sábado, 1 de febrero de 2014

La Ginoidea: Cap. I (Superviviente)


Alzó la vista hacía la noche perpetua. La galaxia Andrómeda brillaba en el medio del cielo, en un ángulo de casi cuarentaicinco grados, detrás de la tenebrosa masa de nubes inmóviles. Se tomó las rodillas para levantarse y las sintió frías. Tomó impulso y se puso de pie. Desde la lejanía una tormenta de arena corría a su encuentro, rojiza y violenta, tapándole el horizonte. Intentó llamar por ayuda pero no salió sonido alguno. Se esforzó por comenzar a andar y sintió un fuerte dolor en la nuca que lo hizo tambalearse. Sintió el aire caliente que traía la tormenta y pronto buscó refugio. Veía piezas metálicas encendidas con fuegos azules todo a su alrededor, piezas irreconocibles cuyas almas de máquinas se extinguirían una vez que la tormenta barriera el lugar. No podía recordar su propia existencia, ni lo que lo había llevado allí, ni las instrucciones que debía seguir. Todo lo que le quedaba era refugiarse, por lo que rápidamente corrió hacía un túmulo de piezas metálicas y comenzó a escavar. Sus manos mecánicas apenas podían rasgar el duro caparazón de la tierra seca, y le dolían con cada intento, pero no necesitaba demasiado. La tormenta comenzó a oírse justó cuando, cuerpo a tierra, logró taparse con las piezas en su pequeño ataúd. El suelo tembló mientras la onda de choque pasaba sobre él. Las piezas se calentaron insoportablemente sobre su cuerpo, hasta que de su pequeña boca salió un silbido agudísimo.
Estuvo consiente todo el tiempo. Cuando la tormenta lo dejó atrás y continuó destruyendo apenas podía moverse. Calculó que la bomba debió tener una fuerza de entre treinta a cuarenta kilotones, y que había sido arrojada al norte, a unos cuarenta kilómetros. El aire fuera de su escondite seguía cargado de neutrinos enloquecidos, por lo que la temperatura era altísima. En un chequeo rápido advirtió que había perdido el brazo izquierdo por ser el que había usado para taparse. Tuvo suerte de que sus sensores de tacto fallaran por el calor. Aun así intentó sacudir su brazo fantasma sin la menor esperanza: no sirvió de nada más que para recordarle lo dañado que tenía en el resto del cuerpo. Intentó en vano juntar la fuerza necesaria con el brazo derecho para salir del ataúd. Pensó en esperar a que el calor del exterior menguara, o hasta que su brazo recuperar fuerzas, pero la idea de esperar no le atrajo con aquellas placas metálicas cargadas de radioactividad sobre él. Entonces pensó en apagarse, volver a escapar, esta vez hacía un lugar en el que no hubiera bombas ni tormentas. Si no lo reanimaban estaba bien, no le quedaba mucho más que perder, y si le quedaba moriría sin recordarlo.
Justo cuando estaba por darse por vencido tuvo una epifanía de rememoración: él era un androide médico, por lo que podía repararse a sí mismo. El problema estaba en que para repararse debía reiniciar sus sensores táctiles y sufrir todo el dolor del brazo amputado. Permaneció entre la tierra y las piezas semi fundidas de su refugio hasta que su brazo derecho recuperó parte de su energía. Afuera no se oía nada, por lo que asumió que la bomba había sido un hecho aislado, quizás algún reactor primitivo que había colapsado sobre sí mismo. Le llegaba olor a lo que parecía plástico quemado desde todas direcciones, magnificado por el hecho de que tenía la visión impedida. Lo aterro la idea de que el olor viniera de sí mismo, siendo una posibilidad muy real que sus pulmones hubieran colapsado como aquel posible reactor. Entonces fue hora. Concentró parte de la energía que le quedaba en reiniciar sus sensores y cargar la palma de su mano sana, y se retorció en preparación para la masiva cauterización.
Pero no sintió nada. Su mano derecha dejó el muñón izquierdo perfectamente sellado con tan solo unos minutos de contacto. Pronto estuvo de pie junto al que habría visto como su ataúd, mirando nuevamente al horizonte. La herida en la nuca, aquella que probablemente le borrara la memoria, parecía haber inutilizado sus sensores táctiles, pero eso no explicaba cómo había sentido sus rodillas frías o el dolor al escavar con sus manos desnudas, o siquiera el calor en el rostro de la tormenta pasada.
Sin pensárselo demasiado se predispuso a moverse hacia el sur. El paisaje, extraño de por si cuando había aterrizado en él, era nuevamente irreconocible. Las partes mecánicas habían desaparecido así como los fuegos. Tenía frente a él kilómetros y kilómetros de tierra carbonizada y gris, desnudada de cualquier punto de referencia. Por ello fue grande su sorpresa cuando, buscando nuevamente a Andrómeda para ubicarse, noto islotes de tierra sana flotando en el aire, como nubes aún más oscuras que el cielo, lejos en la altura. Intentó captar alguna señal, alguna onda emitida en la distancia que delatara la ocupación de alguna de las islas, pero se decepcionó pronto. Cuando, luego de un par de horas, detuvo la marcha hacia el sur para revisarse las piernas e intentar hacer alguna reparación, se dio cuenta de que las islas lo seguían, lenta y casi imperceptiblemente. Eran dos, y se movían junto a él, hacia el sur. Volvió a intentar captar alguna señal pero solo se encontró con el ruido blanco que había dejado la bomba. Hizo algunos metros y miró nuevamente a la altura: las islas se habían vuelto a mover. Continuó avanzando y mirando hacia atrás varias veces más, hasta que se convenció de que eran inofensivas, que se trataba de tierra rica en metales que había sido magnetizada de alguna forma, para la cual el funcionaba como una diminuta pieza metálica, un diminuto imán.  
No pasó demasiado tiempo caminando desorientado con sus guardianes pétreos hasta que comenzó a sentir nuevamente el frío. Reviso sus sensores y todo indicaba que estaban destrozados, y aun así poco a poco el frío le penetró hasta lo más profundo del exoesqueleto. Según sus cálculos la zona habría sido en un primer momento desértica, lo que sumaba la posibilidad de una prueba nuclear a sus hipótesis sobre el origen de la bomba. Lo animó la idea de que podría terminar de repararse ahora que el frío lo impermeabilizaba a la radioactividad, pero para su desgracia se dio cuenta de que la helada misma podría acabarlo. Para su suerte una de las sombras inmensas de las islas le señaló un refugio, proyectada por la débil luz del sol rojo que se filtraba por el capullo de nubes.
Una duna de tierra marchita se elevaba en dirección sur, creando un bucle en el paisaje, una cueva de tierra como una ola de mar congelada. Llegó al bucle justo cuando empezó a nevar cenizas. Los metales de su cuerpo crujían al andar, habiendo sido sometidos tanto al calor como al frío extremo. Se dejó caer por la duna sintiendo como sus articulaciones se contraían por el deslizamiento contra la tierra y, haciendo uso de las pocas fuerzas que le quedaban, se incorporó. La fatiga dio lugar a la sorpresa y el temor cuando descubrió un puesto de infantería oculto entre las paredes de la cueva-duna. Se le ocurrió la terrible idea de que la bomba había sido lanzada como parte de la ofensiva en una guerra. Pero aun así no tenía otro lugar al dónde ir. Si es que había bandos, ya no importaban. Desafortunadamente, a tan solo algunos pasos de la entrada del edificio ovalado, se quedó sin energía.

