En lo profundo de un bosque se escucha un
tango siendo silbado. Un hacha, enorme para las manos que la esgrimen, golpea
la base tajeada de un pequeño laurel siguiendo la repetición de las notas más
largas del estribillo. “El laurel caerá a la nochecita”, piensa la cabeza que
sincroniza ambos actos al dejar el hacha cuidadosamente apoyada contra el
tronco.
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