miércoles, 15 de febrero de 2017

Máquinas Salvajes VII

VII

Leopardos, serpientes y halcones han sido los principales depredadores de primates durante millones de años, remontándose a los primeros mamíferos placentarios. Antes de que el hombre fuera tal, es decir, su propio depredador, este existía en un estado de guerra absoluta y exclusiva contra esa elite condenada.   
Algunos antropólogos proponen que esta guerra de millones de años ha dado origen a cierto ideograma, reconocible universalmente en su cualidad de síntesis de esos miedos primordiales: el dragón. Este vendría a ser la unión de las cualidades más terribles de esas tres encarnaciones: las fauces del leopardo, el cuerpo alargado y escamado de la serpiente, y el vuelo veloz del halcón.

Cita 3: The fall from Eden seems to be an appropriate metaphor for some of the major biological events in recent human evolution. This may account for its popularity. It is not so remarkable as to require us to believe in a kind of biological memory of ancient historical events, but it does seem to me close enough to risk at least raising the question. (Carl Sagan: The Dragons of Eden)

Muy anterior a la reconocida representación de los subterráneos europeos el dragón ha heredado, si bien siempre dentro de las directrices fisiologías antes mencionadas, diferentes características según su cultura de origen: los asiáticos lo imaginan con la capacidad de volar pero sin alas, y lo relacionaban no con el peligro, sino con la sabiduría, al igual que varias culturas americanas, que lo imaginaban como dios de la sabiduría, con alas cargadas de plumas (Quetzalcóatl, “serpiente hermosa” en náhuatl). La idea del dragón europeo, sabio y codicioso, parece ser bastante más moderna.





Observación 14: A medida que progresábamos en el dominio de la naturaleza sus únicos defensores posibles se volvieron monstruos hechos de monstruos. Hasta que ganamos, y solo sobrevivió el monstruo inteligente.  
 


Los primeros mapas de los que se tiene registro servían para ubicar las posiciones de las estrellas, no lugares en la Tierra. Cuando surgiera esta segunda especie el hombre vería, allí en los lugares donde su vista o su conocimiento no llegaran, muchos de los mismos monstruos. La primera utilización escrita de una advertencia contra dragones en un mapamundi pertenece al “Globo de Hunt-Lenox (1503) quien la ubica en el sudeste asiático. Las primeras imágenes de dragones para señalar tierras o mares desconocidos por los europeos le preceden por varios siglos, y la figura del dragón como símbolo totémico de poder, para los orientales, por muchos más.
Además de sus primeras herramientas los hombres y mujeres que se expandieron fuera de África hace cien mil años llevaban otras dos cosas, no menos importantes: sus dioses (barbados, como señala la mitología comparativa), y sus miedos. Milenios después, la extrapolación de aquellos ideogramas que se cargaban desde el principio alcanzaron nuevas y particulares características, como los hombres mismos.

En la modernidad tanto el monstruo como el dios barbado han sido relegados a ser entes en continuo retroceso, esto es, entes cuya existencia solo es posible en los oscuros márgenes donde la luz de la racionalidad todavía no ha llegado.
Uno supondría, por ejemplo, que después de la Revolución Industrial y la consiguiente explosión tecnológico-científica no quedarían monstruos en el mundo moderno, pero existen numerosísimos ejemplos de que los márgenes oscuros están todavía llenos de ojos: la resurrección de los fantasmas (oxímoron desintencionado), junto con las momias y poco después los zombis, haciendo de sombra al imperecedero miedo a la muerte; el monstruo de Frankenstein, en la misma línea, jugando con los límites de lo que parecía, en medicina, un progreso sin fin; licántropos, como última resistencia del lobo en escenarios cada vez más urbanizados; Drácula, el conde sangriento (pleonasmo intencionado), y Cthulhu, y todos las entidades cósmicas lovecraftianas que, si bien con cierta posterioridad, expondrían visceralmente el nuevo terror del hombre a la inmensidad del universo.
En todos los casos hay una línea conectora, nítida incluso en la oscuridad: todos los “nuevos” monstruos se definen en su relación con, o directamente fueron/son humanos. Que el Conde Drácula este basado en Vlad III, el Empalador (Tepes, en rumano), nacido como Vlad Draculea en 1428, poco antes de que concluyera la Edad Media, es mucho más que una feliz coincidencia. Bram Stokerd tomó como inspiración al mejor depredador de hombres que pudo encontrar, e incluso la historia ya se lo entregaba marcado: en rumano la palabra drac significaría “dragón”, y ulea “el hijo de”: el padre del Empalador había formado parte de la Orden del Dragón (cuyo objetivo era defender el imperio de los turcos otomanos) por mandato del emperador, ganándose el nombre de Vlad Dracul (ul siendo un artículo determinado).