Despertó en su interior, justo en el medio de la única habitación ovalada, como él, totalmente blanca. Su brazo faltante había sido remplazado con lo que parecía un arma de algún tipo, y sus quemaduras habían sido reforzadas con un material que no pudo reconocer. Cuando quiso levantarse sintió nuevamente el dolor punzante en la nuca, que lo devolvió a la camilla. Entonces oyó una voz eléctrica y femenina:
- Doctora Anton reestablecida. Daño crítico al sistema de evocación. Daño crítico al sistema de comunicación. Reposo. Reposo obligatorio. Reposo indefinido.
Por primera vez se le ocurría la idea de que podía ser una ginoide, un androide hembra. Y se llamaba Anton, probable diminutivo del antiquísimo nombre Antonia, la que es bella como una flor. Recordó de inmediato que nunca le había gustado su nombre. Cuando pasó el mareo y volvió a intentar incorporarse, la voz femenina, que parecía venir simultáneamente de todos los rincones de la habitación, habló nuevamente:
- Reposo. Reposo obligatorio.
Apenas apoyó los pies sobre el piso un brazo cibernético salió de la cúpula en el centro del techo y le empujó el pecho hacía la camilla. Anton intentó ordenar a la computadora que la liberara, pero por el daño crítico que había recibido su sistema de comunicación no salió más que un débil quejido, tapado por otro brazo que rápidamente se apresuró a cerrarle la boca. Intentó, manteniendo la calma, comunicarse por ondas electromagnéticas:

