lunes, 7 de julio de 2014

Luego existo

El cigarrillo está ahí mientras mis ojos aprecien las sinuosas espirales de su humo. Cuando lo dejo en el cenicero para tomar el control, y no lo huelo ni lo veo, el cigarrillo deja de existir. Lo que existe (en ese entonces una propaganda de tampones) acapara todos mis sentidos, y le niega una existencia simultánea a lo que está más allá de ellos.
No puedo oler los tampones, pero tampoco el humo de cigarrillo (porque aquel humo me ha negado la capacidad de sentirlo). La realidad, más allá de los rápidos cambios de cámara que se centran en aquel pequeño paquete rosado, desaparece. La voz de la mujer que asegura la absorción del producto se vuelve trascendente, crece y me inunda. No importa si me importa. La voz es todo hasta que silva la pava, y otro universo me pide inmediata atención. Olvido el cigarrillo y me concentro en el calor que emana de la manija de la pava. Las cosas se vuelven los agujeros negros en el centro de mi galaxia de sentidos. 
Apago la hornalla mientras se desintegra el mundo a mis espaldas. Advierto que las cosas que seducen mis sentidos no tienen que estar frente a mí para arrancarme de mi mismo. Me figuro la máxima expresión de mi percepción desde un satélite que orbita la Tierra. Deus ex maquina: La totalidad del devenir humano solo puede ser vista por una maquina echa de números y metal, que no puede verse a sí misma. Para abarcar la totalidad de la realidad en un espacio-tiempo conciso el ojo debería estar más allá del universo observable, y más allá de sí mismo, dos paradojas irreductibles.
La particularidad de mis ojos me lleva a concebir los vertiginosos aprecios de mi realidad a través de cristales. Mis ojos miopes requieren la concentración excepcional de ese sentido particular, por lo que podría decirse que mi mirada tiende, en realidad, a lo microscópico. La pava se ha enfriado en la mesada cuando me descubro perdido en la llave de gas, en el punto de ebullición del agua, en los enlaces del hidrogeno, en la combustión del cigarrillo, en el fuego como oxidación acelerada, en el dióxido de carbono, en mi propia respiración, en la llave de gas.
Los fenómenos imaginados han ganado terreno a las cosas, y la capacidad de abstracción me ha llevado a apagar el televisor y sentar mis sentidos a escribir. Pretendo tu atención con palabras hasta que la vorágine de tu propia abstracción te lleve a aquella otra paradoja, que es el punto final: otro tipo de agujero negro. 

Horizonte

I

Ninguno de los dos
ve las mismas
estrellas,
pero ambos existen.

II

El desierto
es uno,
sin estrellas,
de varios posibles.

III

La arena
no sabe
de las estrellas
sobre ella.

IV

Un desierto
de estrellas
brilla en la pupila
del extrañado. 

jueves, 12 de junio de 2014

Borges por Piglia

A fines de 2013:

Las cuatro clases públicas
del gigante y acético
“león” Piglia
sobre la memoria y biblioteca
borgianas,
fueron otro triunfante destello
de argenta cultura
sobre el olvido.

En el escrutinio ciclópeo,
de ceja asertiva
se desnudó el enigma
de aquel niño de Palermo
que entre Buenos Aires
y Ginebra,
fue laberinto,
bastón,
y ceguera:
un suspiro entre los dos desiertos
de un reloj de arena. 

domingo, 1 de junio de 2014

Temperance

Those nice icy eyes
will farm your voice.

Those nice icy eyes
will charm you whole.

Those nice icy eyes
will warm you for
a while. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Relatividad