Uno podría incluso, si extendiera ciertas gracias del hombre-dragón literal hasta el histórico, realizar curiosas conexiones. Tomando como referencia primera el mapa de Hunt-Lenox, y salvando la colosal distancia entre Rumania y Asia Meridional, ¿habrá cruzado Vlad Tepes el Mar Negro hacia Turquía? Fue rehén de los turcos durante 17 años, por lo que podría haber mantenido contacto con alguien que lo auxiliara en su huida. ¿Habrá cruzado el estrecho de Bósforo en el reparo de la noche? ¿Y el de Dardanelos? Si sobrevivió cruzar mares enemigos y luego se abrió paso desde el Mar Mediterráneo hasta el Océano por Gibraltar, sin envidiarle nada a los viajeros griegos, como dirían, entre Escila y Caribdis, ¿habrá llegado meses después a aquella otra exótica y lejana parte del mundo? El Tepes histórico murió en Diciembre de 1476 luchando contra esos turcos contra los que peleó toda su vida, a través de cuyo sufrimiento en las picas se hizo inmortal. El paradero de su cuerpo permanece desconocido, si bien numerosos monasterios claman su posesión. ¿Y si el príncipe de Valaquia se dio cuenta de que todo lo que lo definía, todo por lo que sería recordado, sería su sobrenatural habilidad para… despedazar turcos? ¿Y si quiso, luego de esta epifanía, dejarlo todo atrás? En una carta escrita poco después Esteban III, príncipe de Moldavia, asevera que el sequito moldavo entero que acompañaba a Tepes también había sido masacrado. ¿Y si Tepes previó esto y mandó a un hombre suyo en su lugar? Si es que evitó aquella matanza, pudo atravesar fronteras enemigas y escurrirse entre los dedos otomanos hacia la bastedad oceánica, e incluso luego, sobrevivir al nefasto viaje bordeando continentes enteros, bien puede HC SVNT DRAGONES (“Aquí hay dragones.”) referirse a él. (Incluso el plural acarrea la esperanzadora idea de que haya tenido allí más hijos que los tres que habría abandonado.)

Las fechas hacen del tiempo más piadoso que el espacio. En 1476 Tepes tenía la tierna edad de 45 años, por lo que podría haber llegado al sur de Asia y renovado su fama para 1503. (Con el tiempo él mismo podría haberse dado cuenta de que el singular placer de mandar a empalar gente era exactamente para lo que había nacido.) Si bien la gracia del Drácula literario nos habría permitido extender el tiempo, a través de la función rejuvenecedora de la sangre (noción que viene de otro monstruo latino: el temible búho Strix), casi infinitamente, tal maniobra no será necesaria. Menos aún que la ridícula noción de que al decir que allí había dragones Hunt-Lenox se refería a los números avistamientos de dragones de Komodo, en las innumerables islas de Indonesia…


Incógnita 5: ¿Qué habrá pasado por la mente del primer hombre al que se le ocurrió la pintoresca idea de empalar a otro?


