivo de su existencia es satisfacer su apetito sexual, pues adora temblar en la mano borracha jugueteando con su complicada contraparte. Es que todo su cuerpo ha nacido para cumplir con devoción dicha tarea: desaparecer por unos instantes en el intrincado laberinto que es su compañera.
Guardiana de cualquier cosa que se precie, su ojo ciclópeo y sus alas de Mercurio preceden a cualquier descubrimiento, o redescubrimiento, que valga la pena el viaje de la mano. Su tintineo (es que la llave gusta más de viajar acompañada) prepara a la cerradura, e incluso mueve al umbral de la puerta los pies de quien espera del otro lado, si su oído es lo suficientemente agudo como para oírlo.
Ella es sinónimo a la vez de eterno retorno, ese particular retorno que es la vuelta a la intimidad, y de la libertad que encierra la idea del “afuera”.

Son las alas que se guarda en el bolsillo quien tiene un lugar al que regresar.

jueves, 31 de julio de 2014

La parada

Se subió al colectivo con suma pesadumbre. No había llegado a tomar el anterior porque lo había visto salir a mitad de cuadra, porque estaba borracho, y porque la embriagues le había impedido acelerar el paso. El calor de múltiples respiraciones humanas lo envolvió rápidamente. Pasó la tarjebus haciendo un esfuerzo inhumano para restablecer momentáneamente su coordinación mano-ojo y se arrastró al único asiento vació que quedaba, mientras una de las cejas del colectivero se alzaba en la penumbra de la cabina. Intentó mantenerse derecho para apaciguar el mareo y pispeó, automáticamente, a quienes lo rodeaban: la mayoría eran ancianos que  murmuraban entre ellos, o iban peleando o perdidos contra el sueño. Relajándose estiró las piernas, pero se dio cuenta de que le hacía perder el equilibrio y volvió a flexionarlas. Advirtió que se había meado una zapatilla. Arrastró el pie meado contra el piso sin darle demasiada importancia y sintió como el colectivo desaceleraba. Se abrió la puerta y pasaron dos mujeres gordísimas que lo miraron con asco mirarse el pie meado. Se había inclinado hacia la ventanilla para apoyar la frente en el cristal frío mientras escucho a las mujeres pedir el asiento a una de las pocas parejas jóvenes.
Cuando el colectivo volvió a desacelerar tuvo la sensación de que se había quedado dormido, cosa que confirmó cuando vio a varias personas desconocidas tomadas de los pasamanos. Bostezó despegando la frente de la ventana y se entretuvo mirando de reojo las minifaldas de dos chicas paradas pocos asientos delante de él. El vapor de su cargado aliento tapó parte del sol que comenzaba lentamente a amanecer. Las piernas de las chicas se flexionaban en contra o a favor de los movimientos del colectivo, y las minifaldas se subían, se subían, y eran acomodadas por manos llenas de anillos.
Nadie bajó en la siguiente parada, y las personas que subieron acabaron con su fugaz entretenimiento. Madres con hijos de la mano le hicieron recordar lo borracho que estaba. La hora de ir a la escuela le avivó los jugos gástricos y lo perdió en la parte baja del asiento frente a él, obligándolo a cerrar los ojos y a abrirlos inmediatamente ante la sensación de que el colectivo daba vueltas alrededor. Durante el tiempo en que se concentró para no vomitar este desaceleró y aceleró varias veces, pero nunca escuchó abrirse la puerta de atrás. Cuando finalmente ganó fuerzas para alzar la vista, aun movido el estómago por la última detención, vio saltar a un muchacho sobre un grupo de abuelas para hacerse espacio. Las madres resguardaban a sus niños entre las piernas y las chicas se habían sentado en el respaldo de dos asientos, entre un bosque de cabezas. Comenzó a sentir que tragaba muchísima saliva y buscó en todos sus bolsillos algo que lo calmara, pero perdió rápidamente las esperanzas y reencontró sus llaves, una dirección anotada en un trozo de revista, la tarjebus y un cigarrillo a medio fumar. Volvió a apoyar la frente contra la ventana y esperó lo mejor.
Despertó al sentir que le faltaba el aire y se encontró parpadeando a centímetros de la ventanilla, sin posibilidad de moverse. Tenía a una de las mujeres gordas sentada sobre él, y a un anciano colgado del cuello en un ángulo tan particular que su axila lo estaba estrangulando. Una nena se había colado entre el anciano y el techo, y parecía dormir allí plácidamente. El aire se había viciado aún más a razón del apelmazamiento de gente, por lo que no pasó demasiado hasta que sintió caer la transpiración, tanto suya como de la axila que lo asfixiaba. El mareo había dado lugar a la descompostura, por lo que la presión que ejercía la mujer sobre su estómago no ayudaba. Se sacudió levemente intentando no despertar a la nena y pudo girarse lo suficiente como para mirar al frente, pero no pudo ver más allá de la persona frente a él, que se hallaba en una situación similar. La creciente necesidad de descomprimirse lo hizo esforzarse por cambiar de ángulo, lo que lo hizo notar que no pasaría mucho hasta que necesitara orinar. A esta caída en cuenta le siguió un nuevo descenso de velocidad, y pronto se escucharon algunas cabezas tintinear contra el parabrisas. Se oyeron algunas palabras, perdidas entre la multitud, y le siguió un silencio de procesión. Pero el colectivo no avanzaba, como si se hubiese atorado en el cordón de aquella calle céntrica. El hombre sentado sobre el hombre sentado en el asiento de adelante cayó de espaldas sobre la mujer gorda, y el peso extra se hizo sentir en sus intestinos. La niña se cayó del viejo y varios rostros y miembros nuevos aparecieron en los pocos lugares antes vacíos. No hubo señal de retomar la marcha hasta que se vio desfigurado contra la ventanilla, ya sin sentir brazos ni piernas. Un vendedor ambulante había ido a parar junto a él, y le ofrecía bermudas a precios de liquidación, el piercing de alguien se le estaba clavando en el omóplato, y el conductor yacía estrujado contra su pie meado.
El colectivo pararía otra vez y no cabría espacio siquiera para un suspiro. El taco de algún pie vestido en carísimos zapatos fue a introducírsele en la boca del estómago y finalmente lo quebró. El vómito corrió por la pierna vestida en cancanes negros y cayó sobre la gorda, el colectivero y varios más. El colectivo paró otra vez, y otra más, y una última. Cuando había pasado un tiempo desde que no podía determinarse donde terminaba una persona y comenzaba la otra, el continuo tiempo-espacial colapsó, y el colectivo desapareció dejando nada más que una briza en el pavimento frío que comenzaba a calentar el sol naciente.