La silueta de un hombre bajito se adivina entre los postes de un alambrado. No puede distinguirse con facilidad si las tablas lo superan en altura por cuenta propia o porque se hallan apostadas en terreno más elevado, pero cualquiera fuere el caso, la distancia vuelve al hombre diminuto. El ocaso lo encuentra yendo y viniendo desde lo que parecen, en la penumbra lejana: un aljibe, una huerta y un tinglado.
Desde un auto estacionado al margen de su campo, mis ojos se han acostumbrado a sus pequeños gestos, como rascarse la cabeza al pasar junto al ciruelo, e incluso me han permitido apreciar la robustez de su órgano nasal, y el espacio que deja entre sus piernas su andar irregular. Tengo toda la noche para seguirlo, enroscado en mi frazada termina y estiradas las piernas en el asiento del acompañante, pero no pasan las diez de la noche cuando veo apagarse la última luz artificial, para lo que sin duda será un sueño que amanezca con las primeras luces naturales.
Me quedo solo entonces con la silueta bidimensional de un desconocido y mis propios pensamientos. Se me ocurre pensar en porque ese hombre está allí, y me detengo en ello aún más que en los cómo o los cuándo. No mucho después veo el calor de mi respiración empañar lentamente las ventanas y me sorprendo habiendo naufragado. Claramente el hombrecito estaba allí por necesidad, puesto que no se me ocurría otra excusa por la que no hubiese aun emigrado a la ciudad. Necesidad de mantener a esposa e hijos (que bien podrían estar visitando a una tía en aquella misma ciudad) o a una madre envejecida, que por el frío otoñal hubiese escapado a mi mirada.
La madre envejecida me arrastraría a la incomodidad de los cuándo. ¿Cuándo tomó posesión del campo su familia? Me imaginé a tal familia (incluidos esposa e hijos) bajos de estatura y de piel oscura como la tierra, los varones con el mismo imponente naso, y las mujeres, bastante aleatoriamente, con delanteras casi igual de llamativas. Justo cuando empezó a molestarme mi propia transpiración me vino a la cabeza la radical idea de que la tierra engendra la raza. Tras mirarme la nariz en el retrovisor me imagine al hombrecito como la última de una serie de ciruelas que compartieran aquel tronco común, luchando tercamente contra la helada nocturna. Me lo imagine, sí, como una ciruela individual, pero que es en esencia, exactamente igual a las otras. Así, yo podría determinar si me gustan más las naranjas que las ciruelas (que no es el caso) pero no haría más sabrosas las unas o las otras. La tierra, en todo caso, determinaría el dulzor de cada fruto, su resistencia al frío, o su capacidad para lactar. La figura bidimensional del hombrecito recortado contra el horizonte ganaba altura.
Desistí de figurarme las delicadas variaciones posibles de ciruelos plantados en distintos puntos del globo y requerí saborear el aura lunar. Y al bajar apenas la ventanilla me llegó la percepción de cierta profundidad, viendo ese segundo horizonte cristalino flotar sobre el real. Se me ocurrió que las sucesivas narraciones que tomaran a aquel desconocido e intentaran darle un origen y un destino engrosarían con cada una de sus hojas (como los sucesivos anillos de corteza del naranjo) su perfil en apariencia escuálido.
Renarrar una historia contribuye a la supervivencia de sus detalles. Por ello, cerca del amanecer, pude percibir a aquel hombre como me percibía a mí mismo, real, elevado por la historia y profundo en detalles, aunque yo hubiese escapado de mi lugar y el permanecido. Aun así, habiendo cedido mis ojos a otro tipo de naufragio, lo efectivo de mí escape me sorprendería a mí mismo algunos minutos después, cuando lo último que viera fueran aquellas grandes tetas que había imaginado en la esposa del estanciero. Mi cabeza habría forzado el parabrisas alentada por un conductor alcoholizado que retara las posibilidades, y mi noche al costado de la ruta se transformaría en el peor amanecer concebible en aquella idílica tierra.
Y a la distancia se vería una ciruela caída de ningún árbol. 

viernes, 16 de mayo de 2014

The Cat Black

La figura de neón relampaguea ante la vista de nadie. Alucina su reflejo el lodazal portuario, mientras una marea de varones alcanza bajamar en colchones salobres. Las aguas vivas de sus ojos se han secado varadas en lo dorado de la malta. Y el gato negro titila y ronronea, y el crepúsculo asexuado le responde con barcos fantasmas de suspiros. 

NIÑO DESCUBRE EL HELADO DE FRUTILLA

La saliva vestal transmuta
el prometeico fuego rosa
en caricias sinápticas. 

martes, 22 de abril de 2014

La pipa

La pipa descansa de costado sobre la receta, inmaculada de tabaco, como si su último bautismo en whisky (para saborizar la madera) hubiese terminado por ahogarla. Su médula, astillada por los humores ajenos, terminó sucumbiendo a los errores de cálculo de una mano que la llenara una y otra vez, empujada por aquel mismo whisky bautismal. La ansiedad o el aburrimiento la ha llevado a un entierro prematuro, como al revólver con el que comparte sepulcro, cuyo humo, por el contrario, nunca se ha encendido en el paladar aunque no le haya faltado contemplación a la idea. Y aún así (tan cercanos y tan dispares) ambos han sido entregados al fumador por manos amigas. 

sábado, 1 de febrero de 2014

La Ginoidea: Cap. I (Superviviente)