 
La tormentosa biografía del Empalador y la costumbre de otro pajarito (por lo que se sabe sin ninguna relación con el Strix) traen a la luz otra hipótesis posible para explicar tan curioso hobby. El alcaudón, un pajarito apodado tiernamente como “pájaro carnicero” tiene la costumbre de empalar a los insectos, pequeñas aves y mamíferos que caza en las espinas de los arbustos cerca de los cuales anida. De esa forma puede, pese a su pequeño tamaño, desgarrarlos en pedazos más fáciles de transportar, mantenido alimento siempre al alcance. El hábitat de esta particular especie se distribuye a lo largo de Eurasia y África, continentes de los cuales Turquía (si uno se digna a inclinar el globo terráqueo siquiera un poco) funcionaria perfectamente como epicentro. ¿Habrá visto el joven Vlad, cautivo de los turcos, un pajarito empalando a un ratón, y habrá tenido su primera epifanía? Los alcaudones en época de apareamiento llenan sus arbustos con toda clase de cadáveres, muchos de los cuales no llegaran a comer, para impresionar a las hembras. ¿Habrá sido toda la fama de Vlad un tributo a una muchacha turca? ¿Sería esta la misma que lo ayudó a cruzar el estrecho de Bósforo?

Esta huida del monstruo del panóptico de la ciencia y la razón ha creado en las últimas décadas a otro representante, ciertamente no el último, y del que ya hemos hablado, una figura ahora arquetípica, que frente a la imposibilidad de la otredad del hombre con el hombre en un mundo cada vez más globalizado todavía sobrevive bajo el frágil amparo de la ficción de la ciencia ficción: el alien. La mente humana siempre ha sido, después de todo, una excelente máquina de crear monstruos. Nuestro propio “cerebro reptiliano” se ha encargado de eso.

Cita 4: He who fights too long against dragons becomes a dragon himself. (Friedrich Nietzsche: Beyond Good and Evil)

miércoles, 8 de febrero de 2017

Máquinas Salvajes VI

VI

En el contexto del planeta Tierra el depredador siempre ha sido una máquina bastante particular. Parte de una élite condenada a ser siempre menos que lo que caza y a sufrir las constantes inclemencias que devienen de que el alimento se niegue persistentemente a morir. Claro está, exceptuando al hombre, que en la modernidad ha escalado el proceso hasta transformarlo en una orgía de máquinas mecánicas y biológicas que se vuelven por momentos indistinguibles.
Pero a este poco elegante modus operandi le debemos bastante más de lo que nos llevamos a la boca.

Observación 13: Afortunadamente, la mayor parte del género humano ha llegado al punto en que puede dedicarle más tiempo a pensar que a tener hambre.

La historia de la vida en la tierra es una historia del paulatino aumento de la complejidad. Basta ahondar en los orígenes posibles de las primeras células. La carrera por la supervivencia que impulsó la depredación de otro organismo contribuyó enormemente a este aumento de la complejidad. Resultó que era más efectivo devorar a otro y todo lo que a este lo conformaba que tomar la misma energía del ambiente. O en última instancia, era preferible absorberlo, como proponen las teorías simbiogenéticas: la fusión biológica de al menos dos organismos procariotas diferentes (una arquea y una bacteria), podría haber dado origen a la primeras células eucariotas, células con núcleo definido, de las que somos, a través de una cuasi-impenetrable maraña de azares, descendientes directos.
Podría incluso aventurarse la idea de que esta recursividad de la biología terrestre por vivir a través de la muerte de otros no es universal, en el sentido cósmico. Una raza de extraterrestres paliduchos podría haber alcanzado la sapiencia haciendo uso exclusivo de la energía solar, así elidiendo la destrucción de cualquier otra forma de vida.

Incógnita 4: ¿Cuan terribles resultaríamos para estos seres?                                     




martes, 31 de enero de 2017

Máquinas Salvajes V

V

Una de las explicaciones posibles de la presencia de la barba en el hombre como característica sexual secundaría es su función en la protección del cuello y la mandíbula, no de la mordida de la mujer necesariamente, sino de los golpes de otros machos, por eso su particular patrón de crecimiento: terminar con una mandíbula rota implicaba para el hombre primitivo el fastidio de morir de hambre, lenta y dolorosamente.
Otra de sus funciones, que también la aúna a las facultades de la melena en los leones, es la de ser señal de madurez sexual y dominancia, al aumentar el tamaño virtual de dicha mandíbula.