- Frecuencia cerrada. Reposo obligatorio. Ejecutando apagado por resistencia. 

sábado, 21 de diciembre de 2013

martes, 17 de diciembre de 2013

La receta

    La receta de pollo al disco enarbola la manuscrita del suegro del muchacho a la izquierda en la foto de la computadora. Escrita en papel madera, posiblemente un trozo de la bolsa en la que se comprara alguno de sus ingredientes, parece haber sido corregida varias veces. Sus proporciones han sido modificadas, quizás tras la difícil rememoración de una gastronomía estimativa.
Su ubicación en ese cajón, en esa habitación, y no en la cocina, refuerza la suposición de que se la ha ganado a fuerza de confianza a quien no la revelara con facilidad, posiblemente tratándose de una receta familiar o de un plato sobresaliente. Puede irse más lejos y pensarse que aquella misma mano que la escribiera lo habría hecho por culpa, tras fracturar la pipa prestada por forzarla a una combustión excesiva.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Los dados

    Los dados son poliedros lúdicos y caprichosos como los juegos de mesa dispares de los que han sido tomados, sin duda debiéndose a ello la diferencia en sus tamaños. De tez blanca y llenos de lunares han rodado inseguros, de cara al destino, con más lentitud el más grande, más ágil el pequeño. A pesar de ello ambos comparten extremos redondeados, los mismos valores, y la tendencia de darle pequeñas alegrías a su dueño cuando trabajan en conjunto.
     Ligados a aquel destino mayor que los hace girar, parecen completar el quinteto de un juego de Generala, quizás jugada en la sobremesa del asado al que también se llevara el conjunto de cuchillo y tenedor, o en el que se habría estrenado la receta ahora bajo ellos.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El conjunto para asado

   El conjunto para asado se ha hundido en la carne cocida de numerosas bestias. Tanto el cuchillo como el tenedor bidente han sido las herramientas con las que se saciara el capricho por la carne, principalmente vacuna pero también porcina, ovina y caprina. Carne que el propietario de los utensilios viera, en una ocasión, morir él mismo en un matadero automatizado, que por automatizado la resultara aún más nefasto que el de Echeverría, pero que aun así no le quitara el hambre.
La hoja del cuchillo, con el filo aun listo para lacerar, demuestra el paso del tiempo y el afilamiento en la perdida de volumen sobre el principio del mango, como si la falta de uso lo hubiese dejado a él mismo famélico de acero inoxidable. El tenedor en cambio es más difícil de descifrar, quizás por cumplir un papel relativamente secundario. Sus dos dientes han cumplido con la tarea de punzar la carne y devolverla a la parrilla cuando la transpiración de la sangre superara la expectación de un buen cocido, preferido por la distancia simbólica que impondría entre el animal y el alimento, como las caras opuestas de un dado, que nunca deben verse simultáneamente.

viernes, 13 de diciembre de 2013

El segundo cajón

El segundo cajón solo es significativo por su contenido. Además del mazo de cartas, prolijamente ubicado a la diestra de quien lo inspeccionara tras tirar de la manija plateada, una serie de objetos saltan a la vista: un conjunto de cuchillo y tenedor para asado con las iniciales J.L.B., dos dados de diferentes tamaños sobre un papel con una receta para pollo al disco, una pipa de madera quebrada a la mitad, un revolver calibre treinta y ocho, y un sacacorchos con la punta pintada con una gota de sangre.
Por sí mismo el cajón no es más que un acaramelado vacío rectangular, cuya pequeña manija plateada, a modo de moño, lo hace parecer la caja de un regalo envuelto en papel color crema. Y quizás sea su verdadera función, más que proteger los objetos que conviven forzosamente dentro de él, regalar ese vacío de sentido a la mirada intrusa que busca comprender el todo por las partes. Vacío dulce que da lugar a una explosión de sentidos posibles que nunca se detendrá verdaderamente. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