Alzó la vista hacía la noche perpetua. La galaxia Andrómeda brillaba en el medio del cielo, en un ángulo de casi cuarentaicinco grados, detrás de la tenebrosa masa de nubes inmóviles. Se tomó las rodillas para levantarse y las sintió frías. Tomó impulso y se puso de pie. Desde la lejanía una tormenta de arena corría a su encuentro, rojiza y violenta, tapándole el horizonte. Intentó llamar por ayuda pero no salió sonido alguno. Se esforzó por comenzar a andar y sintió un fuerte dolor en la nuca que lo hizo tambalearse. Sintió el aire caliente que traía la tormenta y pronto buscó refugio. Veía piezas metálicas encendidas con fuegos azules todo a su alrededor, piezas irreconocibles cuyas almas de máquinas se extinguirían una vez que la tormenta barriera el lugar. No podía recordar su propia existencia, ni lo que lo había llevado allí, ni las instrucciones que debía seguir. Todo lo que le quedaba era refugiarse, por lo que rápidamente corrió hacía un túmulo de piezas metálicas y comenzó a escavar. Sus manos mecánicas apenas podían rasgar el duro caparazón de la tierra seca, y le dolían con cada intento, pero no necesitaba demasiado. La tormenta comenzó a oírse justó cuando, cuerpo a tierra, logró taparse con las piezas en su pequeño ataúd. El suelo tembló mientras la onda de choque pasaba sobre él. Las piezas se calentaron insoportablemente sobre su cuerpo, hasta que de su pequeña boca salió un silbido agudísimo.
Estuvo consiente todo el tiempo. Cuando la tormenta lo dejó atrás y continuó destruyendo apenas podía moverse. Calculó que la bomba debió tener una fuerza de entre treinta a cuarenta kilotones, y que había sido arrojada al norte, a unos cuarenta kilómetros. El aire fuera de su escondite seguía cargado de neutrinos enloquecidos, por lo que la temperatura era altísima. En un chequeo rápido advirtió que había perdido el brazo izquierdo por ser el que había usado para taparse. Tuvo suerte de que sus sensores de tacto fallaran por el calor. Aun así intentó sacudir su brazo fantasma sin la menor esperanza: no sirvió de nada más que para recordarle lo dañado que tenía en el resto del cuerpo. Intentó en vano juntar la fuerza necesaria con el brazo derecho para salir del ataúd. Pensó en esperar a que el calor del exterior menguara, o hasta que su brazo recuperar fuerzas, pero la idea de esperar no le atrajo con aquellas placas metálicas cargadas de radioactividad sobre él. Entonces pensó en apagarse, volver a escapar, esta vez hacía un lugar en el que no hubiera bombas ni tormentas. Si no lo reanimaban estaba bien, no le quedaba mucho más que perder, y si le quedaba moriría sin recordarlo.
Justo cuando estaba por darse por vencido tuvo una epifanía de rememoración: él era un androide médico, por lo que podía repararse a sí mismo. El problema estaba en que para repararse debía reiniciar sus sensores táctiles y sufrir todo el dolor del brazo amputado. Permaneció entre la tierra y las piezas semi fundidas de su refugio hasta que su brazo derecho recuperó parte de su energía. Afuera no se oía nada, por lo que asumió que la bomba había sido un hecho aislado, quizás algún reactor primitivo que había colapsado sobre sí mismo. Le llegaba olor a lo que parecía plástico quemado desde todas direcciones, magnificado por el hecho de que tenía la visión impedida. Lo aterro la idea de que el olor viniera de sí mismo, siendo una posibilidad muy real que sus pulmones hubieran colapsado como aquel posible reactor. Entonces fue hora. Concentró parte de la energía que le quedaba en reiniciar sus sensores y cargar la palma de su mano sana, y se retorció en preparación para la masiva cauterización.
Pero no sintió nada. Su mano derecha dejó el muñón izquierdo perfectamente sellado con tan solo unos minutos de contacto. Pronto estuvo de pie junto al que habría visto como su ataúd, mirando nuevamente al horizonte. La herida en la nuca, aquella que probablemente le borrara la memoria, parecía haber inutilizado sus sensores táctiles, pero eso no explicaba cómo había sentido sus rodillas frías o el dolor al escavar con sus manos desnudas, o siquiera el calor en el rostro de la tormenta pasada.
Sin pensárselo demasiado se predispuso a moverse hacia el sur. El paisaje, extraño de por si cuando había aterrizado en él, era nuevamente irreconocible. Las partes mecánicas habían desaparecido así como los fuegos. Tenía frente a él kilómetros y kilómetros de tierra carbonizada y gris, desnudada de cualquier punto de referencia. Por ello fue grande su sorpresa cuando, buscando nuevamente a Andrómeda para ubicarse, noto islotes de tierra sana flotando en el aire, como nubes aún más oscuras que el cielo, lejos en la altura. Intentó captar alguna señal, alguna onda emitida en la distancia que delatara la ocupación de alguna de las islas, pero se decepcionó pronto. Cuando, luego de un par de horas, detuvo la marcha hacia el sur para revisarse las piernas e intentar hacer alguna reparación, se dio cuenta de que las islas lo seguían, lenta y casi imperceptiblemente. Eran dos, y se movían junto a él, hacia el sur. Volvió a intentar captar alguna señal pero solo se encontró con el ruido blanco que había dejado la bomba. Hizo algunos metros y miró nuevamente a la altura: las islas se habían vuelto a mover. Continuó avanzando y mirando hacia atrás varias veces más, hasta que se convenció de que eran inofensivas, que se trataba de tierra rica en metales que había sido magnetizada de alguna forma, para la cual el funcionaba como una diminuta pieza metálica, un diminuto imán.  
No pasó demasiado tiempo caminando desorientado con sus guardianes pétreos hasta que comenzó a sentir nuevamente el frío. Reviso sus sensores y todo indicaba que estaban destrozados, y aun así poco a poco el frío le penetró hasta lo más profundo del exoesqueleto. Según sus cálculos la zona habría sido en un primer momento desértica, lo que sumaba la posibilidad de una prueba nuclear a sus hipótesis sobre el origen de la bomba. Lo animó la idea de que podría terminar de repararse ahora que el frío lo impermeabilizaba a la radioactividad, pero para su desgracia se dio cuenta de que la helada misma podría acabarlo. Para su suerte una de las sombras inmensas de las islas le señaló un refugio, proyectada por la débil luz del sol rojo que se filtraba por el capullo de nubes.
Una duna de tierra marchita se elevaba en dirección sur, creando un bucle en el paisaje, una cueva de tierra como una ola de mar congelada. Llegó al bucle justo cuando empezó a nevar cenizas. Los metales de su cuerpo crujían al andar, habiendo sido sometidos tanto al calor como al frío extremo. Se dejó caer por la duna sintiendo como sus articulaciones se contraían por el deslizamiento contra la tierra y, haciendo uso de las pocas fuerzas que le quedaban, se incorporó. La fatiga dio lugar a la sorpresa y el temor cuando descubrió un puesto de infantería oculto entre las paredes de la cueva-duna. Se le ocurrió la terrible idea de que la bomba había sido lanzada como parte de la ofensiva en una guerra. Pero aun así no tenía otro lugar al dónde ir. Si es que había bandos, ya no importaban. Desafortunadamente, a tan solo algunos pasos de la entrada del edificio ovalado, se quedó sin energía.