Observación 12: Son muy pocos los homínidos que se dignan a dejar de golpearse, afeitarse, y hablar con las mujeres.

La testosterona es la hormona responsable del comportamiento agresivo de los machos de todas las especies de mamíferos, y uno de los factores que contribuye al crecimiento del bello facial, el otro principal siendo la predisposición genética. La existencia de esta predisposición pone en evidencia que la barba es una característica secundaria mayoritariamente positiva a los ojos de la mujer: la mayoría de la gente puede crecer una barba porque es un rasgo deseable, que se ha ido dispersando y heredando en sucesivas iteraciones.
Desde la antigüedad nos llegan numerosísimos ejemplos de esta tendencia heredada por golpearse y crecer barbas.

Cita 2: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit. (Plauto: Asinaria) Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.
    
 La épica homérica ya nos cuenta sobre fabulosos guerreros barbados y su predisposición a la violencia semi-fortuita, que a través de sus dioses (también barbados) volvían de relevancia cósmica. Todo Troya es al fin y al cabo un complejo concurso de medición de barbas. O de espadas. O de lanzas. O de amor por las barbas o las espadas o las lanzas de los compañeros.
Curiosamente la etimología de la palabra bárbaro, de origen convenientemente griego, nada tiene que ver con la de barba, sino que surge de los desentendimientos con los persas, cuyo habla extranjero sonaba en oídos griegos como la repetición constante de la onomatopeya bar- bar. No sorprenderá a nadie entonces que la mayoría de las grandes guerras de la antigüedad griega solo hayan arrojado dos tipos de enemigos: los mismos griegos, o los Otros, los alienígenas, los persas.


    El recuento de cada uno de los Aqueos en cada una de sus 1186 naves no solo enumera hombres y mujeres, complejísimas máquinas biológicas, sino también potenciales máquinas de guerra. Depredadores de depredadores.
 

lunes, 23 de enero de 2017

Máquinas Salvajes IV

IV

La sensación más humana de los dientes mordiendo la carne será suficiente para entender la persistencia y el amplio conocimiento del curioso hábito de la mantis en el imaginario.
El macho, al intentar desmontase sería asido por la hembra con sus extremidades como guadañas, y recibiría, inmovilizado, el primer mordisco directamente en el rostro. Cierta lógica predatoria, aprendida o heredada de otros mamíferos, dictaría que la mordida primera se dirigiera al costado del cuello, allí donde late la vena yugular, buscando punzarla para terminar el forcejeo del macho lo antes posible. O siquiera al medio del cuello para, con la fuerza mandibular suficiente, sujetarlo con firmeza y quebrarlo en un rápido tirón. Apartarse de esta lógica deviene en varias alternativas menos mortales. Por proximidad debería morderse primero la nariz, asiéndola con firmeza con los dientes en paralelo al tabique nasal. Pero el desgarro de la estructura cartilaginosa lejos está de causar algún daño terminal.
Las alternativas inmediatas son los tejidos blandos, los parpados, los labios. Los parpados tienen la ventaja de estar atravesados por un gran número de vasos sanguíneos, sobre todo los superiores. Por ello su extirpación, si bien poco elegante, dejará al hombre efectivamente ciego si es acompañada con una mordida lo suficientemente profunda. Los labios por otro lado tienen la ventaja de estar saturados de terminales nerviosas. Son una excelente elección si el objetivo es hacer sufrir al hombre. Pero lo insectos perciben los cuerpos de manera diferente.

La mordida es bastante más difícil en un rostro humano, con sus 43 músculos horrorizados.  

Conclusión 5B: La vida siempre encuentra una forma, violentamente.
Conclusión 8B: El ser humano se ve a sí mismo en los animales. Y se devora. 