lunes, 7 de julio de 2014

Luego existo

El cigarrillo está ahí mientras mis ojos aprecien las sinuosas espirales de su humo. Cuando lo dejo en el cenicero para tomar el control, y no lo huelo ni lo veo, el cigarrillo deja de existir. Lo que existe (en ese entonces una propaganda de tampones) acapara todos mis sentidos, y le niega una existencia simultánea a lo que está más allá de ellos.
No puedo oler los tampones, pero tampoco el humo de cigarrillo (porque aquel humo me ha negado la capacidad de sentirlo). La realidad, más allá de los rápidos cambios de cámara que se centran en aquel pequeño paquete rosado, desaparece. La voz de la mujer que asegura la absorción del producto se vuelve trascendente, crece y me inunda. No importa si me importa. La voz es todo hasta que silva la pava, y otro universo me pide inmediata atención. Olvido el cigarrillo y me concentro en el calor que emana de la manija de la pava. Las cosas se vuelven los agujeros negros en el centro de mi galaxia de sentidos. 
Apago la hornalla mientras se desintegra el mundo a mis espaldas. Advierto que las cosas que seducen mis sentidos no tienen que estar frente a mí para arrancarme de mi mismo. Me figuro la máxima expresión de mi percepción desde un satélite que orbita la Tierra. Deus ex maquina: La totalidad del devenir humano solo puede ser vista por una maquina echa de números y metal, que no puede verse a sí misma. Para abarcar la totalidad de la realidad en un espacio-tiempo conciso el ojo debería estar más allá del universo observable, y más allá de sí mismo, dos paradojas irreductibles.
La particularidad de mis ojos me lleva a concebir los vertiginosos aprecios de mi realidad a través de cristales. Mis ojos miopes requieren la concentración excepcional de ese sentido particular, por lo que podría decirse que mi mirada tiende, en realidad, a lo microscópico. La pava se ha enfriado en la mesada cuando me descubro perdido en la llave de gas, en el punto de ebullición del agua, en los enlaces del hidrogeno, en la combustión del cigarrillo, en el fuego como oxidación acelerada, en el dióxido de carbono, en mi propia respiración, en la llave de gas.
Los fenómenos imaginados han ganado terreno a las cosas, y la capacidad de abstracción me ha llevado a apagar el televisor y sentar mis sentidos a escribir. Pretendo tu atención con palabras hasta que la vorágine de tu propia abstracción te lleve a aquella otra paradoja, que es el punto final: otro tipo de agujero negro. 

Horizonte

I

Ninguno de los dos
ve las mismas
estrellas,
pero ambos existen.

II

El desierto
es uno,
sin estrellas,
de varios posibles.

III

La arena
no sabe
de las estrellas
sobre ella.

IV

Un desierto
de estrellas
brilla en la pupila
del extrañado. 

jueves, 12 de junio de 2014

Borges por Piglia

A fines de 2013:

Las cuatro clases públicas
del gigante y acético
“león” Piglia
sobre la memoria y biblioteca
borgianas,
fueron otro triunfante destello
de argenta cultura
sobre el olvido.

En el escrutinio ciclópeo,
de ceja asertiva
se desnudó el enigma
de aquel niño de Palermo
que entre Buenos Aires
y Ginebra,
fue laberinto,
bastón,
y ceguera:
un suspiro entre los dos desiertos
de un reloj de arena. 

domingo, 1 de junio de 2014

Temperance

Those nice icy eyes
will farm your voice.

Those nice icy eyes
will charm you whole.

Those nice icy eyes
will warm you for
a while.