El mazo de cartas

El mazo de cartas españolas esta considerablemente en buen estado, todavía en su caja original, allí en el segundo cajón del modular. De las cincuenta cartas solo los comodines, nueves y ochos escapan al humo de habano que se ha acumulado en los márgenes, y de los dobleces paulatinos de sus esquinas, pero ninguna de las marcas en sus lomos, nacidas de los reiterados intentos de conferirles un azar pasajero. A pesar de ello los ojos que solieran repartirlas sobre la mesita de vidrio se han esmerado en ignorar tales cicatrices delatoras, llevando a cabo un dulce olvido al momento de ver la mano enemiga.
Su dorso barroco en tonos escarlata ha sido jugado en todos los juegos imaginables y aun así han aburrido a la mano que las dispensara. Por ello han terminado encerradas en la monótona oscuridad de ese cajón una vez perdida la incertidumbre que las definiera, y solo han servido para recordar a dos reinas, una real y una imaginada, vestida la primera de blanco y la segunda también de escarlata.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El potus

    El potus es el brote trasplantado de una planta de más de cincuenta años, que nunca alcanzó la madurez. Amarillo y retorcido allí en la esquina de la habitación, recuerda que se lo regó por última vez con el agua helada de tres hielos olvidados en un vaso de whisky, sin poder precisar cuando. Y aun así continua aferrándose a su pseudo existencia, como hacen todas las cosas que nunca dejan de ser salvajes.  
     La tierra donde se hundían las raíces se ha resecado como sangre coagulada, y las hojas han bajado la cabeza, como deslizándose en un último intento final hacía la tierra inalcanzable bajo la alfombra, el parquet y el cemento. Pero el potus, testarudo por naturaleza, se niega a aceptar la derrota inefable, e intenta, lo mejor que puede, pelear por mantener su verdor contra el paso del tiempo y el hambre, que con el mismo color amarillo viejo del mazo de cartas en el modular, se come sus hojas una a una sin posibilidad de retruco. 

Los cuadros

Los cuadros presentan motivos dispares, como las alturas a las que están colocados. El de la izquierda, el más bajo y cercano al perchero, cargado de tonos azules y dorados, es un viejo barco en una playa lejana, como visto desde mar adentro con el sol detrás. Por sobre el barco oxidado parece flotar estática una bandada de gaviotas, o la intuición de una bandada de gaviotas en la distancia, en nueve aladas pinceladas para quien se detuviera a contarlas, sin orden aparente, y sin contar las tres que descansan sobre el barco.
El cuadro de la derecha, ubicado contiguo al anterior pero con la base a la altura de la playa, es por el contrario mayormente verde y marrón. Representa lo que parece un bosque de bambúes, indistinguibles entre sí y por lo tanto incontables, apartados a los lados por un camino de piedras que invita a ser transitado con la mirada. Las piedras del camino encajan unas con otras contra la tierra desnuda hasta desaparecer en una curva en la distancia, cruzadas alternadamente por las sombras de los bambúes de la izquierda, creando la ilusión de que la luz del cuadro anterior se transfiere a este, y quizás continúa su trayecto hasta el moribundo potus.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El pincel

El pincel pertenece a la mujer de quien frecuentara la habitación. Símil a ésta, es largo y oscuro, de un trazo fino acostumbrado a seguir siempre las líneas de algún boceto, tan leve en la mano que en ocasiones la hace temblar cuando se busca la precisión, pero siempre prolijo en su trabajo. Acostumbrado al lienzo en blanco el pincel lleva una corona negra, cual recuerdo del último acrílico en ser usado. Corona robada al descuido, la duda o el olvido.
Quien observara alguno de los dos cuadros que se exhiben contiguos en la pared junto al perchero de pie, notaría que se ha utilizado ese mismo pincel para firmarlos y que, juzgando por las fechas bajo la renegrida firma, su producción ha cesado hace tiempo.