El
portalápices está casi vacío. Bajo la esquina superior izquierda de la
biblioteca de ébano pasa desapercibido en su negrura, salvo por el girasol de
juguete. Sin contar a este, solo se asoman por el borde de su cuerpo cilíndrico
un lápiz sin punta y un pincel delgadísimo, ambos entregados al olvido. En
contraste su fondo esta abarrotado de pequeños objetos que se repliegan desordenadamente
sobre sí mismos cada vez que el portalápices estorba la salida de un libro. Una
moneda de peso mexicano del 86’, una ficha de póker color morado, un llavero
con la imagen del vaticano, cuatro clips de diferentes colores y tres banditas
elásticas son el total de su población estable, sin contar las idas y vueltas
del anillo de bodas que ahora descansa en la billetera. Cíclicamente todos serán
olvidados, hasta que el girasol atraiga, como un faro, otro par de ojos a punto
de naufragar.
VII El modelo del cerebro “triúnico” propone, para explicar su evolución, una división del cerebro en tres partes interdependientes, cada una con su propio tipo de inteligencia especializada en el control de ciertos comportamientos. El mal llamado “cerebro reptiliano” es una de estas divisiones (junto con el sistema límbico, o “cerebro paleomamífero” y el neocórtex), e incluye el tronco encefálico y el cerebelo, encargados, en primera instancia, del control de los músculos, el equilibrio y las funciones autonómicas (latir del corazón, respiración). Y, según el neurocientífico Paul D. MacLean, propulsor del modelo, encargados también de los comportamientos más básicos para la supervivencia: agresividad, dominancia, ritos de cortejo, territorialidad. MacLean encuentra, a través de la neuroanatomía comparativa, que la capa más primitiva o baja del cerebro humano tiene un análogo en la estructura del cerebro de los reptiles, en la que prima, y de allí le da su nombre. Si bien numero...
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