Máquinas Salvajes III

III

El acto reproductivo más traumático de todo el reino animal pertenece sin duda al afamado insecto religioso, o a la Mantis religiosa: otro insecto que se ha colado en el imaginario como figuración por excelencia de la “alienigenidad”. Habilísimo depredador de acecho que espera a su presa con las patas delanteras dobladas y juntas de forma tal que recuerda el acto de rezar, de donde toma su nombre.

Conclusión 8: El ser humano se ve a sí mismo en los animales. Y la mayoría de las veces se teme.

Prueba indubitable de que en los subterráneos países europeos el aspecto y la conducta de este insecto ha generado las mismas ideas son los nombres que recibe en otros idiomas, partiendo de que en ingles se le conoce como European mantis: Gottesanbeterin en germánico, gott siendo “dios” y anbeterin significando “adorador”. Prega-dióu en provenzal, y prie-dieu en francés, que también hace referencia al reclinatorio de iglesia, en todas las acepciones españolas siempre refiriendo al ruego, la plegaria o la meditación. Del latín mantis, y este del griego bizantino μάντις, antiguamente "adivino, profeta", de μαίνεςφαι, "estar fuera de sí", del protoindoeuropeo mn̥yo-, forma extendida de men-, "pensar".

Conclusión 9: En el contexto terrestre el ser humano es uno, indivisible.
Conclusión 10: Pensar es otra forma de hacerle frente a la violencia cósmica.


 
 
Tras la culminación del acto sexual, y en ocasiones antes, toma lugar la costumbre quizás más particular de la mantis: la decapitación del macho.

Cita 1: To the extent that Surrealism involved some kind of scientific research, the praying mantis could well stand as one symbol of its prime mystery or object of study.(The Edge of Surrealism: A Roger Caillois Reader)

La relativa rareza de este hecho no ofusca lo pintoresco de su ocurrencia. El macho asume, al momento de aparearse, que su vida queda en manos de la hembra, bastante más grande que él. Es un riesgo que tomara para tener la posibilidad de perpetuar sus genes. Si la escasez de alimento tiene a la hembra hambrienta, el macho será prontamente devorado para nutrirla.

Si tan solo alguien le hubiera avisado.

Incógnita 3: ¿Hay diferencia entre gula y lujuria?
Conclusión 11: En el reino animal terrestre la depredación y la sexualidad no se confunden. Solo lo hacen en la mente del hombre. 

martes, 3 de enero de 2017

Máquinas Salvajes II


    II

Pareidolia se llama al fenómeno psicológico por el cual se perciben imagines familiares en estímulos visuales aleatorios. Como ver animales en las nubes, o la cara de una persona en una meseta marciana. Como muestra la imagen tomada por la nave Viking 1 en 1976, mientras orbitaba Marte:

 

O en las formas de las flores de ciertas plantas terrestres, que parecen bailarinas u hombres desnudos, o pequeños y paliduchos alienígenas:


Incógnita 1: ¿Que saldría de la hibridación artificial de estas dos plantas? ¿Qué otras formas? ¿Brotes de bebes?

El ser humano ha desarrollado a tal punto su habilidad para reconocer patrones que muchas veces su mente se adelanta a la realidad.
Esta habilidad respondía y responde a la necesidad de interpretar rápidamente los rostros de los otros sujetos de la comunidad, en pos de facilitar las relaciones humanas. Su automatización llevó a la pareidolia.

Conclusión 6: Nuestras expresiones son nuestro primer idioma.

El ser humano como sujeto social se volvió entonces un experto en reconocer las intenciones de sus iguales a través de las distintas configuraciones de sus 43 músculos faciales. Este reconocimiento permitió exteriorizar con facilidad dos de las predisposiciones más vitales: a la amistad o a la enemistad. Ello aplicado principalmente, por supuesto, al hobby por excelencia del género humano: la reproducción.  

Conclusión 7: Nadie se enamora de alguien que no puede sonreír.
Incógnita 2: ¿Las flores se sonríen las unas a las otras cuando nadie las ve?