Despertó en su interior, justo en el medio de la única habitación ovalada, como él, totalmente blanca. Su brazo faltante había sido remplazado con lo que parecía un arma de algún tipo, y sus quemaduras habían sido reforzadas con un material que no pudo reconocer. Cuando quiso levantarse sintió nuevamente el dolor punzante en la nuca, que lo devolvió a la camilla. Entonces oyó una voz eléctrica y femenina:
- Doctora Anton reestablecida. Daño crítico al sistema de evocación. Daño crítico al sistema de comunicación. Reposo. Reposo obligatorio. Reposo indefinido.
Por primera vez se le ocurría la idea de que podía ser una ginoide, un androide hembra. Y se llamaba Anton, probable diminutivo del antiquísimo nombre Antonia, la que es bella como una flor. Recordó de inmediato que nunca le había gustado su nombre. Cuando pasó el mareo y volvió a intentar incorporarse, la voz femenina, que parecía venir simultáneamente de todos los rincones de la habitación, habló nuevamente:
- Reposo. Reposo obligatorio.
Apenas apoyó los pies sobre el piso un brazo cibernético salió de la cúpula en el centro del techo y le empujó el pecho hacía la camilla. Anton intentó ordenar a la computadora que la liberara, pero por el daño crítico que había recibido su sistema de comunicación no salió más que un débil quejido, tapado por otro brazo que rápidamente se apresuró a cerrarle la boca. Intentó, manteniendo la calma, comunicarse por ondas electromagnéticas:

- Frecuencia cerrada. Reposo obligatorio. Ejecutando apagado por resistencia. 

sábado, 21 de diciembre de 2013