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Máquinas Salvajes I

    I

En la superficie de Venus hay una máquina humana, o de origen humano, lanzada allí por la Unión Soviética en 1965. Su objetivo era hacer contacto con la infernal superficie venusiana. El aterrizaje ocurrió el 1 de marzo de 1966, y fue efectivamente el primer contacto de cualquier creación humana con otro cuerpo celeste.
Desafortunadamente el sistema de radiocomunicaciones falló antes de la entrada, y los datos recolectados nunca llegaron a la Tierra. No pudieron escapar de esa atmósfera de ácido sulfúrico 92 veces más densa que la de la Tierra. El metal de la sonda espacial Venera 3 no pudo aguantar los 462 °C de temperatura. La presión y el calor la derritieron a los pocos minutos. La primera máquina en hacer contacto con otro planeta, con aquella diosa romana, se desintegraba poco después.

Conclusión 1: La mayoría de los cuerpos celestes existen en un estado de violencia constante que imposibilita la existencia humana, y que incluso dificulta la existencia de sus instrumentos.

La búsqueda seria de vida en otros planetas se ha centrado, por extrapolación, en aquellos requisitos que se creen indispensables para la vida tal como la conocemos, entre ellos y quizás uno de los principales: la existencia de agua. Esta suposición ha impulsado la esperanzada exploración de múltiples cuerpos celestes, entre ellos el ferroso planeta marcial, Marte, y el sexto satélite de Júpiter, Europa, en los cuales se cree que el agua ha existido, o en el caso de la segunda, que todavía existe, bajo kilómetros de corteza congelada.
En el caso de Venus la única certeza es que un perpetuo efecto invernadero lo ha diezmado de toda biología que se asemeje a la nuestra.  

Conclusión 2: Solo criaturas inhumanas podrían vivir inmersas en esa violencia cósmica.

Los astrobiólogos han imaginado, en su acostumbrada vertiente surrealista, criaturas voladoras que pudieran existir en las zonas más altas del planeta (tanto en Venus como en el atormentado Júpiter), alejadas de la presión y la temperatura extremas. Criaturas como globos y como flechas aladas, que se alimentaran primero de la luz solar, y luego las unas de las otras.
Pero incluso asumiendo la posibilidad de formas de vida cuya biología se base en el carbono (como la nuestra) las formas que estas podrían tomar son, cuando se tabula la posibilidad de una árbol evolutivo radicalmente diferente desde sus raíces, inimaginables.

Conclusión 3: La Tierra es un cuerpo celeste que existe en un estado de violencia constante al que nos hemos acostumbrado.

La reticencia de la vida a perpetuarse impulsa al ejercicio imaginativo. Múltiples formas de vida terrestres han demostrado que las formas que toman los seres vivos superan una y otra vez las más salvajes especulaciones. Alcanza con nombrar solo dos: los Tardígrados, diminutos extremófilos que pueden vivir durante 30 años sin alimentarse, sobrevivir el vacío del espacio, y tolerar temperaturas desde los -272 °C a los 150 °C; y la Turritopsis nutricula, la medusa que puede revertir a voluntad su proceso de envejecimiento transformándose nuevamente en un pólipo. Lo que la vuelve, salvo por enfermedad o depredación, efectivamente inmortal.

Conclusión 4: Incluso en las esquinas más infernales de la Tierra, algo está vivo.

 Con semejantes antecedentes no resulta muy difícil imaginar una hipotética forma de vida venusiana ampliamente adaptada a tales condiciones particulares. Después de todo, su superficie venusiana está oculta a nuestros telescopios, y el 96% de su atmósfera está compuesta por dióxido de carbono.    
Bien podría tratarse de seres microscópicos, resistentes a la presión, que de alguna forma utilizaran la abundancia de dióxido para llevar a cabo su química biológica más básica. Bien podrían ser seres subterráneos, como se especula que son los europeos.  

Conclusión 5: La vida siempre encuentra una forma.

La disponibilidad de la carcasa fundida del Venera 3 podría servir de resguardo a una pequeña colonia de estos seres hipotéticos. De breve existencia pero de ferocísima multiplicación, podrían no tardar mucho (¿50 años?), si su biología los ayuda, en usar el satélite soviético como una especie de armadura.
Bien podría, ahora mismo, en la superficie de Venus, estar corriendo de un lado a otro un solitario caballero de armadura en constante estado de fundición.


jueves, 18 de febrero de 2016

Millennial 43 (Héctor y Helena)

Podría estar horas viéndola bailar. Ese vestido de lunares se lo había regalado él. Le da un sorbito a su vino blanco. Había estado varias semanas cuidando su figura para poder usarlo en ese cumpleaños. No sabe cuántas veces lo planchó, pero le quedaba pintado. Él tenía puesta una corbata de lunares para combinar. Mira su vaso. Le da otro sorbito. La música es horrenda, pero le gusta verla feliz. Para variar.
Un hombre de la mesa de al lado que se dirige al patio lo ve solo y le ofrece un cigarrillo toscano. Avanti. El declina cordialmente bromeando que el humo haría que se le subiera el alcohol a la cabeza. El hombre ríe y le señala que recordaba verlo fumando habanos. Él le explica que a ella no le gustaba. El hombre lo entiende y tras mirar de reojo a su mesa continúa hacia el patio. Le da el sorbito final a su vaso.
Hacía mucho que no la veía tan feliz. Siempre tuvo mucha energía. El por otra parte… Mira de reojo la botella en el centro de la mesa. Hace el esfuerzo de servirse agua. Le da un largo trago. El cumpleañero también parece pasarlo bien. Hace rato que baila con su mujer, no muy lejos de ella. Se le nota la transpiración en la espalda y la frente. Cincuenta años. El tiempo se filtra entre los dedos como agua.
Una nena que no puede tener más de cinco años se le acerca vergonzosa y le da un alambre de corcho. Dice que la mamá le dijo que él sabía hacer hombrecitos de alambre, y señala a una mesa del otro lado de la pista de baile. Una mujer le devuelve la sonrisa que se le escapa a él. Agarra el alambre y le dice a la nena que mire atentamente. Lo desarma, lo estira, lo dobla sobre sí mismo. Tiene dedos fuertes. Después se lo acomoda en la mano de forma que queden tres curvas, la del medio pasando por su dedo medio. Lo retuerce para hacer los brazos y la cabeza, y después dobla las puntas para hacer las piernitas. La niña está encantada pero le resultaría casi imposible emular el proceso aunque lo recordara. Antes de entregárselo toma una pequeña flor amarilla de plástico del centro de mesa y le dobla el tallo para que sea la cara del hombrecito. La nena rubia corre feliz a mostrárselo a su mamá.  
Ella sigue bailando. Y el recuerda porque se casaron. Ella hace que esa música horrible no sea tan mala, moviendo sus piecitos de un lado para otro. Una pareja se acerca a la mesa y se despide. Él les pregunta porque se van tan temprano y ellos le responden que los chicos se están muriendo de sueño. El agrega que fue un placer verlos, y que no duden en pasar a visitarlo cuando vuelvan a pasar por la ciudad. Ojerosos pero felices los cuatro interrumpen brevemente al cumpleañero para despedirse y desaparecen en la noche, todos de la mano. Que daría por volver a vivir eso. Porque ella recuperara algo de esa felicidad. Héctor se termina el agua de un trago, se levanta y tira el bastón: ¡se acordó de que la ama! ¡Qué mejor lugar para recordárselo que en el cumpleaños de su hijo! Agarra una flor roja del centro de mesa y corre hacia ella. Helena lo ve venir sorprendida y él le pide permiso a su pareja de baile (su nieto de siete) para bailar esa pieza. Después le pone la flor en el pelo, y empieza a mover los pies lo mejor que puede. Helena le devuelve la sonrisa con un abrazo que pone en evidencia su pequeñez en relación a la mole de su marido. Héctor le da un beso y su hijo mayor inicia un aplauso que pronto se contagia a toda la habitación. Qué vergüenza… al día siguiente todo el mundo alabaría el vestido y el matrimonio de “La Helenita”, en ese orden.